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El metro más cachondo del mundo

Por Joel Hernández Santiago*

*Periodista. Editor. Articulista. Ha publicado en UnomásUno, La Jornada, El Financiero… Premio Nacional de Periodismo 2007, por la Asociación de Periodistas de México. Fue coordinador de opinión de El Financiero; Director de opinión de El Universal. Director de publicaciones de la Secretaría de Educación Pública; Editor UNESCO. Director editorial de Le Monde diplomatique. Productor de programas de análisis político y social en Radio Educación. Publica en24 Horas; Eje Central (www.ejecentral.com.mx) La Silla Rota (www.lasillarota.com.mx) y el Syndicado para la República Mexicana y sur de los EUA: Estrategia Editorial (www.estrategiaeditorial.com.mx). Es coordinador de la obra: “Planes en la Nación Mexicana” con El Colegio de México y de “Pensar a David Ibarra”(Proceso económico de México); Prepara: “El laicismo en México” y “México por la paz”.

¿Ha sentido usted que de pronto alguna vez una mano que le toca por aquí, por allá o… más allá cuando todo es movimiento? ¿Y que en ese movimiento todo es cuerpo a cuerpo, todo es alientos de diferentes colores y sabores en su entorno cercano? ¿Ha percibido el ruido de la música de antaño o de moda o ‘de ayer y hoy’ a todo volumen al grado que no escucha usted más que el suspiro de su alma? ¿Y qué tal ese aroma primaveral a cebolla y cilantro en el ambiente? ¿Y el sudor que le reclama un poco de aire fresco en un cuerpo que se siente pegajoso, laminoso, luminoso y resbaloso? ¿Y de pronto una ola humana que le empuja hacia afuera y otra lo regresa a modo de tsunami con playeras mil veces repetidas de “¿Soy, o me hago?”. “Al compás del chachachá- del chachachá del tren, qué gusto da viajar cuando se va en express…”: Señoras y señores: niños y niñas: jóvenes y jóvenes: perros y perritas: Es ¡el Metro de la ciudad de México!

Es la ley de la vida…

El metro del D.F., no llega a la casa de uno; uno tiene que llegar a él como se pueda y, si se vive lejos, peor aun. Si se tiene lana se toma un taxi arriesgando que la quincena se le termine a uno en un congestionamiento a tres cuadras de la estación.

Pero si no tiene o no quiere pagar el taxi, entonces hay que subirse a una combi verde que te quiero verde, casi siempre atestada y en cuyo escalón de subida se lee: “sonría, puede ser la última vez”. Entonces va uno a saber lo que es cajeta de Celaya para transportarse en esta ciudad de todos tan temida a ritmo de ‘¡Margarita, la diosa de la cumbia!”

Después de arriesgar la vida y de ver cómo otros la arriesgaban en su intento de impedir el paso de nuestro vólido llegamos a la estación del metro más querida, refugio de todos nuestros pecados y esperanza y meta de nuestra salvación. Es la de C.U., digamos. Son las ocho de la mañana… y se confirma lo del gran José Alfredo cuando vemos a la multitud que corre camina-corre-se atropella-se empuja: todos quieren llegar primero porque hay que saber llegar.

Un tropiezo: las colas para comprar o cargar la cuota de pasaje es interminable. No importa porque uno ya tiene una con recarga infinitesimal, pero el torniquete de entrada no sirve-el otro no sirve-el otro no sirve-el otro es sólo para tarjetas y está hasta la última pregunta de lleno-y otro si sirve pero es para ‘la tercera edad’ y minusválidos… Hay que esperar-esperar-esperar… que canten los gallos de San Agustín: ¿Ya está el pan?

La gente tiene cara de tener prisa. Tiene cara de fastidio. Tiene cara de ‘¡usted qué me mira!’ Tiene cara del planeta de los zombis. Todos juntos estamos ahí con la cara que Dios nos dio y que exhibimos en tono de ‘soy espejo y me reflejo’.

El tren tarda. De pronto la señal de luz, que es una flecha blanca, marca que el siguiente en salir es el del lado oriente. Todos corremos hacia ahí, calculando quedar en donde sabemos que hay una puerta que se abrirá de par en par como la de la gloria o el infierno. Ya estamos amontonados y dispuestos a taclear al que se atraviese. El objetivo es conseguir un asiento, eso garantizará que las multitudes de pie no harán de nuestro cuerpo un muñequito de trapo. El tren no llega. El anaranjado meloso se resiste…

De pronto la luz de oriente deja de parpadear, se apaga y de pronto se enciende la luz del tren poniente… todos volteamos y corremos en coreografía musical hacia el otro lado. Tampoco llega el tren. De pronto al lado contrario, el inicial, le aparece el tren anaranjado, a lunares diminuto ¡justo!: gobierno del D.F.: “Tu-ru-ruuu… Tu-ru-ruuu”… y corremos de regreso. Nos instalamos en el lugar sin límites. De nuevo prestos a la lucha. Prestos al combato. Prestos al empujón y al codazo. Prestos a lanzarnos sobre el asiento como en alberca del Bahía –Iztapalapa-: “Chin-chin el que se quede parado”. “Chin-chin el que no alcance lugar”

El tren tarda en abrir las puertas. Todos estamos dispuestos como en arranque de fut americano. Las mujeres dispuestas a perder el modito de andar, no importa. Los hombres enfurecidos claman por que se abran las puertas… “Ten fe en mi casta, gallero, que soy de buena camada; deja ya de acariciarme, quítame gallero trabas…”

Las puertas se abren: todos corren al lugar prometido. Los empujones no son a tono con el Lago de los Cisnes. Ellos alcanzan asiento; ellas lo consiguen casi siempre. Ellos se hinchan en el lugar, el que sigue se avienta junto y sacude al que ya está sentado. Codo con codo luchan por milímetros de espacio. Ya está. Ya están sentados. Otros se quedaron en la liza. Están parados y miran a los de asiento con cara de ‘mañana me la pagas, cabrón’.

Tururú-tururú… ¡cierren las puertas! Uno pasa a ser, en ese mismo momento, uno de los un mil cuatrocientos catorce millones novecientos siete mil setecientos noventa y ocho pasajeros que tan sólo en 2009 transportó en todo el D.F., esta limusina anaranjada con cuarenta y ocho puertas que son de caja fuerte, con pisos verdes a retazos y mugrosos, con asientos de plástico anaranjado, duro, y con un parpadear de luces que hechiza…

Y, para musicalizar el viaje, aparecen los interminables y siempre omnipresentes enemigos de nuestra intimidad: los vendedores de “llévese su disco con sus melodías favoritas… la tengo en mp3”… y a todo volumen, sin compasión ni temor, nos asestan “Tuvimos un sirenito, justo al año de casados, con la cara de Riguito, pero cola de pescado…Tuvimos…” Ya está el fondo musical que nos acompañará eternamente.

Algo que llama la atención es esta (dos puntos y seguido): Apenas se han aposentado en su lugar algunas de las damiselas con ojos de papel volando y cabello agitado y, como por arte de magia, al mismo tiempo sacan de sus bolsas otras bolsitas y de ahí un espejito-espejito: ‘¿quién es la más bonita de todo este metrito?’: “¡todas, menos tú, mi ama!”… y entonces comienza el proceso de decoración:

Primero, con una cuchara sopera de la casa, se enchinan las cejas mientras se ven en el micro espejito: un chino, otro chino, más chinos: son pestañas que quedan como de columpio. Luego un lápiz negro con el que se pintan la orilla de los ojos (chin ¿cómo le hacen para no picarse uno y sacárselo a lo ¡el Torito es inocente… el Torito es inocente!) Ya está.

Sigue el masaje facial: crema hidratante. Sigue un kleenex que limpiará las impurezas del cutis. Sigue entonces el ‘rubor’ con una brocha como de peluquero la obtienen de un pomito y la tallan en sus mejillas en redondo, como el señor Miyaki, ahora sonrosadas y vivarachas. Se guardan los primeros instrumentos de decoración y sale entonces una brocha como de Van Gogh al detalle, y se pintan de ‘brillo’ los labios de rojo carmesí. Se miran una y otra vez. Se retocan por aquí-por allá-por más allá. Ya están. Casi todas terminan al mismo tiempo. Han transcurrido apenas tres estaciones de metro y ellas, todas, están más bonitas que ninguna… y siguen las que van llegando.

Los demás nos hacemos los dormidos para no ceder el asiento a quien se nos pare enfrente: hombre-mujer o quimera; embarazada o a punto; ancianos-mujeres con niño o minusválidos: no importa: no me paro-no me paro y no me paro y ‘hágale como quiera’: duermo-duermo… hago que duermo: dormir… dormir… qué me importan las 3,312 cámaras de ‘videovigilancia’ que me observan y que nos ven y que nos registran y que nos hacen piojito.

¿A quienes veo? A hombres, mujeres y niños que dormitan. O que, si van de pie, cuelgan su cabeza en su brazo extendido hacia el tubo. Veo algunos malandres con miradas de fulgor extraño… No mirarlos-sí mirarlos pero hacer como que no los vemos… Algunos jovenazos se mantienen firmes, sobre todo cuando están frente a la puerta de vidrio y se miran de cuerpo entero: de pronto una mirada, de pronto el acomodo del copete, de pronto el cuello, de pronto una volteadita para ver la ropa, de pronto algún gesto para saberse bien… Todo su mundo y su vida y su aspiración están ahí están reflejados.

Sísifo mexicano

El metro sigue su interminable-loco-mismo-aburrido-reiterado recorrido. Es su castigo a la soberbia a su arrogancia a su sentirse más que todos los otros medios de transporte porque él penetra las intensidades de la tierra. Ese ir y venir sin fin es su piedra de Sísifo.

[‘No me busquéis en la tierra. Buscadme más adentro, por debajo del cosmos y la sangre. Mi viaje transcurre en los umbrales del Hades, en aquel lugar donde según Dante era necesario olvidar toda esperanza, más allá del Cerbero, rodeado por mis buenos amigos Ixión, Tántalo y Prometeo –todos ellos circulares– y la vieja compañera Tisífone, el azote de las perras. Dicen las viejas leyendas que fui condenado a subir por la misma pendiente con una piedra en mis brazos durante toda la eternidad. No es torpeza que la piedra caiga en la cima, como no es vanalidad mi camino. Aquellos que denuncian la futilidad de mi trabajo son los mismos que dicen no arrepentirse de su pasado, que dicen que volverían a cometer los mismos errores y a vivir la misma vida. Pues yo les digo que así será. Porque tú mismo, que ahora estás leyendo estas palabras, estarás condenadas a leerlas durante toda la eternidad’-Alejandro Gamero Parra].

¿A quienes veo? A gente de trabajo. A gente silenciosa. A gente que sonríe con los ojos cuando los tiene abiertos y no tiene problemas guardados en la conciencia; a gente triste; a gente preocupada; a gente indiferente; a gente odiosa porque odiosa es su mirada…

¿Saben? En la mirada de mucha gente que viaja en el metro de la ciudad de México se percibe toda su vida. Hay ahí un silencio de intimidad dolorosa que duele a todos; hay una sensación de que no todo está bien a pesar de la lucha cuerpo a cuerpo y a pesar de que los demás existimos pero, a fin de cuentas, no existimos para cada uno de los demás porque sólo existe ese sentimiento de ‘a ver cómo salen las cosas hoy’.

En general la ropa de muchos de quienes viajamos en el metro de la ciudad de México en este 2010 es sencilla; no es ropa de marca; algunas jóvenes hermosas visten con decoro prendas que no fueron compradas en los palacios o en los puertos o en las zaras. Los hombres con traje, visten bien su combinado a la medida y hay quienes de plano viajan con ropa extremadamente pobre y dolorosa por todos los años de servicio. Hay, por supuesto, viajeros de lujo, que no quieren ni que el viento se les toque… Pero esos son aparte: no son los viajeros del metro, de esos que sí son del metro, que pertenecen a la familia del metro y que quieren al metro.

En el metro viajan millones de seres humanos que lo único que buscan es llegar al paraíso. Son –somos- trabajadores de todos los días si hay trabajo; somos los mismos que estamos ahí porque la lucha cotidiana por el sustento y por un poquito de felicidad nos puso en esa ruta juntos; somos los que sabemos de desempleo, de estar sin dinero en la bolsa, los de ir con el currículum en el fólder verde para la entrevista que puede salvar nuestras vidas; somos los que existimos pero no somos y estamos en el mismo tren en un sistema de transporte que para muchos es inconfesable, para otros es el pago de nuestros condenados pecados capitales y para ese ‘alguna vez un viajero’ es la compañía cotidiana que necesitamos en solidaridad, en compañía, en afecto, en cuidado, en miedo, en terror, en ¡aguas con el ratero! En no me mires porque me incomodas pero mírame porque si no, no soy.

En el metro convive y se resume el ser mexicano capitalino. Ahí está el todo cumplido para todos en un tren en donde entre estación y estación somos uno sólo porque somos muchos más que dos. Y estamos ahí y nos duele estar ahí solitos solitarios en multitud y guardamos nuestras lágrimas para la noche, cuando en silencio, en la obscuridad recordemos el manoseo, el toqueteo, el griterío, el empujadero, el faje discreto o descarado y la mano que aprieta porque se supone con buenas intenciones y el camino de ayer de hoy y de todos los días de nuestras vidas: tu-ru-ruuuu…

Por ahora cerremos los ojos y descansemos. Mañana, de nueva cuenta, nos vemos ahí, en el metro más cachondo del mundo, el metro más ruidoso del mundo, el metro más triste del mundo y el metro que sólo metro es, porque “¡Para que no se le doble…, para que no se le arrugue…, para que no se le frunza…: compre sus micas para documentoooos!”

jhsantiago@prodigy.net.mx

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1 Comentario en El metro más cachondo del mundo

  1. Ricardo Morenoi // julio 26, 2015 en 1:23 pm // Responder

    Se escapó por allí un extraño “vólido” labiodental, que en tratándose del Metro de la CDMEX hasta puede que lo sea. Por lo demás simpatiquísimo artículo.

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