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‘La muerte (¡desdicha fuerte!)’

Estos han sido los días de fiesta mexicanos. Una fiesta, para muchos fuera de este país, incomprensible quizá; admirable acaso o, de plano, sin solución.  Eso de festejar a quien ya no está vivo y pensar que puede acudir al llamado anual para encontrarse con nosotros y sentir que no se han ido del todo –que no nos iremos del todo– suena descabellado para ajenos, pero es así el ritual que cada año celebramos muchos mexicanos al grito de guerra…

Cuando llegaron los primeros españoles a esta tierra de muchos Méxicos el asiento, ya existía el ritual del acercamiento con ‘los descarnados’, los que habitaban el inframundo: el Mictlán.

Esto sorprendió a los catequistas cristianos de Europa, aunque también encontraron similitud en la idea cristiana de la trascendencia y del no morir del todo porque existe un espacio en el que estará uno cuando aquí haya terminado la tarea: la gloria si se fue bien portado, el infierno si se fue mal averiguado o el limbo en donde ni bien ni mal; sino todo lo contrario…

Los antiguos mexicanos daban la vida para mantener vivo al Dios, y hacían sacrificios humanos para entregarle su sangre –casi siempre de prisioneros de guerra-. Los europeos trajeron la idea de un hombre-Dios que dio su vida por todos y en el cáliz les entregaba su sangre: choque de creencias y de conceptos… Se dice fácil, pero para aquellos del siglo XVI era un verdadero paradigma.

En todo caso la cercanía del mexicano con la muerte no es cualquier cosa. Los mexicanos, como todo ser humano, no quieren morir; pero cuando esto ocurre, queda la posibilidad del reencuentro, precisamente por estos días. Y aunque no se quiere morir, tampoco se le tiene miedo a la muerte.

Todo esto viene al caso porque, precisamente, por estos días se recuerda a quienes murieron. A quienes ya no están. Son días de reflexión seria. Pero sobre todo es un tiempo de justicia o injusticia…

Por asuntos de guerra sin cuartel al crimen organizado, al narcotráfico y a la violencia, tan sólo en estos seis años murieron aproximadamente 70 mil seres humanos en México y aun existen miles de desaparecidos de los que se ignora si viven o murieron: y con todos ellos el pesar de sus familias, multiplicados: madres, esposas, hijos, hermanos…, desde el 11 de diciembre de 2006 cuando el gobierno del señor Felipe Calderón inició en Michoacán un operativo de guerra en contra del crimen organizado.

Son muchos muertos en tan poco tiempo. No ha ocurrido en países con guerras mortales. No ha ocurrido una epidemia mundial que hubiera matado a tantos. No hay en el mundo la idea de que sólo a partir del exterminio se puede hacer justicia… A menos que se viva en países con gobiernos que entienden a la política en tono de guerra. Ocurrió en Yugoslavia; pero México no es aquel país, no está en el punto de sentencia por lo ocurrido entre serbios y albaneses…  

A las muertes naturales, a las muertes por accidente, a las muertes por enfermedad o destino, hoy la suma es grande en México y, por tanto, mayor es la razón para reflexionar en lo que sigue para este país que ya vivió seis años de terror.

Y no es tan sólo un asunto de inocencia o culpabilidad. Es un asunto de llevar la política en sentido del estado de Derecho: no del aniquilamiento del enemigo o adversario.

Si un sujeto ha cometido un delito, mayor o menor, tiene que someterse a las leyes que un país se impuso para defenderse de estos males. Pero no. En México parece que la intención era la de acabar con el enemigo: exterminarlo. Y se ha acabado con muchos de los enemigos, pero también con muchos que no lo son: inocentes que ‘pasaban por ahí’: “daños colaterales” les llama el gobierno.

Y eso de que quienes tienen que garantizar el estado de Derecho se brinquen las trancas y se feliciten por dar muerte a delincuentes en lugar de someterlos al imperio de la ley es también un asunto criminal. Y lo es también porque, como ejemplo, cuando se anunció la muerte del “Lazca” la DEA se apresuró a felicitar al gobierno mexicano por esta hazaña… Matar es una hazaña, según el gobierno de Estados Unidos, sobre todo si el muerto es mexicano…

En otro mundo más cercano al orden legal, se le hubiera buscado hasta detenerlo para llevar a cabo un proceso jurídico en el que probablemente se le hubiera encontrado culpable y, por lo mismo, debiera purgar la condena que le impone la sociedad y sus leyes: aquí no: aquí la muerte parece ser la regla de justicia durante los primeros años del siglo XXI.

¿A cuántos de los 70 mil muertos se les encontró culpables? ¿Hubo juicios –aun post mortem-? ¿A cuántos se les encontró inocentes? ¿Por qué los culpables no están en las cárceles en lugar de estar en el panteón? ¿Por qué los inocentes están muertos?

Eso ha sido, digamos, una cierta pena de muerte; no aceptada en nuestra Constitución general, pero si operada desde los salones de la estrategia que ha impuesto el gobierno de Estados Unidos para acabar con sus enemigos mexicanos, aunque no termina por explicar la razón por la que no impide el consumo inmenso de narcóticos por muchos de sus ciudadanos para vivir más felices en un país que se presume del ‘toda la felicidad para todos’…

En fin que si. Que estos días son de reflexión, de acercamiento, de introspección y hasta de fiesta por la llegada de los seres queridos  para sentarse a nuestra mesa y probar de nuestros alimentos… Pero también debe ser un motivo para reflexionar en que las leyes mexicanas deben ser puestas en manos de quienes estén obligadas a respetarlas y hacerlas respetar…

…Exactamente como se jura cuando se asume un puesto público, que es una responsabilidad como político, como funcionario público y como humano. Eso es. Como humano.

“La muerte (desdicha fuerte)” dice otro Calderón… de la Barca, un escritor, humano, que hace muchos años reflexionó sobre la vida y que ésta es un sueño y que, al final, un sueño es. Hoy, para muchos aquí no es sueño… es pesadilla.

Artículo de Joel Hernández Santiago

jhsantiago@prodigy.net.mx  Twitter: @joelhsantiago

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