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Ser viejo en México

A lo mejor era cosa de costumbre, de educación o decoro. A saber. Lo que sí sé es que cuando era un niño, de unos cuantos años de edad, en mi pueblo oaxaqueño tenía la obligación de saludar a los mayores con la mano extendida, cederles el mejor lugar en la mesa y escucharle con atención mientras nos platicaban a todos en familia, arrobados, de lo que había ocurrido en el pueblo en tal o cual fecha y de cuando ocurrió la inundación o el temblor y la fiebre aftosa… “¡A los viejos se les respeta!” era el mandamiento familiar…

Me acuerdo. Si. Me acuerdo. Por entonces, de tiempo en tiempo, dejaba las tareas y el juego para escuchar a mi abuelo la lectura del periódico. Y me platicaba de lugares muy lejanos que existían en el mundo: “Hay un lugar que se llama Turquía… o Argentina… o España… Quintana Roo, en donde hay…” Y la imaginación –la loca de la casa, que se dice- se agitaba y marcó desde entonces, en mi mente, lugares que luego conocí, pero que ya conocía por él porque juntos habíamos viajado alrededor del mundo a la sombra del laurel del patio de la casa.

Los viejos ahí se sentían apapachados y queridos. Una palabra suya era ley, aunque los adultos hicieran cara de ‘ni modo’ y aunque de pronto nuestros viejos se volvieran más enfermizos, de pronto más introspectos, o regañones. Ya guardaban silencio interminable y perdían facultades: ya la vista, el andar, los movimientos del cuerpo, pero nunca la mirada de cariño que se sabía eterna. Y había que ayudarles en lo que necesitaran. Y se hacía con la consideración, el afecto y el respeto apropiados.  Los dedos de mi abuelo, que tocaban mi cabeza, todavía están aquí…

Es que, ser viejo en una sociedad pueblerina es el triunfo del ser humano frente al tiempo aunque sabemos que un día se perderá la batalla. Ser viejo ahí era y es una muestra de juventud permanente, aunque el cuerpo la traicione. En fin, que la vejez en México se ve de diferentes maneras según sea el segmento del México que la vea… y muchos la toman en serio porque todos llevamos ese camino desde el día en el que nacemos…

Todo esto viene al caso porque tengo en mis manos un excelente libro que me envió don Jorge Meléndez, periodista y colega de fuste. Es un libro que editó el gobierno del Distrito Federal y el periódico La Jornada hace unos meses en el que se reflexiona sobre la vejez del mexicano de la capital del país. Cuidadosamente le llaman “Nueva vida para nuestros mayores”.

En el libro hay datos, cifras, intensiones de gobierno para solucionar el tema de la tercera edad productiva, las ganas de entender lo que ocurrirá con cada uno de nosotros cuando se llegue a entonces –si es que se llega- y la responsabilidad de gobierno. Todo ahí está cifrado y motivo para seguir la reflexión.

México es un país que tiene 10.1 millones de hombres y mujeres mayores de sesenta años. Es un país en donde –decíamos- ser viejo no siempre es lo mejor para todos. No por lo menos en la generalidad y no, sobre todo, en zonas urbanas.

Al paso del tiempo las sociedades se transforman y surgen fenómenos de comportamiento: acaso se endurecen cuando los intereses privilegian lo inmediato sobre lo trascendente. De pronto esa sociedad produce hombres y mujeres que se entienden en presente permanente, sin considerar que el tiempo no entiende de conjugaciones verbales y los envejece al mismo tiempo.

Así, resulta que en México la mayoría de esos 10.1 millones de mayores de sesenta años son sumergidos al inframundo del desempleo -30 por ciento de los adultos mayores forman parte del segmento laboral, informa la UNAM- el resto deja de ser empleado y se ocupa en trabajos precarios, con bajísimos sueldos o se establece ‘por su propia cuenta’, dependiendo la escolaridad y la capacidad física para ese trabajo…

El 60 por ciento de estos 10.1 millones de mexicanos no está afiliado a un sistema de pensiones y los que están afiliados reciben pensiones infrahumanas, que no les permiten pagar su manutención y los altísimos costos de ser viejo en México.

Peor aún: El 39% de los mayores de 65 años de edad en México, o sea 1.2 millones de personas, no tiene jubilación, ni cuenta con una pensión y está expuesta a sufrir enfermedades costosas: enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebro vasculares, diabetes, hipertensión, demencias seniles y caídas, las más frecuentes.

Y más peor aun. En fechas recientes se ha encontrado que en muchos casos, más de los que cualquiera puede suponer, hay maltrato doméstico para los ancianos mayores: Maltrato físico, sicológico, sexual, económico y social.

Ser viejo en un tipo de entorno familiar es una tragedia. La familia joven no sabe qué hacer con el anciano que requiere atenciones especiales. La impaciencia y el enojo predominan. El anciano pasa a ser “un estorbo” y lo único que se espera es “que muera pronto”…  La indolencia de muchos es, también, una tragedia social.

Así que, estimados amigos y amigas, más vale que pongan sus barbas a remojar y comiencen por exigirse un mejor comportamiento con los mayores, viajeros del tiempo, sabios en tierra inhóspita, que merecen todo nuestro respeto porque nos llevan en sus ojos y, por lo mismo, deben cosechar que exijamos a los gobiernos por ellos:

Políticas públicas que incluyan el cuidado y la atención de los mexicanos mayores; recursos suficientes porque ya han trabajado muchos años como para recuperar su aportación al país; modelos de desarrollo para ellos; programas de atención y servicios programados, vigentes y eficientes; solaz, respeto y un lugar privilegiado en la mesa: “¡y sin chistar!”, que ya lo decía Séneca: “Nadie es tan viejo que no sea digno de esperar el siguiente día”.

Por Joel Hernández Santiago

jhsantiago@prodigy.net.mx  Twitter: @joelhsantiago

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