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Las lecciones del 7 de julio en Oaxaca

oaxaca

Por Porfirio Santibáñez Orozco*

El resultado de las elecciones de diputados locales y presidentes municipales debería poner a pensar al árbitro electoral, a los partidos y a la propia ciudadanía que varios de ellos no hicieron bien su tarea. Las cifras del 7 de julio de este 2013 son aleccionadoras y más de un dato resulta transparente y habla por sí mismo. Evidentemente, la primera falla radica en que a pesar de la insistente propaganda de todos los actores del proceso, más del 40% de los electores no fue a votar. Si el árbitro y los partidos quieren realmente que esta democracia mejore, vale la pena que traten de saber quiénes hicieron eso y por qué.

Inversión alta, resultados magros

El árbitro electoral recibió la lección de que la buena fe no es suficiente, debería proponerse como tarea identificar las raíces de la desconfianza ciudadana y asumir la responsabilidad de hacer propuestas de avanzada a partir de esta experiencia. ¿No es hora de que el IEEPC proponga mecanismos más exigentes y específicos para el registro de candidaturas con el propósito de evitar que candidatos zombis, porros violentos, políticos chapulines y fabricantes de promesas estériles, como la del borrón y cuenta nueva en los impuestos, compitan por los cargos en disputa?

Los partidos contendientes, especialmente los más grandes, deberían estar sumamente ocupados en investigar por qué a pesar de la gran inversión de tiempo, dinero y esfuerzo obtuvieron un resultado tan magro. Al gobierno del estado le convendría precisar qué porcentaje de los abstencionistas se sintió defraudada por sus errores más sonados. No es fácil pero bien que puede averiguar cuántos ciudadanos decidieron no ir a las urnas después de comprobar que el cambio de siglas y colores en diferentes niveles de gobierno no ha mejorado sustancialmente la eficacia de la gestión pública y cuántos de los inscritos en el padrón electoral no fueron a votar por el simple y prosaico hecho de que perdieron su credencial de elector.

Candidatos malos pero conocidos

En un hipotético reparto de culpas, a todos los partidos les corresponde una gran parte de la responsabilidad por preferir jugar con candidatos malos pero conocidos en lugar de apostar a favor de buenos por conocer. La división de todos los partidos, la falta de respeto a la equidad de género, la postulación de candidatos que faltaron a su compromiso y saltaron de una tarea no concluida a otra que seguramente tampoco terminarán, la tolerancia hacia los actos de deslealtad, el apoyo a candidatos que compitieron por segunda y hasta por tercera vez como si no hubiera otros aspirantes capacitados y desdeñar a candidatos populares afectó la credibilidad del proceso y alejó a los ciudadanos de las casillas.

Hay que celebrar al sector del electorado que votó a pesar de tener a la mano justificaciones para no hacerlo. El clima de violencia anterior a la jornada electoral y las filtraciones telefónicas que exhibieron a personajes actuando como virreyes por un lado y como súbditos obedientes por otro, pudieron haber sido coartadas perfectas para no ir a las urnas. Además, los votantes que participaron lo hicieron con una inteligencia colectiva que desafía la imaginación de los que quieran analizar a fondo cómo diferenciaron su voto y por qué.

Los votos de abajo no coincidieron con el voto de arriba, pero tampoco se cargaron hacia el principal partido opositor. Por tratarse de una elección intermedia local que ocurre a medio sexenio, además de respaldar siglas y escoger colores, los votos del 7 de julio también calificaron o descalificaron la labor del gobierno estatal en funciones. Los votos del 7 de julio son, también, un indicador de cómo sopesa la ciudadanía el fardo de cuentas pendientes de los que tuvieron el poder estatal durante décadas. Más allá de la elección de diputados y presidentes, las dos fuerzas político-electorales que se han venido disputando el control del estado querían encontrar en esta elección elementos para saber hacia dónde se inclinarán en el futuro las preferencias ciudadanas; en concreto, a quién podrían darle sus votos y el poder dentro de tres años cuando habrá elecciones concurrentes de gobernador, diputados locales y presidentes municipales.

Nada para nadie aún

La coalición gobernante en el estado apostó a que los ciudadanos le ratificaran el voto de confianza del domingo 4 de julio de 2010. En cambio, su principal opositor el PRI, creyó que su poder de convocatoria crecería en automático hasta alcanzar una victoria aplastante a tono con el regreso del PRI a los primeros planos nacionales. Ambos se equivocaron en sus apreciaciones y fallaron en los pronósticos que imaginaron antes de la jornada comicial.

El incumplimiento de las expectativas despertadas por el gobierno del cambio no se tradujo en la debacle electoral que esperaban sus malquerientes: los electores le siguen dando el beneficio de la duda. El regreso del PRI a Los Pinos tampoco llevó a la restauración del despotismo poco ilustrado que tuvimos, durante décadas, como sistema de gobierno. Su fracaso no significa que hayan renunciado a esa intención y, como es su costumbre, lo que estos restauradores no obtuvieron en las urnas lo buscarán por los medios a los que están acostumbrados. Por su permisividad, el sistema les permite operar de esta forma.

Más allá de seguir confiando en su voto duro y minimizar el voto de castigo de los electores descontentos, los tres partidos más numerosos (PAN-PRD-PRI) deberían preguntarse con seriedad por qué la mayoría de los votantes les volvió a dar su voto de confianza e identificar bien al sector de votantes que optó, como solución intermedia, por votar a favor de los partidos minoritarios o darle el beneficio de la duda al partido local emergente (PSD).

 Avanzar hacia la segunda vuelta

La sopa de letras resultante de la jornada del 7 de julio ratifica verdades comunes hoy en boca de muchos: a pesar de que cada día son más difíciles el fraude y la imposición tradicionales y de que hemos avanzado un poco, lo que se deduce de la reducción y la posible inexistencia de conflictos postelectorales, es necesario avanzar cada vez más; hay condiciones para hacerlo pues somos una sociedad plural que prefiere la diversidad, un conglomerado tolerante con los tramposos pero que no acepta las imposiciones descaradas.

El recuento voto por voto y casilla por casilla en la capital del estado es una demostración de que tenemos una clase política que no confía en ella misma ni en sus reglas y tiene razón porque además de que una buena parte de ella carece de ética, le falta mucha educación política. Muchos de ellos no saben perder y buscan la manera de estar en el poder sea como sea. El recuento sentó un precedente importante que volverá por sus fueros; no es lo que debería ser, una segunda vuelta electoral, pero mientras ésta no esté legislada es un medio para disipar dudas y verificar resultados.

La clase política no tuvo la altura de miras que necesitaba para ver, en perspectiva, la jornada del 7 de julio. Ninguno de sus integrantes vio más allá de sus intereses de coyuntura ni tomó en cuenta un dato histórico fundamental: la democracia de Oaxaca es un guiso que se ha venido preparando lentamente, se está sazonando a gusto y conciencia de los que teóricamente la van a consumir y empezó a cocerse a fuego lento desde los años 90 del siglo pasado. Por eso, los políticos profesionales del estado cometieron el error de dejar las decisiones más importantes en las manos menos indicadas y corrieron el riesgo de que, como dice el dicho, muchos cocineros les echaran a perder la sopa. Lo consiguieron. @En Marcha.

 

*Periodista.

 

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