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Un Papa revolucionario

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Creado por Joel Hernández Santiago*

Cuando hace unos días le peguntaron que quién era en verdad Jorge Mario Bergoglio, él contestó con toda franqueza: “No sé cuál puede ser la respuesta exacta… Soy un pecador”… Y no era una figura literaria o de tono retórico;  no lo hacía por congraciarse con alguien o por conseguir beneficio mediático. Simple y sencillamente se estaba definiendo, estaba reconociendo sus errores y estaba definiendo una nueva etapa de la iglesia católica mundial.

Cuando fue elegido Papa, el 13 de marzo de 2013 hubo objeciones aquí o allá: se le acusaba de que cuando fue  Superior Provincial de los jesuitas de Argentina (1973 a 1979), en 1976 durante la dictadura militar en su país desatendió la detención de varios sacerdotes que fueron torturados  y muertos por formar parte del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo. Se le recriminaba al paso y se decía que su llegada al Papado auguraba un periodo ultraconservador para los católicos.

Pronto, él mismo, inició un control de crisis y se presentó ante el mundo como un pontífice diferente y acaso revolucionario…

Sacudió a El Vaticano con declaraciones que algunos suponían ‘extravagantes’. Pero que no lo eran porque ya se percibía cuál era su idea de lo que debía ser la nueva iglesia católica y el sacerdocio: la humildad y la pobreza –de ahí su elección de llamarse Papa Francisco—en un claro reproche a la jerarquía católica mundial opulenta, indiferente y metiche. Como la que sufre México.

Luego, el mundo casi se le viene encima en julio pasado cuando, durante su viaje de regreso de la Jornada Mundial de la Juventud, en  Río de Janeiro, dejó con la boca abierta a los 71 periodistas que le acompañaban en el avión cuando a una pregunta contestó:

«Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo?».  El azoro aumento, ahí, porque siguió: “hay que «integrar a los gay en la sociedad» y que no tenía problemas en hablar sobre el ‘lobby gay’ de El Vaticano y confesó, ahí mismo, que no sabía qué hacer con el Banco Vaticano (cuyos escándalos han sido escalofriantes), y admitió que en la Curia hay algunos sacerdotes que «no son santos» y que tienen un comportamiento «escandaloso».

Naturalmente, estas declaraciones que, al principio cayeron por sorpresa, han ido causando escozor entre la curia ultraconservadora, mocha y pecaminosa, que ven en las declaraciones de Bergoglio una forma expresarse irreflexiva y hasta contraria al acostumbrado silencio papal en temas que ellos definen como ‘dogma’, como es el celibato o el no sacerdocio para mujeres; aun cuando se sabe que, en este momento, hay en el mundo 58 mil curas casados.

Bergoglio exige humildad y practica con el ejemplo; exige pobreza y ha demostrado que sabe vivir en pobreza a pesar de la pompa y circunstancia le rodea en El Vaticano… Es como si quisiera demostrar que ser Papa no es divino, sino muy terrenal y con los ojos abiertos.

De pronto Bergoglio hace que a esos ultraconservadores de la iglesia católica mundial les rechinen los dientes:

En una entrevista que concedió a La Civilitá Cattolica, que es la publicación de la Compañía de Jesús dijo: que ya estuvo bueno que la iglesia católica mundial viva obsesionada con temas como el de los gay, el aborto, o los métodos anticonceptivos.

Y ahí mismo, ya en tono de autodefensa respecto de lo ocurrido en Argentina en 76 dijo: “No habré sido como la beata Imelda [una joven religiosa italiana que se dice que murió a los 13 años en un éxtasis durante su primera comunión]; pero jamás he sido de derecha”; ‘Cuando fui superior de los jesuitas –dijo- tenía 36 años: una locura. Había que afrontar situaciones difíciles y yo tomaba mis decisiones de manera brusca y personalista y esto (me ha llevado) a tener problemas serios y a ser acusado de ultraconservador”…

Los ultraconservadores católicos se preparan a contrarrestar esas declaraciones y los hechos de Bergoglio, sobre todo luego de que tomó la decisión muy reflexionada de destituir al  todopoderoso secretario de Estado en El Vaticano, Tarsicio Bertone, un cura extremadamente poderoso a quien se atribuye saña para impedir la renovación de la iglesia y quien propició la renuncia de Ratzinger, lo que se supo por las filtraciones de los documentos del Vaticano: “El sacerdocio no es un dominio, sino un servicio”, dejó en claro Bergoglio.

Y no habían pasado ni unas cuantas horas del cese de Bertone, cuando éste declaró públicamente que: “El balance de mi gestión es positivo, pero es cierto que ha habido muchos problemas, especialmente en los dos últimos años. Se han vertido sobre mí algunas acusaciones… ¡Una red de cuervos y víboras!”. Bergoglio se fajó los pantalones e hizo renunciar al poder tras el trono.

Así que la iglesia católica mundial vive tiempos nuevos. Muy bueno esto. Sin embargo la reacción en contra del Papa de la Revolución aparecerá en cuanto Bertone busque cobijo entre los ultras y entre quienes verán afectados sus intereses económicos y de control político en cada uno de sus espacios de dominio. Ya se verá. 

Bergoglio ha decidido avanzar a pie, para mostrar que la iglesia católica puede recuperar su filosofía de origen: la de la humildad, el servicio y la justicia y, por lo mismo, pregona que los temas anatema no deben ser parte de la recuperación del catolicismo urbis et orbi.  

En el ánimo de los católicos en el mundo –y los no católicos- lo que viene haciendo y diciendo Francisco es refrescante porque vincula verdad y justicia con la acción. ¿Francisco más cerca del Nazareno que con el Vaticano?  

jhsantiago@prodigy.net.mx  Twitter: @joelhsantiago

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