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El ataque sorpresa de la aviación soviética contra la Alemania nazi en 1941

El 7 de agosto de 1941, cuando se cumplía el 47º día de combates de la Unión Soviética contra Alemania, quince bombarderos DB-3 e Il-4 despegaron de la base aérea del archipiélago Moonsund, ubicado en el mar Báltico, en dirección a Berlín. Los aviones soviéticos debían sobrevolar 1.765 kilómetros sobre territorio enemigo y hacer frente a una defensa aérea muy bien organizada para lograr su objetivo: bombardear el corazón del Tercer Reich.

El Ejército Rojo, que se batía en retirada desde hacía más de un mes, en aquel entonces defendía con gran esfuerzo Smolensk y Kiev. Aviones de la Luftwaffe llevaban bombardeando Moscú desde el 21 de julio.

Su comandante, Hermann Göring, que había conocido numerosas pérdidas a causa de la aviación de la URSS y de la pasividad de los ingleses, declaró de un modo presuntuoso que “ninguna bomba caería sobre la capital del Reich”.  Estas palabras fueron todo un desafío. Las explosiones de las bombas soviéticas en Berlín tenían que demostrar al adversario y al resto del mundo que se habían apresurado al considerar inofensiva a la aviación soviética.

Para que los aviones pudieran volar a la máxima altura hasta Berlín y volver luego a casa, despojaron a los DB-3 de su blindaje. Además tuvieron que despegar desde una pista corta, construida para los cazas.

El trayecto desde la isla de Saaremaa, en Estonia, hasta Szczecin, en Polonia, y luego a Berlín duró siete horas. Para evitar la defensa antiaérea se vieron forzados a volar a una altitud de 7.000 metros, en que la temperatura exterior alcanzaba los 40 grados bajo cero. Los pilotos tuvieron que trabajar  con máscaras de oxígeno todo el tiempo. Volaban con el combustible justo, por lo que no había margen de error: si se desviaban del itinerario la tripulación corría el riesgo de no poder volver a la base.

Soñaban con bombardear el Reichstag

Para los alemanes, en la retaguardia, el ataque de los bombarderos de la URSS fue toda una sorpresa. En la capital de Alemania se llevaba una vida  tranquila y pacífica en que sólo los soldados y las empresas de defensa  hacían pensar en los combates que se libraban en algún lugar lejano. Hay testigos que llegaron a afirmar que las fuerzas de defensa antiaérea nazis descubrieron los aviones, pero los tomaron por suyos y les sugirieron que se dirigieran al aeródromo más cercano.

Berlín fue bombardeada por apenas cinco de los quince aviones que partieron en misión: a los restantes la acción de las defensas antiaéreas y la falta de combustible les obligó a atacar las afueras de la ciudad, pero las tripulaciones cumplieron su objetivo político con creces. En la madrugada del 8 de agosto el radiotelegrafista Vasili Krotenko transmitió desde una de las aeronaves soviéticas: “Mi lugar es Berlín. Tarea cumplida. ¡Volvemos a la base!”.

Los ataques causaron incendios y el pánico en la ciudad. Incluso desde una gran altura, los DB-3 soviéticos pudieron escoger los objetivos en la gran y bien iluminada ciudad. Hasta un minuto después del inicio del ataque no se dio la orden de oscurecer la capital.

El escritor y corresponsal militar Nikolái Mijailovski, que participó en la cobertura de los acontecimientos, describió lo ocurrido a bordo de uno de los aviones:

“Nuestro objetivo son las fábricas Siemens-Shuckert, pero los pilotos sueñan con llegar al Reichstag o a la Cancillería del Reich. Vania Rudakov  se congeló inmóvil con la ametralladora. Las manos de Preobrazhenski se congelan a los mandos. Pero no importa.  Lo principal es que estamos próximos al objetivo. Nuestro sueño era llegar a toda costa. ¡Y lo conseguimos! A 7 kilómetros de altitud es visible la gran ciudad.  Cubierta por miles de luces se extendía como una araña. No nos esperan.  La voz del piloto: “¡Sobrevolamos el objetivo!”. El avión se estremece, tras saltar ligeramente hacia arriba. En la cabina penetra el característico olor del accionamiento de las llaves de las bombas que, pesadas, caen…”.

“Estos son ingleses”

A pesar de que, junto con las bombas, se tiraron folletos, el mando alemán trató de ocultar el hecho de que los aviones soviéticos habían cruzado el cielo de su capital. Las emisoras de radio alemanas transmitieron lo ocurrido como un intento fallido de 150 aviones ingleses de llegar a Berlín.

Según la prensa alemana, sólo unos cuantos aviones lo consiguieron y seis de ellos fueron abatidos, provocando incendios. En realidad los pilotos soviéticos sólo tuvieron que lamentar la pérdida de una aeronave en esa misión. La BBC desmintió que aviones ingleses sobrevolaran Berlín aquella noche. Los aviones ingleses hacía tiempo que no aparecían en el cielo de Berlín, desde enero de 1941, cuando su mando se percató de que el Tercer Reich estaba reagrupando sus fuerzas aéreas para atacar el este de Europa.

El 8 de agosto el Sovinformburó, el Gabinete de Información Soviético, informó a todos los ciudadanos que los bombardeos sobre Moscú del 22 y el 24 de julio, en los que habían perecido cientos de ciudadanos, habían sido vengados. Los miembros de la tripulación de la aeronave comandada por el coronel Preobrazhenski recibieron el título de héroes de la Unión Soviética.

Stalin firmó un decreto en virtud del cual cada miembro de la tripulación obtendría un premio en metálico por valor de 2.000 rublos. Esta cantidad de dinero cuadriplicaba la recompensa habitual por un bombardeo exitoso.

Los siguientes vuelos de las tripulaciones soviéticas no corrieron la misma suerte. El factor sorpresa sólo podía funcionar una vez. Despegando desde las islas próximas a Leningrado, los pilotos realizaron hasta el 5 de septiembre nueve misiones en los que participaron 86 aviones y se tiraron 21 toneladas de bombas, que se saldaron con la pérdida de 18 aviones debido a la artillería antiaérea y diversas negligencias.

Estos vuelos exigían una tensión física máxima y gran fortaleza de espíritu. A veces, junto al mismísimo aeródromo, las manos de los pilotos perdían la capacidad de dirigir los mandos, los ojos se les cerraban del cansancio. A sólo unos cientos de metros de la pista de aterrizaje los aviones a veces caían, se estrellaban. Así murió la tripulación del teniente mayor Nikolái Dashkovski.

Los vuelos soviéticos se interrumpieron después del inicio de los combates  por la isla Moonsund, el 7 de septiembre de 1941, pero cuando se produjeron los ataques “decisivos” contra Alemania, en julio de 1942, los habitantes de la capital del Reich volvieron a ver aviones con estrellas rojas en las alas.

rbth

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