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La Iglesia y la Revolución mexicana

Alicia Olivera Sedano, nos dice en su libro “Aspectos Religiosos de 1926 a 1929”, que la iglesia católica romana, constituyó durante muchos años de la historia colonial e independiente un factor de poder, que se impuso en el país con todo el peso de una de las más antiguas instituciones, defensora de las buenas costumbres (léase defensora de la moral autoritaria de la clase dominante), lo mismo que transmisora de la herencia cultural de los invasores y colonizadores.

Por Humberto Escobedo Cetina

El poderío de esta Iglesia, no solo se apoyó en el alma de sus comulgantes, sino también acumuló un poderío económico y una influencia definitiva en la política y sobre la sociedad.

En la mitad del Siglo XIX con las nuevas Leyes de Reforma, la participación del Clero en la vida civil disminuyo, cuando menos formalmente.

La Iglesia no solo fue desposeída de sus bienes, sino que el Estado (burgués) la declaró incapacitada para impartir la enseñanza; le negó la posibilidad de dirigir los cementerios, y al instaurarse el matrimonio civil se le hizo a un lado para sancionar ese vínculo, con el objeto de restarle influencia sobre la familia.

En ese entonces se redujeron las festividades religiosas, fue censurado el encierro en los conventos y se estableció la libertad de prensa (formalmente también).

Esas reformas llevaron a declarar legalmente la separación entre la Iglesia y el Estado el 12 de julio de 1859.

El General Díaz, durante su dictadura burguesa de 30 años, asumió una política de conciliación entre la iglesia y el Estado.

Como sabemos, el despotismo porfirista reprimió militarmente al movimiento obrero y al magonista, logrando la paz…. de los cementerios.

Díaz permitió la existencia de una oligarquía y reforzó los privilegios del alto clero político mexicano, el más reaccionario y conservador.

Con el movimiento armado de 1910, el asunto religioso vuelve a tomar impulso, en particular cuando el Presidente Venustiano Carranza da a conocer su intención de reforzar las leyes anticlericales.

Con la Constitución proclamada en 1917, por la burguesía triunfante, el clero político mexicano irrumpirá de nueva cuenta en la vida política, criticando principalmente los contenidos de los artículos 3° y 130°.

En el seno del propio constituyente, se desató una verdadera lucha entre la ola conservadora y la  jacobina encabezada por Francisco J. Mújica, quien llegó  a declarar: “Si se deja la libertad de enseñanza absoluta para que tome participación en ella el Clero con sus ideas rancias y retrospectivas, no se formarían generaciones nuevas de hombres intelectuales y sensatos…”

La discusión del artículo 3°. Desembocó, finalmente, en una propuesta que superó la moderación del proyecto prometido por Carranza, y se determinó que la educación seria laica, que ni las corporaciones, no los ministros de algún culto podrían formar o dirigir escuelas primarias y que las particulares solo se establecerían con vigilancia oficial.

En cuanto al articulo 130°, se ratificó el 129° de la Constitución de 1857, en el que se define el matrimonio como contrato civil; la ley no reconoce personalidad alguna a las iglesias; estas solo se crearían con la autorización y con la vigilancia del gobierno; se prohibía al clero participar en política; solo los mexicanos por nacimiento podrían dedicarse al culto; se  impedía al Clero asociarse para fines políticos; y se dejaba a las Legislaturas Estatales determinar él numero máximo de ministros del culto.

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