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Mijaíl Bakunin

“Bakunin es un tesoro el primer día de una revolución pero al día siguiente merecería ser ahorcado ya que es capaz de alterar cualquier orden, sea bueno a malo”, tal fue la impresión que se llevó del padre del anarquismo Louis Marc Caussidièr, participante de la revolución de 1848 en Francia.

Introducción

Preso en numerosas ocasiones, perseguido siempre, insurrecto sin tregua en varios países, Bakunin entró en la historia mundial como uno de los fundadores del anarquismo, que desempeñó un papel importante tanto durante la guerra civil en Rusia, como en España e Italia.

Descendiente de una familia noble, Mijaíl Bakunin fue el primer revolucionario ruso en izar la bandera roja. Sin embargo, a pesar de la existencia de algunas calles bautizadas en su honor en distintas ciudades rusas, durante un largo periodo de tiempo los historiadores comunistas quisieron olvidar su Catecismo revolucionario de Bakunin. El motivo fue simple: el desacuerdo del fundador de la Fraternidad Internacional con Karl Marx, el fundador de la Primera Internacional y autor del Manifiesto comunista.

La vida y la personalidad del insigne agitador anarquista inspiró novelas de Dostoyevski y Turguénev, Lucien Descaves y Maurice Donnay. Mijaíl Bakunin sirvió de ejemplo para muchas generaciones de revolucionarios, primero como correligionario, después como antagonista de Karl Marx. Los ecos de sus ideales siguen oyéndose hoy en día en todo el mundo: en las abigarradas marchas antiglobalistas, en las protestas de indignados, en los movimientos de “occupy”…

Primeros años

Mijaíl nació en 1814 en el seno de una familia numerosa, noble y rica, propietaria de un gran número de siervos y tierras. Su padre cultivó en la finca un ambiente de plena armonía espiritual, de estudio de arte y de intereses puramente intelectuales, en el que el cabeza de familia daba clases a sus hijos de literatura, música, pintura, historia, física, etc. El ambiente artístico y el amor paterno chocaron con la realidad cuando en 1829 el joven Mijaíl ingresó, a la edad de catorce años, en la escuela de artillería de San Petersburgo.

El contraste fue muy brusco. La escuela estaba dirigida por el general Iván Sujozanet, hombre de un carácter muy duro y con frecuencia insoportable, pero de confianza del emperador Nicolás I tanto por sus numerosas heridas y su pierna perdida en combate, como por su papel clave en el aplacamiento de la rebelión de los “decembristas”. La rabia por la drástica disciplina que inculcaba el general y por el ambiente de falta de libertad e hipocresía reinante en la academia, donde Mijaíl había pasado de cadete a alférez, desembocó en una discusión con Sujozanet. Cuando este vio a Bakunin en la calle uniformado “incorrectamente”, le interpeló en tono brusco: “¡Una vez puesta la librea, aprenda a llevarla como es debido!”. “No llevo una librea ni la voy a llevar”, respondió el joven oficial indignado por la comparación con un lacayo… antes de poder acabar el curso fue enviado a servir al Ejército, donde, tal como era de esperar, no tardó en solicitar el retiro, que le fue concedido en 1835.

Los años treinta del siglo XIX fue quizá la época más dura de la historia social y revolucionaria de Rusia, la época en que la ideología oficialista pregonaba los famosos principios formulados por el ministro de Educación Serguéi Uvárov de “ortodoxia, autocracia y nacionalidad”, es decir, lealtad a la fe tradicional, al gobierno dinástico y a la glorificación de la madre patria. “El pueblo ruso guarda silencio porque prospera”, afirmó el emperador Nicolás I. Pero el zar se equivocaba: el pueblo no estaba callado. Con la rebelión de los decembristas aplastada el “pensamiento social” buscaba nuevas formas de lucha contra el absolutismo.

Mijaíl se trasladó a Moscú en 1836 y partir de este momento el joven, ya apasionado con las ideas de Fichte y Hegel, no dejó de asistir a las reuniones del conocido círculo filosófico de Nikolái Stankévich, entre cuyos miembros se encontraban los futuros revolucionarios Alexandr Guertsen (con frecuencia escrito “Hertzen”)y Nikolái Ogarev y el famoso crítico literario Vissarión Belinski. Sin embargo, los artículos que publicó entonces en la revista Moskovski Obozrevátel (“el observador moscovita”) no hacen pensar que su autor fuese a abogar por ideas como “la liquidación social”.

Actividad en el extranjero

En 1840 Bakunin sale de Rusia para estudiar la filosofía alemana y asiste a las conferencias ofrecidas en la universidad de Berlín por Werder y Schelling, discípulos de Hegel. Allí mismo Mijaíl se relaciona con filósofos de izquierda y publica su primer artículo “revolucionario”: La reacción en Alemania, fragmentos escritos por un francés.

Su actividad revolucionaria atrajo la atención de la Policía secreta rusa y las autoridades del país le exigieron que volviera del extranjero. Tras su negativa a regresar, Mijaíl fue condenado en rebeldía por el Senado ruso a la privación de los privilegios y derechos de la nobleza y a trabajos forzados en Siberia. Además los servicios secretos rusos extendieron el rumor de que Bakunin era en realidad un agente al servicio del Gobierno de Moscú.

En 1843 el revolucionario se trasladó a Suiza, pero al cabo de un año de persecución por parte de la Policía local y de la Embajada rusa se trasladó a Bruselas y luego a París. Allí conoció a personalidades como Proudhon, George Sand y Karl Marx, su futuro compañero de lucha y antagonista.

En noviembre de 1847 Bakunin fue expulsado de Francia por un discurso pronunciado en un banquete en honor a la insurrección de los polacos contra Rusia en 1830.

En los años 1848-1849 una oleada de revoluciones y sublevaciones populares sacudió Europa. Iniciadas en Francia se difundieron rápidamente por Europa Central y la península itálica.

El triunfo de la revolución en Francia de 1848 permitió la vuelta de Bakunin a París, pero pronto partió a Austria, donde estaba teniendo lugar una agitación revolucionaria. En junio de 1848 Bakunin participó en la sublevación popular de Praga, adonde había llegado para participar en un congreso paneslavo. Sofocada la rebelión, la siguiente parada de su lucha fue la ciudad de Breslavia, en Silesia. Durante su estancia en la ciudad explotó la bomba colocada por la Policía secreta rusa: Karl Marx publicó una carta, atribuida a George Sand, en la que se afirmaba que Bakunin era un agente de Rusia y que a él se debía la detención de numerosos polacos. George Sand en seguida calificó el escrito de mentira absoluta y a petición suya Marx publicó una desmentida. Cuando un mes después Bakunin se encontró con Marx, se abrazaron.

El flamante revolucionario pasa de una ciudad a otra. En Anhalt redactó su famoso Llamado a los eslavos, en el cual exhortaba a destruir los Estados ruso, austriaco, turco y prusiano, y a la unión de las fuerzas revolucionarias alemanas y magiares. Entre otras cosas, Bakunin llamó a la unidad contra la nobleza, el clero y los terratenientes, y la abolición de los tribunales.

En 1849, el rey de Sajonia decretó la disolución del Parlamento y corrió la voz de que llegarían tropas regulares. Bakunin inmediatamente se trasladó a Dresde y asumió el mando a los insurrectos, organizando la defensa de las barricadas contra las tropas del Gobierno. Derrotados, los insurrectos se dirigieron a Bohemia. Bakunin fue apresado y entregado a las autoridades cuando, agotado, se reponía en Chemnitz.

Tras tres meses de prisión preventiva, en 1850 el revolucionario fue condenado a pena de muerte. Aunque se negó a solicitar el perdón al rey de Sajonia, la sentencia fue conmutada por cadena perpetua. Muy pronto Austria pidió su extradición por su participación en la sublevación de Praga y el preso fue entregado al Gobierno austriaco. En 1851 los tribunales de este país lo condenaron a muerte y de nuevo la pena fue rebajada a perpetuidad. En las cárceles austriacas Bakunin estuvo encadenado de pies y manos, en la cárcel de Olmutz (u “Olomouc”, actualmente en la República Checa) fue encadenado a la pared por la cintura e intentó suicidarse tragando fósforos.

El mismo año Austria extraditó a Bakunin a Rusia, donde primero estuvo encerrado en el revellín de Alexéi, en la fortaleza capitalina de San Pedro y San Pablo (principal cárcel política del país). Allí, Bakunin recibió la visita del conde Orlov, jefe de la Policía secreta rusa, quien le llevó el siguiente mensaje del zar Nicolás I, interesado en conocer las tendencias revolucionarias de Europa y de su país: “Dile que me escriba como un hijo espiritual escribiría a su padre espiritual”. Bakunin reflexionó y decidió aceptar. Así nace su famosa Confesión, donde en tono sumiso, pero sin revelar detalles ni nombres, el revolucionario se arrepiente de sus “pecados” ante el régimen gobernante.

Nicolás I, al leer la confesión escribió al margen: “No veo otra salida que deportarle a Siberia”. Eso fue en 1852 pero Bakunin permaneció años en la cárcel. En 1854 de la fortaleza de San Pedro y San Pablo lo trasladaron para otros tres años a la fortaleza de Shlisselburg (en la desembocadura del río Neva, cerca de la capital), lugar aún más terrible, donde el preso enfermó de escorbuto y perdió todos los dientes. Nicolás I falleció en 1855 pero Bakunin continuó en la cárcel. Escribió entonces una carta a Alejandro II, su sucesor, y en 1857 el emperador aceptó condonar la pena de prisión y exiliarlo a Siberia de por vida. Al cabo de cuatro años Bakunin huyó a Londres a través de Japón y Estados Unidos.

En 1861 Bakunin, enfermo y sin dinero, llegó a la casa londinense de su amigo Alexandr Guertsen. Muy poco después reinició sus giras revolucionarias por Europa.

En 1863 Bakunin intentó participar sin éxito en el levantamiento polaco. Llegó a Suecia para preparar un desembarco de insurrectos en el litoral ruso del mar Báltico pero fracasó. Poco tiempo después fundó en Italia la sociedad clandestina Fraternidad Internacional, también llamada Unión de Revolucionarios Socialistas.

Los estatutos de esta sociedad fueron redactados por Bakunin en 1868 y recogen que “la Alianza se declara atea; quiere […] ante todo la igualación política, económica y social de las clases e individuos de ambos sexos, [… que] la tierra, los instrumentos de trabajo, como cualquier otro capital, siendo propiedad colectiva de la entera sociedad, solo sean usados por los trabajadores, o sea, por las asociaciones agrícolas e industriales”.

En 1869, Liebknecht repitió y extendió la calumnia de que Bakunin era un agente del Gobierno de Moscú. El revolucionario ruso convocó un jurado de honor en la conferencia de la Internacional de Basilea.

Una de las ideas principales de Bakunin en 1870-1871 fue convertir la guerra franco-prusiana en guerra civil. Quiso encabezar una en Lion, en 1871, pero fue obligado a huir, pasando por Suiza. De ahí salió, muy enfermo ya, a dirigir un motín en Bolonia.

La vida del revolucionario estuvo estrechamente ligada a la historia de la Asociación Internacional de Trabajadores, o la Primera Internacional, cuyas filas engrosaron tanto socialistas autoritarios como anarquistas, entre los cuales el más eminente fue Bakunin. Fue precisamente Bakunin quien tradujo al ruso el Manifiesto comunista de Marx.

Sin embargo, los líderes de la Internacional no compartían sus ideas anarquistas y no deseaban la destrucción de los Estados europeos históricamente formados. Bakunin, por su parte, se pronunciaba en contra del estadista Marx, en contra de todas las formas de la cultura burguesa y consideraba que sus enemigos eran los obreros socialdemócratas, en los que veía una especie de “aristocracia del mundo obrero” organizada por Marx y sus seguidores.

En el periodo de polémica con Marx, de 1870 a 1874, se perfilaron nítidamente las ideas anarquistas de Bakunin. Publicó entonces su Catecismo revolucionario. Las consecuencias no tardaron en llegar. El Consejo General de la Internacional, liderada por Marx y Engels, convocó en 1872 el Congreso Internacional de la Haya, el cual expulsó a Bakunin de la Internacional. La polémica decisión, aprobada por una mayoría mínima de votos, provocó un fuerte descontento que conllevó una pronta desintegración de la Internacional.

Entre 1872 y 1876 Bakunin vivió en Suiza: en Lugano y Locarno. Vivió en la pobreza y la enfermedad, pero sin dejar de organizar desde ahí intentos revolucionarios en Italia. Asimismo dedicó mucho tiempo a exponer sus ideas en varios libros.

Legado teórico

Al final de su vida Bakunin dedicó mucho tiempo a trabajos teóricos sobre la actividad revolucionaria, dejando un voluminoso patrimonio teórico. Su Catecismo revolucionario llegó a ser la biblia de los anarquistas rusos.

La más importante (y última) obra suya, Estatismo y anarquía. Lucha entre dos partidos en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores, fue escrita en el verano de 1873 y editada en 1874. El tema central del libro es el enfrentamiento de dos corrientes del movimiento obrero: la estatista y la socialista-revolucionaria.

En su polémica con Marx, Bakunin consideraba que el lumpemproletariado, las masas de trabajadores más pobres, sería la principal fuerza motriz de sus ideas, a diferencia de los socialdemócratas alemanes, los cuales veían en él un escollo al movimiento obrero organizado.

“Esa clase de trabajadores se encuentra sobre todo en Alemania y Suiza; en Italia, al contrario, es insignificante y se pierde en la gran masa sin dejar el menor rastro o influencia. En Italia predomina el proletariado extremadamente pobre, ese lumpemproletariadodel que los señores Marx y Engels, y en consecuencia toda la escuela socialdemócrata de Alemania, hablan con un profundo desprecio; pero muy injustamente, porque en él, y solamente en él, y ciertamente no en el estrato burgués de la masa obrera del que acabamos de hablar, es donde está cristalizada toda la inteligencia y toda la fuerza de la futura revolución social”, afirmó.

Según los investigadores de la herencia teórica de Bakunin, Estatismo y anarquía ayudó a sentar los fundamentos del movimiento anarquista ruso como una corriente separada dentro del movimiento revolucionario.

Muerte

Sintiendo ya que las fuerzas vitales lo abandonaban, en 1876 Bakunin llegó a Berna, a la casa de sus amigos alemanes, la familia del médico Vogt. Sus últimos días también fue atendido por su viejo amigo, el músico Adolph Reichel. Según Vogt, el revolucionario dijo que había llegado para morir. Fue Bakunin el que insistió en que lo ingresaran en un hospital para pobres. Bajo los síntomas de la uremia, los últimos días permaneció semidormido. El apasionado revolucionario murió en Berna en julio de 1876.

Cerca de doscientas, de diferentes países, se reunieron para darle el último adiós. Entre los asistentes no hubo ni un solo ruso.

RT

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