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Peor imposible

Quizás ya lo he contado alguna vez, pero lo volveré a hacer, pues las circunstancias así lo aconsejan. A primeros de los setenta del siglo pasado y junto a mi buen amigo y colaborador Adrián Fisas, dirigí la estrategia a largo plazo de una gran compañía del sector químico. Eran años de bonanza a nivel mundial, sobre todo en el mundo occidental, que se vieron truncados por dos hechos cruciales: la decisión del presidente Nixon (1971) de acabar con la paridad oro-dólar y la respuesta de las naciones árabes productoras de petróleo al apoyo permanente de Estados Unidos a Israel, que se concretó en un disparo imprevisto de los precios del crudo (1973).

Por Alfonso Durán Pich*

*Web del autor

Después de la época gloriosa (1945-1970) en la que la sociedad occidental vio como se reducían las desigualdades y como las prestaciones sociales consolidaban un modelo de “bienestar”, el horizonte de futuro se acortó y las empresas cambiaron su metodología para tratar de visionar un futuro que ampliaba su nivel de incertidumbre. Se pasó de trabajar con extrapolaciones a trabajar con “escenarios”.  Es decir, el pasado ya no podía condicionar el futuro. El futuro dependía de la voluntad de los agentes y no de la trayectoria histórica.

En el tema de “la independència de Catalunya”, donde se conjugan elementos de naturaleza política, social, cultural y económica, la aproximación al futuro ha de ajustarse a los nuevos cánones. Hemos de visualizar escenarios.

Una opción es quedarnos como estamos, como una “autonomía” dentro del Estado Español. Es decir, con una partida presupuestaria para el gasto público asignada a dedo desde la capital, que no guarda relación con nuestras necesidades; con una inversión de mínimos en infraestructuras (también asignada a dedo desde la misma fuente); con una transferencia anual obligada de los contribuyentes catalanes a las arcas centrales de entre 12.000 y 16.000 millones de euros (el insidioso Déficit Fiscal); con un “corredor del Mediterráneo” bloqueado (que afecta entre otras a la eficiencia logística de empresas como Ford, Nissan, Volkswagen y todo el complejo petroquímico de Tarragona); con la imposición del castellano en las escuelas (“hay que españolizar a los niños catalanes”); con el asedio permanente de jueces y fiscales ante cualquier movimiento que se aparte de la ortodoxia dominante de una España decadente, hija de la Contrarreforma y de la “santa” Inquisición; con la intervención de los cuerpos de seguridad (oficiales y oficiosos) que actúan como si estuvieran en un país ocupado; con el bombardeo enfermizo de los medios públicos y privados españolistas, que han hecho del insulto, la mentira y sus continuas y aberrantes fabulaciones respecto a Catalunya un deporte nacional; con una red de trenes de cercanías maltratada por Adif y Renfe (dos muñecos al servicio del Estado, a quienes poco les importan los problemas de los ciudadanos); con unos servicios aeroportuarios sometidos a control y limitados en su natural crecimiento; con una llamativa actividad en la inspección fiscal de empresas y particulares catalanes; con una manipulación grosera de los casos de supuesta corrupción que se dan en este territorio frente a la basura probada y reconocida que se da en el resto del Estado; con un “servicio diplomático” de naturaleza megalómana, propio de un imperio inexistente (que pagamos entre todos); con un sistema judicial que obliga a un catalanoparlante, en la mayoría de los casos, a expresarse en otra lengua; con un Estado endeudado por sus continuos errores en materia económica, al no saber ni recaudar, ni asignar ni gestionar los recursos que maneja; con unos costos energéticos elevados debido a un oligopolio de la oferta; con unas leyes impuestas por una mayoría que nos es ajena; con una burocracia excesiva, cara e ineficiente; con una banca privada protegida y descontrolada; con unas pensiones indexadas a la baja; y con el aliento autoritario en nuestras nucas de un Estado que no se ajusta a los mínimos de una sociedad democrática.

La otra opción es marcharse, secesionarse, declararse independiente. Por dificultades que se encuentren en este escenario, resulta imposible imaginar unas peores que las actuales. Además, esta opción surge de la iniciativa personal de millones de personas, que son agentes activos de un modelo de cambio que ilusiona y estimula. Y es que el futuro, nuestro futuro, ya no es ni debe ser la proyección del pasado. No estamos aquí para aceptarlo pasivamente sino para producirlo.

Sólo los plutócratas, los ignorantes o los interesados pueden preferir la primera opción. Ellos sabrán. Para el resto hay que tenerlo muy claro: peor imposible.

Nota: una buena muestra de las “hazañas” del ejército de ocupación es el relato sobre la represión cruel del independentismo en 1992, que se puede leer en “De otras webs”.

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