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Oaxaca rumbo al 18

He andado en muchos ambientes y pocos empleos.  “Me gustan las nimiedades, me regocijan los pormenores despreciados por los grandes espíritus; tengo por costumbre ver y complacerme en pequeñeces invisibles para los dotados con alas y ojos de águila”.

Por Joel Hernández Santiago*

… Eso es. Eso me hace feliz. Es por origen, quizá, o también porque me resisto a ver las  cosas de otra manera y a vivir la vida como si me pusiera otra piel sobre mi piel morena y de pelo hirsuto.

Como muchos lo hicieron antes y lo han hecho después, salí de Oaxaca siendo un niño. Mi madre y mi abuelo decían que para que estudiara mucho y para que cuando fuera grande “tuviera lo que ellos no tuvieron”…  Yo no quería irme y no quería tener lo que ellos no tuvieron porque no sabía qué era; yo era feliz con la vida que llevaba…

… Casi siempre sin complicaciones, sin la ambición de un futuro promisorio, el que, en mi caso, no tenía sentido a esa edad. Lo mío era la escuela, el trabajo, las lecturas, escuchar la radio –me sabía todas las canciones y me gustaban los programas y las series radiofónicas: “¡Apague la luz, y escuche!”-, hacer la tarea, jugar con mis amigos, correr-correr-correr sin meta ‘sostenible’ por el campo y por las calles de las que éramos propietarios los niños de entonces…

Yo tenía dos trabajos, asistía a la escuela primaria por las mañanas y al regreso el campo. Andaba de pantalón de peto y tirantes, con la camisa de la escuela, que era de quitar y poner el mismo día y zapatos –unos para la escuela y el domingo, otros para la jornada–…

… Y luego eso, trabajar en lo que mandaban ‘los grandes’. Es que, ya se sabe que allá, en el campo, desde pequeños hay que ganarse el pan “con el sudor de la frente” se decía en la casa. O, decía el abuelo con voz tronante: “Aquí el que no trabaja no come”. Eso es. Y así ha sido siempre: me alimento y me he alimentado y vivo con lo que me da el sudor de la frente. Ni más, ni menos.

Pero un día, de pronto, me veo en la estación de trenes de Oaxaca, con mi caja de cartón llena de ‘mis cosas’ y cuadernos y lápices. Y de pronto veo al abuelo que me sube al vagón del tren y me encarga con el checador de boletos; le da unos centavos y le hace prometerle que me llevará de la mano a quien me espera en la estación de Buenavista en la ciudad de México…

Y de pronto se echa a andar la máquina. Yo azorado miro a través de los vidrios empañados. Miro y veo cómo se van quedando los seres más queridos de la vida. Todos con la más grande e infinita tristeza que existe en el mundo y en la vida, y es que… ya se sabe, está dicho: los dos más grandes dolores del hombre son el amor, y el adiós.

Lo que ocurría era que querían rescatarme de la pobreza. Querían que saliera de ahí. Que no mirara para atrás. En todo caso la culpa fue de la pobreza. Ese es el punto central.

Lo que vino después ya se los platicaré. Pero si he andado en muchos ambientes, y pocos empleos. Y sigo el camino que resta como el niño aquel que fui y que aún sigue jugando en las calles de mi pueblo. Como el niño que soy y que quiero seguir siendo, aunque el cuerpo nos traicione.

Y bueno: todo este rollo que tenía ganas de platicarles es porque durante la semana el gobernador del estado de Oaxaca, Alejandro Murat Hinojosa,anunció en gran ceremonia que en un año acabará con la pobreza extrema en la entidad.

Esa pobreza que hace que este estado ocupe hoy el primer lugar en rezago nacional. Que muchos, por lo mismo, tengan que salir de sus comunidades para buscar ‘una mejor vida’ fuera de la casa propia y que otros tantos no tengan ni pasado ni presente, apenas ánimos para lo que sigue hoy mismo, sin dinero y sin perspectivas… y niños que no conocen más que esa vida…

Pues eso, que el gobernador en toda su inmensidad dice que acabará con esta tragedia. Y para ello habrá de repartir en cuatro programas básicos de tono social mucho dinero, algo así como 881 millones de pesos en un programa que se llama “Juntos” para atender a algo así como 270 mil oaxaqueños en 71 municipios que viven en pobreza extrema.

El mismo día, el Secretario de Desarrollo Social, Luis Enrique Miranda, el gran amigo del presidente Enrique Peña Nieto, se comprometió a dar su apoyo a Oaxaca para abatir los “ancestrales índices de marginación”: “Estamos haciendo frente a los retos que impone la pobreza; para que México sea una nación más justa e incluyente”…

En primer lugar prometer no empobrece… y tal. Lo que si se ve ahí es que ya está a la vista la campaña Presidencia-PRI, hacia 2018. Ya comienzan las dádivas y ya comienza la caridad disfrazada de política social, ya comienza la estrategia priísta del derroche y el uso de los recursos públicos para ganar unas elecciones que, por lo mismo, dejan de ser democráticas.

Oaxaca necesita soluciones de fondo; políticas y estrategias de desarrollo, de trabajo, de fortalecimiento de la industria, el campo, el mar. Oaxaca necesita que el gobierno gobierne para los oaxaqueños mediante programas ciertos y verificables de crecimiento social… Pero eso no se ve por ningún lado, y sí se ve la ambición del poder y la dádiva infectada. Y con esto ya se presagian elecciones 2018 también envenenadas.

Y de nuevo, luego de las elecciones, como ahora, se dirá que “se trabaja para sacar a Oaxaca de su pobreza…”.

*jhsantiago@prodigy.net.mx

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