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Ya queda menos para las próximas elecciones

Hace ahora dos años que empecé a escribir con la sana intención de ordenar mis propias ideas en el ámbito de la política, estimulado por la sobreinformación de la campaña electoral eterna que padecimos desde las Europeas del 2014 hasta la repetición de la Generales en el 2016.

Por Alejandro Floría Cortés*

En un momento en el que se devolvió una mirada premeditadamente parcial a un 15-M, que fue vacuna y no enfermedad necesaria, algunas expresiones como construcción desde abajo y candidaturas de unidad popular resultaron, en términos relativos, refrescantes.

Parecía, por tanto, obligado pararse a reflexionar sobre un conjunto de palabras relativas a lo colectivo y a lo común, así como a modos de organización que deviene acción, para lo que se precisaría desarrollar una capacidad de generar preguntas adecuadas y respuestas útiles.

Diríase que palabras como Pueblo, Colectivo, Público, Comunidad, Solidaridad, Igualdad, Libertad, Cooperación, Participación y Decisión Directas, Justicia, Autogestión, Respeto, Apoyo Mutuo, Horizontal, Legitimidad, deberían resultar habituales, naturales y reconfortantes, pero durante aquellos dos años se rehuyeron, acarreando unas consecuencias, hoy, de difícil reparación.

Por una parte, las fuerzas de izquierda institucionalistas disminuyeron rápidamente la carga de estos conceptos en sus discursos, con fines electoralistas – y en aras de la transversalidad-, mientras que incorporaron otros, con el mismo objetivo, y un cuestionable criterio de reasignación de significantes y significados, que generaron una confusión atroz (patria, Europa, meritocracia, menos capitalismo,…).

Las fuerzas de derecha, con una dilatada experiencia en la gestión de la falacia, se sentían capaces, por su parte, de pronunciar cualquier palabra (o dejar de hacerlo) en cualquier momento, y no desperdiciaron la oportunidad.

Que un presidente del Gobierno que declara por corrupción llegue al punto de argumentar que “todo lo exagerado acaba por ser irrelevante” – hay que admitir que su equipo estuvo muy fino – debería ser suficiente señal para que la izquierda institucionalista asumiera la ineficacia de su discurso, de su organización y de sus propuestas antes de resultar más sospechosa aún de un refinado colaboracionismo con el orden imperante. Llegados a este punto, este espacio político, si de verdad quiere cambiar algo, debe asumir de una puñetera vez:

  • que no puede jugar con las mismas reglas organizativas y de acción que la derecha;
  • que no va a conseguir nada en las instituciones, ni tan siquiera con una correlación de fuerzas favorable, mientras no niegue los límites de lo posible;
  • que, desde ese punto, debe organizarse para la desobediencia institucional; que, necesariamente, debe unificar las luchas;
  • que, por lo anterior, debe trabajar en combatir las causas y, no sólo, en mitigar las consecuencias; que debe construir en lo organizativo, en lo social y en lo cultural, al margen del sistema, para hacerlo seguidamente en lo económico y en lo político;
  • que debe recuperar su lenguaje, sus palabras, y protegerlas mediante su difusión en medios alternativos; que precisa de presencia, y organización, en los lugares de trabajo y en los centros educativos;
  • que no puede transmitir la sensación de estar perdiendo el tiempo en la autocomplacencia y en la búsqueda de la excelencia moral y la pureza ideológica;
  • que debe incorporar sin dilación en su discurso la cuestión energética y contribuir a la difusión de conceptos y herramientas decrecentistas, probablemente uno de los recursos más potentes para crear comunidad, para construir lo colectivo y lo común;
  • que la inviabilidad del reformismo es sistémica y energética;
  • … y que antes que partidos políticos, ¿quién me ha robado el mes de abril?, hay organizaciones estudiantiles, agrupaciones universitarias, colectivos juveniles, asociaciones de madres y padres de alumnos, asociaciones de vecinos, de comerciantes, de consumidores, agrupaciones culturales y profesionales, empleados públicos, sindicatos, mareas de todos los colores (sanidad, educación), grupos ecologistas, animalistas, plataformas municipalistas, colectivos LGBTI, asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, redes de solidaridad popular, colectivos de personas dependientes, asociaciones de parados, colectivos de mujeres por la igualdad de género,…y decenas de plataformas por cada derecho en peligro… que debían ser destacados agentes de aquella unidad popular que no lo fue.

Ya queda menos para las próximas elecciones. En poco menos de un año, alguien propondrá alguna candidatura de unidad popular. Y vuelta a empezar. O quizás no. Quizás ya no les haga falta. Quizás se inventen algo viejoven, con unas prometedoras propuestas guafeas sobre las que construir juntos, juntas y juntes, un futuro fofisano.

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