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Kurdistán: El riesgo de soñar la independencia

Una abrumadora mayoría de kurdos iraquíes —el 92 por ciento de los votos— ha apoyado la independencia, a pesar de las graves consecuencias regionales que ese paso puede acarrearles en el futuro.

Por Francisco Herranz*

Los kurdos son un pueblo históricamente acostumbrado a ser invisible; no suelen aparecer a menudo en los medios de comunicación de masas. Probablemente es el grupo étnico más grande del mundo que carece de Estado, aunque está formado por 35 millones de personas distribuidas por Turquía (15 millones), Irán (10 millones), Irak (7 millones) y Siria (3 millones).

Los kurdos iraquíes son quizás los más privilegiados de sus hermanos porque desde octubre de 1991 disfrutan de una verdadera autonomía política y económica vinculada a la venta del petróleo que brota bajo su suelo.

Es evidente que el Kurdistán iraquí no va a convertirse en breve en un territorio soberano primero porque la consulta celebrada no era vinculante y, sobre todo, porque la iniciativa carece del suficiente apoyo internacional. El referéndum ha tenido más que ver con la política interna iraquí y las relaciones a largo plazo con Bagdad que con las aspiraciones nacionales kurdas. El objetivo aparente no era tanto acelerar el proceso hacia una declaración de independencia como acallar a los disidentes y llevarles hacia una causa común.

Sin embargo, “las consecuencias políticas de la votación, intencionadas o no, pueden ser profundas”, estima Maria Fantappie, analista senior de la sección de Oriente Medio y el Magreb del International Crisis Group. Y es que los gobiernos de Teherán y Ankara han reaccionado de forma coordinada e indignada, no sólo con declaraciones de condena y rechazo sino realizando amenazantes maniobras militares en sus respectivas fronteras.

Bagdad aboga por la integridad del país invocando la Constitución y amenaza con cerrar los aeropuertos kurdos y decretar otras medidas coercitivas. El primer ministro de Irak, Haider Abadi; el presidente de Irán, Hasán Rohaní; y el de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, formaron un poderoso tridente al que se sumó Damasco. Las tres naciones sólo reconocerán un Irak unido, rechazando de plano cualquier procedimiento que implique la desintegración territorial.

Las intenciones secesionistas de los kurdos iraquíes sólo gozan del apoyo público de las autoridades de Israel. ¿A qué se debe esta extraña circunstancia? En primer lugar porque israelíes y kurdos han mantenido unas relaciones bilaterales histórica y discretamente cordiales, pero en concreto porque Israel, rodeado de enemigos árabes, necesita ganarse amigos en la región como agua de mayo.

Nadie más de la comunidad internacional ha visto el plebiscito con buenos ojos. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es decir, los cinco grandes, lo calificaron de “riesgo desestabilizador para la región”. La idea no le gustó tampoco al siempre conciliador secretario general de la ONU, António Guterres, para quien el referéndum fue una distracción de otros temas relevantes como la derrota del Estado Islámico (la organización terrorista proscrita en Rusia y otros países), la reconstrucción de los territorios recuperados a los yihadistas y el retorno de miles de desplazados y refugiados. Incluso Estados Unidos, aliado natural de los kurdos iraquíes, mostró su “profunda decepción” ante la consulta.

Aunque no va a cambiar su estrecha relación con los kurdos, los efectos del referéndum pueden poner a Washington en un serio aprieto. Si los líderes kurdos iraquíes usan el sí de las urnas para fortalecer sus reclamaciones en los llamados “territorios disputados” —un término que define las áreas fuera de la región del Kurdistán sobre las que Bagdad y Erbil muestran mucho interés— el primer ministro Abadi podría verse tentado a elegir la opción de confiar en las milicias chiíes apoyadas por Teherán, fuerzas que tienen una fuerte presencia en esas zonas en litigio, para enfrentarse a la autoridad kurda. En ese escenario, los territorios disputados —la provincia de Kirkuk y parte de las de Diyala, Nínive y Saladino— podrían convertirse en terreno fértil para el desarrollo de un nuevo conflicto post-Estado Islámico. Las facciones chiíes podrían forjar allí su credibilidad como defensores de la unidad de Irak minando de paso la autoridad de Bagdad. Además, un cambio en el equilibrio de poder entre los chiíes de Irak en favor de Teherán, dejaría a Estados Unidos con menos aliados excepto los propios kurdos.

El astuto Erdogan, por su lado, va esperar a ver cómo se despeja la incógnita del enfrentamiento con Bagdad para aprovechar los puntos débiles del Gobierno kurdo y consolidar así sus posiciones en la provincia fronteriza de Dohuk, en el norte de Irak, un enclave muy importante para los turcos pues está controlado por el Partido Unión Democrática (PYD), hermano sirio del partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK).

El referéndum no unió del todo a los dos grandes grupos políticos kurdos iraquíes, es decir, al Partido Democrático del Kurdistán (PDK), de Masud Barzani, promotor inicial del plebiscito, y a la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), de Yalal Talabani, formación mayoritaria en Suleimaniya, donde la participación popular se resintió bastante. Barzani y Talabani se conocen desde hace muchos años por haberse enfrentado juntos al yugo del difunto Sadam Husein. Gracias a sus milicias, los legendarios peshmerga, los kurdos frenaron el avance mortal del Estado Islámico desde 2014, cuando el Ejército iraquí se retiró de Mosul y se lo entregó a los terroristas.

El Kurdistán iraquí sufrió especialmente la represión de Sadam Husein. Mucha gente en Occidente no recordará ya las brutales imágenes de cadáveres amontonados que pertenecían a kurdos asesinados en Halabja en 1988 por efecto de gases venenosos, es decir, usando armas de destrucción masiva. Las fotografías parecían sacadas de un campo de exterminio nazi. Para algunos de los supervivientes de aquella masacre indiscriminada, el referéndum fue la culminación de un tortuoso camino de lucha por la autodeterminación que arrancó en 1916 cuando las potencias europeas redibujaron las fronteras de Oriente Medio tras el colapso del imperio otomano. Sadam Husein acusó a los habitantes de Halabja de traidores y de posicionarse del lado de Irán durante la guerra que ambos Estados vecinos libraron desde 1980 hasta 1988. Les gaseó sin contemplaciones, matando a 5.000 personas, la mayoría de ellos mujeres y niños, lo que sacó a la causa kurda del ostracismo internacional.

El referéndum ha vuelto a colocar a los kurdos entre las noticias de los telediarios de todo el mundo. Pero pronto volverán de nuevo a sumirse en las tinieblas del olvido.

*Sputnik Novosti

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