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Oaxaca: “Dios nunca muere”

Nací cuando a los perros se les amarraba con longaniza y no se la comían. Nací cuando el aire todavía era bien oxigenado y traía aroma a limón, a toronja, a aguacate a tortilla recién hechecita para el sustento cotidiano…

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx

Nací en tiempos en los que ir al campo no era paseo, si deleite y trabajo. Nací debajo de un cielo que es azul turquesa y en donde las nubes están a la mano, para jugar con ellas. Nací en una tierra que es sol y es transparencia y es color insuperable en cada uno de sus milímetros cuadrados y en donde se refugia el bien hacer, aunque el mal hacer joda y joda…Nací hace muchos años ¿cuántos? ya no me acuerdo.

Nací en Oaxaca un país que es mexicano y que tiene su propia vida y sus propias costumbres distintas en cada una de sus regiones y que sabe ser feliz, a pesar de todo…

Esto es: Nací en un lugar feliz y si algún recuerdo radiante tengo de aquellos días infantes es nada más y nada menos que las tardes a la sombra del gran laurel que presidía el patio de la casa; mis escapadas a donde se podía y en cuanto se podía, para jugar con aquellos que éramos niños; y los días de muertos. Esto es así. Ni más, ni menos. Me son inolvidables…

A lo largo de octubre “los grandes” ya se preparaban para la llegada de los difuntos. Había que recibirlos con todas las de la ley “y como Dios manda”, se decía. Para la última semana de octubre ya todo estaba a punto de turrón: el gran altar en donde se depositarían los alimentos que más gustaron en vida a los difuntos de mis padres; yo todavía no tenía difuntos…

Se hacía el gran arco de carrizos adornado con mil flores y poleo, para que por ahí pasaran los muertos que iban a llegar. Esa era su puerta de entrada ese altar que en cada casa de mi pueblo oaxaqueño se pone aun y que representa el cariño y la devoción por quienes  no están aquí, pero que llegan para encontrarse con nosotros: “ellos nos ven, nosotros no, ese es nuestro castigo” decía el abuelo.

En la cocina se elaboraban ricos alimentos: moles, por supuesto: negro, coloradito, amarillo, verde… mmmm… Tejate, que es la bebida prehispánica que quita el calor y nutre porque está hecho con cacao, maíz, hueso de mamey, rosa de cacao, azúcar y el agua más bendita de todas las aguas: la del pozo de la casa…

Frutas mil y de mil colores y dulzores. Y dulces hechos en casa. Tejocotes. Calabaza. Chilacayota. Chico Zapote. Guanábana. Naranjas. Mandarinas. Guayabas, también. Todo el imperio de los aromas y los sabores estaban ahí junto con la botella de mezcal por aquello de los fríos del camino, la salecita de gusano, el limón partido: “dame un abrazo que yo te pido”

Todo dispuesto para que a partir del 31 de octubre comience la fiesta. Los niños muertitos, primero. Llegarán esa noche para disfrutar de sus dulces y su agua de horchata con nuez; el día siguiente Todos los Santos y el 2 de noviembre el mero día de los Fieles difuntos.

Por esos días todo es respeto. Todo es devoción. Y es humo permanente del incienso y el olor del ocote encendido. Y las velas y veladoras que eran hechas de miel y que olían a dulce de abeja… Mientras afuera se escuchaba el canto-lamento de la chirimía interminable: mañana-tarde-noche-mañana-tarde-noche… Era el sonido de los siglos en unos cuantos días…

Y luego, el 1 de noviembre el recorrido de casa en casa, con la canasta llena de ofrendas para otorgar un saludo cariñoso a los muertos de casas distintas, y en donde se recibe a uno con los brazos abiertos y luego de una pequeña ceremonia se platica un poco, se recibe un poco de chocolate y un pan, y se lleva uno la canasta con el regalo de cada casa… Y así toda la noche.

Lo mejor era que los niños nos dedicábamos a recorrer las puertas para pedir el regalo de los muertos: frutas y dulces siempre…

Todo esto que parece reiterado cada año no lo es. Cada periodo es distinto. Es de una dimensión diferente porque diferentes somos a cada momento y porque nuestros muertos tienen derecho a llegar y a encontrarnos dispuestos para ellos y para decirles que los queremos mucho, que los necesitamos que no fue bueno que se fueran de la vida, pero que una vez que así ha sido es bueno sentir que no se han ido y que desde donde están nos miran y nos cuidan… Eso es. Es nuestra creencia.

Hoy ya pasaron muchos años desde entonces. La costumbre sigue vigente y más fortalecida. Los  niños y los muchachos de hoy hacen todo para perpetuar la costumbre y la fiesta. Está bien. Nos hace sentir orgullosos por ellos y porque sabemos que cuando ya no estemos aquí, alguien nos pondrá por ahí una fruta, una vela, un poco de alimento y mucho cariño…

Hoy ya pasaron muchos años… Ya tengo difuntos a quienes recibir. Son los míos. Son los que se fueron mientras yo sigo viviendo. Hoy sé la importancia de la fiesta de los muertos en mi tierra oaxaqueña. Hoy sé que tengo un vínculo aún más estrecho, y que éste nunca se romperá así pasen los siglos…

Por estos días ya se fueron nuestros muertos. Recibí  a los míos. Tuve todo dispuesto. El mejor altar del mundo y el mejor recuerdo. Porque mis muertos no están muertos. Están en mí, con vida. Ahora ya están en camino de regreso a su morada. Van contentos. Hubo mucho de qué platicar. Hubo ricas viandas. Hubo luces de colores… Y es que es así.

Porque en Oaxaca lo sabemos desde que tenemos uso de razón. En Oaxaca Dios nunca muere. Nosotros tampoco morimos. Aunque ya no estemos aquí.

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