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La estabilidad de Irán corre peligro

Vuelven a Irán las manifestaciones populares. Las protestas que arrancaron el pasado 28 de diciembre han dejado al menos 21 muertos —entre ellos un niño— y están poniendo en peligro la estabilidad del influyente Estado persa, ya que son las más violentas que vive el país desde el Movimiento Verde de 2009.

Por Francisco Herranz*

¿POR QUÉ SE HAN PRODUCIDO LAS MOVILIZACIONES?

Las principales razones son económicas y no políticas. Quienes protestan son gente común y corriente, ciudadanos de clase media-baja cuyo poder adquisitivo se ha desvanecido, personas en paro o que casi no pueden llegar a final de mes. Muchos de los que se han lanzado a las calles no sienten en sus bolsillos las mejoras macroeconómicas alcanzadas hasta ahora: el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB) o la caída de la inflación.

Los manifestantes no son estudiantes o intelectuales pero se sienten igualmente frustrados tras considerar que no se ha cumplido la promesa de que el acuerdo nuclear firmado en 2015 entre Teherán y Occidente permitiría al país salir del aislamiento internacional, borrar la huella de las sanciones y recuperar el pulso de antaño. Las inversiones extranjeras, por ejemplo, siguen llegando con cuentagotas. El Plan de Acción Integral Conjunto, alcanzado en Viena por Irán y seis potencias internacionales (EEUU, China, Rusia, Alemania, Francia y Reino Unido), estableció una serie de limitaciones al programa nuclear iraní para excluir su posible dimensión militar a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales.

Los movilizados, que carecen de líder conocido, también denuncian prácticas de corrupción y nepotismo, y exigen que el Gobierno no gaste más fondos públicos en Siria, Líbano o Gaza o el Líbano, donde Teherán defiende sus intereses nacionales, y que dedique ese dinero a generar bienestar interno.

¿DÓNDE EMPEZARON LAS PROTESTAS?

Las protestas surgieron en Mashhad, la tercera ciudad más importante de Irán, después de la capital Teherán y la ciudad de Qom, donde vive la mayoría de los grandes ayatolás. Ya ha habido disturbios en la citada Qom, pero también en Isfahán, Rasht, Khomeini Shahr, Kermanshah y Hamedán, entre otras localidades. Lo más preocupante es que las concentraciones se siguen extendiendo a otras regiones, como una mancha de aceite. Así alcanzaron a Abadán, la ciudad petrolera más importante del país, en la provincia de Juzestán, situada en el suroeste de Irán.

¿QUIÉN ESTÁ DETRÁS DE LAS ALGARADAS?

Mashhad está gobernada por clérigos conservadores, como Ebrahim Raisi, adversario electoral del actual presidente Hasán Rohaní, reelegido en las urnas en mayo de 2017. Fue este clérigo quien espoleó a sus seguidores descontentos con la política económica gubernamental y concretamente con los altos precios de los productos de primera necesidad. El asunto finalmente se les escapó de las manos. También han surgido grupos oportunistas, como los sectores monárquicos que intentan pescar en aguas revueltas. De ahí se desprende que en algunas localidades, como Qom, se hayan visto pancartas que pedían el regreso de la monarquía a Irán, una circunstancia bastante sorprendente.

¿CUÁL HA SIDO LA REACCIÓN DE LOS LÍDERES IRANÍES?

Rohaní asumió las críticas, subrayó que los ciudadanos tienen derecho a protestar de forma pacífica, pero rechazó de plano el uso de la violencia, puesto que en algunos lugares los manifestantes sembraron el caos, llegando incluso a asaltar comisarías. Las fuerzas de seguridad ya han detenido a centenares de personas.

El líder supremo iraní, Alí Jameneí, fue mucho más contundente y directo en sus palabras. Acusó a los “enemigos de Irán” de usar “dinero, armas, política y servicios de Inteligencia para causar problemas a la República Islámica”.

La oposición vinculada a las manifestaciones de 2009 guardaba un sepulcral silencio. Eso resultaba muy sospechoso. ¿Por qué no se pronunciaban los simpatizantes de Mir-Hosein Musaví y Mehdí Karrubí, los dos rostros más conocidos del llamado Movimiento Verde que actualmente continúan bajo arresto domiciliario tras cuestionar la elección presidencial de Mahmud Ahmadineyad?

¿CÓMO HA RESPONDIDO OCCIDENTE?

A propósito de Irán y nada más arrancar 2018, el presidente Donald Trump bendijo las revueltas callejeras. De paso soltó dos tuits-bomba. La primera de ellas decía que “el gran pueblo iraní ha estado reprimido durante muchos años. Están hambrientos de comida y de libertad”. El segundo comunicado online era mucho menos diplomático que el anterior: “El pueblo de Irán está finalmente actuando contra el brutal y corrupto régimen iraní. Todo el dinero que el presidente Obama les dio tan tontamente fue al terrorismo y a sus “bolsillos”.

¿Y la Unión Europea? Su respuesta se concretó en lo políticamente correcto. Bruselas subrayó que espera que las autoridades iraníes respeten el derecho a manifestarse y la libertad de expresión.

¿SUPONE ESTO EL INICIO DE UNA NUEVA REVOLUCIÓN IRANÍ?

No. Todavía. Rohaní tiene suficiente margen de maniobra, y la oportunidad de salvar la crisis. A principios de diciembre pasado su Gobierno presentó al Parlamento unos muy controvertidos presupuestos generales del Estado, unas cuentas que recortan el gasto público —a pesar del crecimiento económico—, reducen la presión fiscal a las clases más favorecidas y suben los precios de los productos energéticos.

“Los presupuestos son un disparate”, reconoce el periodista local Alí Dashtí. Tras las manifestaciones, el Legislativo empezó a negociar con el Ejecutivo la modificación de esos presupuestos, pero el tiempo apremia.

¿A QUIÉN BENEFICIA TODA ESTA SITUACIÓN?

En primer lugar, a Arabia Saudí, enemigo confeso de Irán en su lucha hegemónica por el control del Golfo Pérsico. También Israel va a sacar provecho de estas fuertes turbulencias regionales. Trump y los grupos neoconservadores globales que le corean ya están utilizando este conflicto interno para socavar el histórico acuerdo nuclear iraní y retomar así la estrategia del castigo.

¿QUÉ PUEDE OCURRIR ENTONCES A PARTIR DE AHORA?

Si las protestas no cesan o siguen siendo violentas, aumentará el despliegue de fuerzas de seguridad. La intervención de los Guardianes de la Revolución o Pasdarán podría ser contraproducente, al desatar el rechazo popular y provocar más víctimas mortales.

“No queremos ser caldo de cultivo de Estados Unidos como ya lo fueron Irak o Siria. Nadie quiere que se repita la mala experiencia de estos dos países”, concluye el citado periodista iraní Alí Dashtí.

*Sputnik

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