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La historia de ‘El Salado’, la masacre paramilitar más sangrienta de Colombia

En Colombia, el mes de febrero del 2000 estuvo marcado por una despiadada carnicería. Alrededor de 500 paramilitares entraron al pueblo El Salado, en el departamento de Bolívar, y transformaron la cancha de fútbol en el escenario de ejecuciones, violaciones y vejaciones de todo tipo a la población civil.

La masacre de El Salado cumple en estos días su mayoría de edad: 18 años han pasado desde que los milicianos de extrema derecha de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) perpetuaran una matanza que se cobró entre 60 —según las cifras más conservadoras— y 100 vidas.

El pueblo, situado en medio de una planicie relativamente cercana al mar Caribe, gozaba de una cierta prosperidad debido a su industria tabacalera y sus actividades ganaderas. En los meses previos al inicio del tercer milenio pocas personas hubieran imaginado cadáveres apilados descomponiéndose al sol devorados por cerdos en el campo de fútbol, núcleo central de El Salado.

El 16 de febrero llegaron los miembros de las AUC con sus bayonetas, granadas y fusiles, supuestamente para buscar integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), por aquel entonces un grupo guerrillero. Recorrieron todas las casas de los 5.000 aldeanos y a punta de pistola guiaron a la cancha a personas que poco tenían que ver con la guerrilla.

La población debió asistir al triste espectáculo que se daba en el medio de la plaza pública. Según los testimonios de los supervivientes, hubo desmembramientos, asfixias, disparos a sangre fría. Una vez muertos los hombres, las mujeres acusadas de mantener relaciones con integrantes de las FARC fueron arrastradas de los pelos, violadas y empaladas.

El campo de fútbol, una vez símbolo de la unidad y la vida en común de los saladeros, ahora se volvía el recuerdo del peor momento de su historia. Los pobladores emprendieron un éxodo a partir del 22 de febrero, una vez que los paramilitares se retiraron con amenazas de posibles consecuencias.

Unas 400 familias regresaron a lo largo de los años, otras tantas se esparcieron por el departamento y algunas llegaron hasta Cartagena. De la prosperidad industrial de aquellos años poco queda hoy en día.

El hecho se dio ante la inacción de las autoridades militares y civiles: los medios de comunicación y los familiares intentaban llegar a El Salado, pero una operación ‘tenaza’ aisló al poblado. Casi dos décadas después, la Justicia no tiene pruebas suficientes para vincular a la masacre a políticos o militares.

Según un reportaje firmado por Marta Ruiz en la revista Semana, de las versiones libres de los autores de la masacre y “los testimonios aún temerosos de las víctimas se empieza a conocer que en esta matanza convergieron intereses económicos de gamonales, que veían amenazado su patrimonio por acciones de las FARC; de narcotraficantes que querían controlar el territorio que unía al sur de Bolívar con el mar Caribe y que era clave para sus negocios”.

También las autoridades, “que querían derrotar a las FARC mediante la guerra sucia” y los políticos, “que ya tenían en curso un plan de control total de la costa”. “Todo esto junto hizo posible esta barbarie sin límite”, describe la periodista.

En los años que siguieron al despoblamiento de El Salado, el sitio fue objeto de prometedoras prospecciones de hidrocarburos. Varios empresarios se beneficiaron al comprar al menos 15.000 hectáreas (en cifras de 2008) para actividades energéticas o ganaderas. Las tierras se revalorizaron, pero para entonces los saladeros ya habían pagado un precio muy caro.

Sputnik

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