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Indecencia

Vivimos una larga estación de políticos indecentes, de mediocres mentales que se creen celebridades porque han eludido dimitir tras un centenar de robos de dinero público o de sospechosos líderes inflados como globos por el IBEX, los mercados o por el coño la Bernarda.

Por Lucas León Simón*

*Blog del autor

El autor del argumentario diario del PP se pasó de frenada cuando valoró inicialmente la huelga feminista del 8-M y la atribuyó a una “convocatoria de Pablo Iglesias”. Que se hacía en 177 países. Cuando quiso rectificar, los “leones sordos” de su partido ya se estaban comiendo a los músicos: huelga pija, elitista, que enfrenta a los sexos y a las mujeres contra las mujeres.

Los mediocres asesores de Ciudadanos –que en realidad sólo sabe “nadar” contra Cataluña- se ahogaron en el vaso de agua que pretendía defender las bondades del “capitalismo” que financia sus fuegos artificiales de desahuciadores abstractos y cuando quisieron acordar, seis millones de huelguistas se asomaban a los tajos semivacíos y a las calles llenas.

A pesar de Maroto, de Cifuentes y García Tejerina, con sus huelgas japonesas de un desayuno en el Ritz, Rajoy salió ayer con su lazo morado –torcido- en la solapa, convertido por un arte de indecencia pública en reparador ardoroso de brechas sociales.

Albert Rivera ha ido más lejos. Se ha autoproclamado para “liderar” transversalmente todo el feminismo que se movilizó ayer y que recibió con abucheos a las dos únicas feministas de ocasión de su partido o partía que acudieron anoche a una de las cientos de manifestaciones.

Conseguida esta obra de arte del camaleonismo todos se afanan ya de cara a las próximas –y teledirigidas- elecciones. Sin esfuerzo mayor. Es decir que no se han ido al infierno ni a tomar por culo, que es donde deberían haberse ido.

En este país está ya todo tan podrido que no se nota la incoherencia de cambiar de opinión en dos semanas, de bañarse en mediocridad evolutiva o de pegarse indefinidamente en el cargo, en la dieta o en el sillón.

Decía Manuel Vicent que su patriotismo se limitaba a desear encontrarse un bar limpio, sin cáscaras de mejillón en el suelo.  Yo no soy patriota, sólo ciudadano del mundo y a lo máximo que aspiro es a que mi cisterna funcione adecuadamente.  Es decir que pueda tirar de ella cada vez que huelo mal.  Esa es la hazaña de hoy.

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