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El match Peña Nieto-Anaya

“El día de hoy vine a denunciar dos cosas que están íntimamente relacionadas. Primero, el Gobierno de Enrique Peña Nieto ha emprendido en mi contra un brutal ataque para intentar sacarme de la elección presidencial, mediante el uso faccioso e ilegal que las instituciones como la PGR que deberían estar al servicio de la República y no del PRI” dijo Ricardo Anaya, candidato de Por México al Frente.

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx

Y, finalizó: “Señor presidente, le digo con respeto, serenidad y firmeza: ¡así no! saque las manos del proceso electoral, y deje que el pueblo de México elija en completa libertad“.

El presidente dijo: “No respondo ni me voy a meter en este proceso electoral, la única participación que yo tendré será el 1 de julio cuando vaya a ejercer mi derecho al voto”.

Quién lo iba a decir, así los dos aliados en aquel Pacto por México firmado en diciembre de 2012 cuando echaron a andar las famosas Reformas Estructurales de las que por pudor ya nadie habla ahora. Los dos aliados en decisiones legislativas para aprobar leyes acordadas por ambos y destacar la presencia de las dos voluntades en eso que llamaban “la nueva etapa mexicana”… Y de tantos auxilios que se prestaron para la subsistencia y preservación de cada uno: PRI-PAN.

Ahora estamos en un punto de quiebre. No nos hagamos de la boca chiquita, que se dice: El gobierno mexicano siempre ha metido las manos en los procesos electorales para impulsar a sus candidatos. De distintas formas. En tiempos electorales o previos. A veces con más o menor suerte, o con más o menor estrategia o más maña, pero lo ha hecho por años.

Pero lo de hoy es a ojos vista, el gobierno federal mete las manos de forma impúdica en el proceso electoral para intentar que el candidato del presidente Peña Nieto consiga el triunfo que, como se ve, está cada vez más lejos de conseguir. Por tanto ha decidido usar información privilegiada para evidenciar los errores de presunta corrupción de uno de sus adversarios, quizá no el más fuerte, pero sí el más peligroso, para todos.

Ricardo Anaya no es una pera en dulce. Es un hombre al que se le acusa de traición. Lo hizo a lo largo del camino. Camina, avanza, pisa, empuja, hace a un lado, traiciona, niega aun a sus amigos y asociados. Muchos de quienes lo han visto en esa ruta lo dicen y le temen. Él va a lo que va.

Pero en esta ocasión se topó con el aparato de gobierno y ya está tocado. Los señalamientos de presunta corrupción llegan como en goteo, poco a poco, como para alargar la agonía y para evidenciarlo como ese personaje delincuencial, contradictorio, mentiroso y corrupto.

Ricardo Anaya por su parte acusa al PRI y al gobierno de Enrique Peña Nieto de esa cacería en su contra, pero no aclara, no precisa, no sale del atolladero en el que está metido.

A los señalamientos concretos de triangulación de recursos para beneficio personal, y de haber usado información privilegiada para hacerse de bienes, no da respuesta. Apenas el domingo 25 de febrero  acudió a la Procuraduría General de la República para solicitar por escrito información respecto de si se está llevando a cabo una investigación en su contra…

Ese día el jefe de la Unidad Antilavado de la SEIDO, Mauro Rodríguez, lo conminó en dos ocasiones para declarar. No quiso. Sólo pidió que se recibiera su documento. Pero aún resuena ese “¡Hijo de puta!” que exultó Diego Fernández de Cevallos, quien le acompañaba en apoyo. El mismo “Jefe Diego” que esa misma noche estaba cenando tacos con Enrique Meade-PRI, muy tranquilamente.

Por un lado el gobierno federal –como hizo en el Estado de México—interviene y daña  lo poco que se había conseguido de democracia; por otro lado, Anaya sigue reacio a decir si es cierto o no aquello de lo que se le acusa. En todo caso, hoy se siente fortalecido porque acusar al presidente de intromisión le ha caído bien a millones de mexicanos disgustados con el actual gobierno.

Y, por otra parte, si se tenía alguna duda de lo consecuente de José Antonio Meade con el presidente Peña Nieto, es suficiente con verlo salir enfurecido en su defensa a raíz delas acusaciones de Ricardo Anaya en eso de que está metiendo las manos en lo electoral:

“Que Ricardo Anaya saque las manos de sus propiedades inmobiliarias –dijo el 5 de marzo José Antonio Meade–; si  tomó malas decisiones, que las asuma, como se dice de manera ordinaria, que no sea rajón; cada quien tiene que hacerse cargo de sus decisiones y yo creo que vale la pena ser puntuales y contundentes. La Procuraduría General de la República, trátese de quien se trate, cuando tenga evidencia de un ilícito, tiene que actuar. Así como el Instituto Nacional Electoral.”

Así que ahí está la fotografía del momento. Ni más, ni menos. Un gobierno que quiere imponer a José Antonio Meade, aunque éste no levante y un candidato PAN-PRD-MC, que responde con acusaciones, pero sin sustentar su propia inocencia.

Mientras tanto Andrés Manuel López Obrador acumula. Gran beneficiario. Ojalá de pronto el mismo acusador de Anaya no salga con información privilegiada para acusarlo de perjuicios y corrupciones.

Todo esto debería hacer pensar al gobierno Federal y al PRI que, dada su actual debilidad política y social, cualquier cosa que operen en contra de sus adversarios políticos, sin sustento y sin certezas, se les revertirá como ya ocurre ahora mismo.

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