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La avalancha incontenible: abril y mayo de 1958 en la Sierra Maestra

Relato Interludio publicado en la revista Verde Olivo el 23 de agosto de 1964e incluido por el Che en el libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria.

En los meses de abril de 1958 y junio del mismo año se observaron dos polos de la ola insurreccional.

A partir de febrero, después del combate de Pino del Agua, ésta fue aumentando gradualmente hasta amenazar convertirse en avalancha incontenible. El pueblo se insurreccionaba contra la dictadura en todo el país y particularmente en Oriente. Luego del fracaso de la huelga general decretada por el Movimiento, la ola decreció hasta alcanzar su punto más bajo en junio, cuando las tropas de la dictadura estrechaban más y más el cerco sobre la columna 1.

En los primeros días de abril salía Camilo del abrigo de la Sierra hacia la zona del Cauto, donde recibiría su nombramiento de comandante de la columna 2, “Antonio Maceo”, y realizaba una serie de hazañas impresionantes en los llanos de Oriente. Camilo fue el primer comandante del ejército que salió al llano a combatir con la moral y la eficacia del ejército de la Sierra, poniendo en duros aprietos a la dictadura hasta días después del fracaso del 9 de abril, momentos en que retornará a la Sierra Maestra.

Al amparo de la situación, en los días de auge de la ola revolucionaria, se fueron creando toda una serie de campamentos, formados por alguna gente que ansiaba luchar y por otra que pensaba solamente en conservar el uniforme limpio para poder  entrar en triunfo en La Habana. Después del 9 de abril, cuando la contraofensiva de la dictadura empezó a acentuarse, estos grupos fueron desapareciendo o se incorporaron a la Sierra.

La moral cayó tanto que el ejército consideró oportuno ejercer la gracia y preparó unos volantes que distribuía desde el aire en las zonas de alzados.El volante decía así:

Compatriotas: Si con motivo de habérsete complicado en complots insurreccionales te encuentras todavía en el campo o en el monte, tienes oportunidad de rectificar y volver al seno de tu familia.

El gobierno ha ordenado ofrecer respeto para tu vida y enviarte a tu hogar si depones las armas y te acoges a la Ley. Preséntate al Gobernador de la Provincia, al Alcalde de tu Municipio, al congresista amigo, al Puesto Militar, Naval o Policiaco más cercano o a cualquier autoridad eclesiástica.

Si estuvieres en despoblado, trae contigo tu arma colocada sobre uno de tus hombros y con las manos en alto.

Si hicieras tu presentación en la zona urbana, deja escondido en lugar seguro tu armamento para que lo comuniques y sea recogido inmediatamente.

Hazlo sin pérdida de tiempo, porque las operaciones para pacificación total continuarán con mayor intensidad en la zona donde te encuentras.

Después publicaban fotos de presentados, algunos reales y otros no. Lo evidente es que la ola contrarrevolucionaria aumentaba. Al final se estrellaría contra los picos de la Sierra, pero a fines de abril y principios de mayo estaba en pleno ascenso.

Nuestra misión, en la primera fase del período examinado, era mantener el frente que ocupaba la cuarta columna y que llegaba a las cercanías del poblado de Minas de Bueycito. Allí estaba Sánchez Mosquera acantonado y nuestra lucha fue de fugaces  encuentros sin arriesgar por una y otra parte un combate decisivo. Nosotros, por las noches, les tirábamos nuestros M-26, pero ellos ya conocían el escaso poder mortífero de esta arma y simplemente habían puesto una gran red de alambre tejido donde las cargas de TNT estallaban en sus fundas de lata de leche condensada, produciendo solamente mucho ruido.

Nuestro campamento llegó a estar situado a unos 2 kilómetros de las Minas, en un paraje denominado La Otilia, en la casa de un latifundista de la zona. Desde allí vigilábamos los movimientos de Sánchez Mosquera y día a día se entablaban curiosas  escaramuzas. Los esbirros salían por la madrugada quemando chozas de campesinos a los que despojaban de todos sus bienes y retirándose antes de que nosotros interviniéramos, en otras  oportunidades atacaban algunas de nuestras fuerzas de escopeteros diseminadas por la zona, poniéndolas en fuga. Campesino sobre el que recayera la sospecha de un entendimiento con nosotros, era asesinado.

Nunca he podido averiguar por qué razón Sánchez Mosquera permitió que estuviéramos cómodamente instalados en una casa, en una zona relativamente llana y despoblada de vegetación, sin llamar a la aviación enemiga para que nos atacara. Nuestras conjeturas eran que él no tenía interés en entablar combate y que no quería hacer ver a la aviación lo cercanas que estaban las  tropas, ya que tendría que explicar por qué no atacaba. No obstante, repetidas escaramuzas, como he dicho, se realizaban entre nuestras fuerzas.

Uno de esos días salí con un ayudante para ver a Fidel, situado a la sazón en el Jíbaro, la caminata era larga, toda la jornada  prácticamente. Después de permanecer un día con Fidel, salimos al siguiente para volver a nuestro cuartel de La Otilia. Por alguna razón que no recuerdo, mi ayudante debió quedarse y me vi  obligado a aceptar un nuevo guía. Una parte de la ruta transcurría  por un camino de automóviles, después se penetraba en fincas onduladas cubiertas de pastizales. En esta última etapa, cerca ya de la casa, se presentó un raro espectáculo, a la luz de una luna llena que iluminaba claramente los contornos, en uno de esos potreros ondulados, con palmas diseminadas, apareció una hilera de mulos muertos, algunos con sus arreos puestos.

Cuando nos bajamos de los caballos a examinar el primer mulo y vimos los orificios de las balas, la cara con que me miró el guía era una imagen de película de cowboys. El héroe de la película que  llega con su compañero y ve, por lo general, un caballo muerto por una flecha, pronuncia algo así como “los Sioux”, y pone una cara especial de circunstancias, así era la del hombre y, quizás también la mía propia, pero yo no me preocupaba mucho de examinarme. Unos metros más lejos estaba el segundo, luego el tercero y el cuarto o quinto mulo muertos. Había sido un convoy de  abastecimientos para nosotros capturado por una excursión de Sánchez Mosquera, creo recordar que también hubo algún civil asesinado. El guía se negó a seguirme, alegó desconocer el terreno y simplemente subió en su cabalgadura y nos separamos amigablemente.

Yo tenía una Beretta y, con ella montada, llevando el caballo de las riendas me interné en los primeros cafetales. Al llegar a una casa abandonada, un tremendo ruido me sobresaltó hasta el punto que por poco disparo, pero era sólo un puerco, asustado también por mi presencia. Lentamente y con muchas precauciones fui recorriendo los escasos centenares de metros que me separaban de nuestra posición, la que encontré totalmente abandonada. Tras mucho rebuscar, encontré un compañero que había quedado durmiendo en la casa.

Universo, que había quedado al mando de la tropa, había ordenado la evacuación de la casa previendo algún ataque nocturno o de  madrugada. Como las tropas estaban bien diseminadas defendiendo el lugar, me acosté a dormir con el único acompañante. Toda aquella escena no tiene para mi otro significado que el de la satisfacción que experimenté al haber vencido el miedo durante un trayecto que se me antojó eterno hasta llegar, por fin, solitario, al puesto de mando. Esa noche me sentí valiente.

Pero la confrontación más dura con Sánchez Mosquera se produjo en un pequeño pobladito o caserío llamado Santa Rosa. Como siempre, de madrugada avisaron que Sánchez Mosquera estaba allí y nos dirigimos rápidamente al lugar, yo estaba con algo de asma y por lo tanto iba montando en un caballo bayo con el que habíamos hecho buenas migas. La lucha se extendía en determinados parajes en forma fraccionada. Hubo que abandonar la cabalgadura. Con el grupo de hombres que estaba conmigo, tomamos posición de un pequeño cerro, distribuyéndonos en dos o tres alturas diferentes. El enemigo tiraba algunos morterazos previos, sin mayor puntería.

Por un instante arreció el tiroteo a mi derecha y me encaminé a visitar las  posiciones, pero a medio camino también empezaron por la izquierda, mandé a mi ayudante a no sé qué lugar y quedé solo entre los dos extremos de los disparos. A mi izquierda, las fuerzas de Sánchez Mosquera, después de disparar algunos obuses de mortero, subieron la loma en medio de un griterío descomunal. Nuestra gente con poca experiencia, no atinó a disparar salvo alguno que otro tiro aislado y salió corriendo loma abajo.

Solo, en un potrero pelado, vi cómo aparecían varios cascos de soldados. Un esbirro echó a correr ladera abajo en persecución de nuestros combatientes que se internaban en los cafetales, le disparé con la Beretta sin darle e, inmediatamente, varios fusiles me localizaron,  tirándome. Emprendí una zigzagueante carrera llevando sobre los  hombros mil balas que portaba en una tremenda cartuchera de cuero, y saludado por los gritos de desprecio de algunos soldados enemigos. Al llegar cerca del refugio de los árboles mi pistola se cayó. Mi único gesto altivo de esa mañana triste fue frenar, volver sobre mis pasos, recoger la pistola y salir corriendo, saludado, esta  vez, por la pequeña polvareda que levantaban como puntillas a mi alrededor las balas de los fusiles. Cuando me consideré a salvo, sin saber de mis compañeros ni del resultado de la ofensiva, quedé descansando, parapetado en una gran piedra, en medio del monte.

El asma, piadosamente, me había dejado correr unos cuantos  metros, pero se vengaba de mí y el corazón saltaba dentro del pecho. Sentí la ruptura de ramas por gente que se acercaba, ya no era posible seguir huyendo (que realmente era lo que tenía ganas de hacer), esta vez era otro compañero nuestro, extraviado recluta recién incorporado a la tropa. Su frase de consuelo fue más o menos: “no se preocupe, comandante, yo muero con usted.” Yo no tenía ganas de morir y sí tentaciones de recordarle algo de su madre, me parece que no lo hice. Ese día me sentí cobarde.

A la noche hacíamos el recuento de todos los hechos, un magnífico compañero, Mariño de apellido, había sido muerto en una de las escaramuzas, lo demás era bien pobre en cuanto a resultado para ellos. El cadáver de un campesino con un balazo en la boca, asesinado quien sabe por qué, era lo que había quedado en las posiciones del ejército, abandonado por éste. Allí, con una pequeña cámara de cajón, sacó la fotografía del campesino asesinado el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, que por primera vez nos visitara en la Sierra y con el cual sostendríamos luego una profunda y duradera amistad.

Después de estos combates nos retiramos de La Otilia un poco hacia atrás, pero ya me reemplazaba como comandante en la  columna 4, Ramiro Valdés, ascendido en esos días. Salí de la zona, acompañado de un pequeño grupo de combatientes, a hacerme cargo de la Escuela de Reclutas, en la cual debían entrenarse los hombres que tendrían que hacer la travesía desde Oriente a Las Villas. Además, había que prepararse para lo que ya era inminente: la ofensiva del ejército. Todos los días siguientes, finales de abril y primeros de mayo, fueron dedicados a la preparación de los puntos defensivos y a tratar de llevar hacia las lomas la mayor cantidad  posible de alimentos y medicamentos para poder soportar lo que ya se veía venir, una ofensiva en gran escala.

Como tarea paralela, estábamos tratando de lograr un impuesto a los azucareros y ganaderos. En esos días subió Remigio Fernández, latifundista ganadero que ofreció el oro y el moro, pero se olvidó las promesas al llegar al llano.

Tampoco los azucareros dieron nada. Pero después, cuando nuestra fuerza era sólida, nos tomamos la revancha, aunque pasáramos esos días de ofensiva sin elementos indispensables para nuestra defensa.

Poco tiempo después Camilo era llamado para cubrir mejor nuestro pequeño territorio, que encerraba incalculables riquezas: una  emisora, hospitales, depósitos de municiones y, además, un aeropuerto situado entre las lomas de La Plata, donde podía aterrizar una avioneta ligera.

Fidel mantuvo el principio de que no importaban los soldados enemigos, sino la cantidad de gente que nosotros necesitáramos para hacer invulnerable una posición y que a eso debíamos atenernos. Esa fue nuestra táctica y por ello todas nuestras fuerzas se fueron juntando alrededor de la comandancia para ofrecer un frente compacto. No había mucho más de 200 fusiles útiles cuando el 25 de mayo empezara la esperada ofensiva en medio de un mitin que Fidel estaba dando a unos campesinos, discutiendo las  condiciones en que podría realizarse la cosecha del café, ya que el ejército no permitía el ascenso de jornaleros para la zafra de ese producto.

Le había dado cita a unos trescientos cincuenta campesinos muy interesados en resolver sus problemas de cosecha. Fidel había propuesto crear un dinero de la Sierra para pagar a los trabajadores, traer el yarey y los sacos para los envases, crear cooperativas de trabajo y consumo, y una comisión de fiscalización. Además, se ofrecía el concurso del Ejército Guerrillero para la cosecha. Todo fue aprobado, pero, cuando iba a cerrar el acto el propio Fidel comenzó el ametrallamiento, el ejército enemigo había chocado con los hombres del capitán Angel Verdecia y su aviación castigaba los contornos.

Ocean Sur

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