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“¿Ha muerto la Revolución Mexicana?”

Parece mentira, pero hace cuarenta años, en 1978, surgió un gran debate en torno a la vida o muerte de la Revolución Mexicana en sentido histórico y político. Hoy todo parece indicar que sí, que ha muerto esa Revolución Mexicana institucionalizada… Pero ¿cómo fue su deceso?

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx        

En 1978 el historiador estadounidense Stanley R. Ross publicó un libro al que llamó “¿Ha muerto la Revolución Mexicana?”- Éste contiene ensayos de autores diversos y entrevistas con personalidades de la política mexicana entonces. Están ahí reflexiones de Luis Cabrera, Daniel Cosío Villegas, Howard F. Cline, José E. Iturriaga, Jesús Silva Herzog, Antonio Díaz Soto y Gama, Leopoldo Zea, José Revueltas, Vicente Lombardo Toledano, et. al.

La pregunta que en ese momento daba origen a cada uno de los textos ahí compilados era provocativa. Esto porque en 1978, durante el gobierno de José López Portillo, cuando la fiereza de la retórica revolucionaria todavía parecía arrasar cualquier idea oposicionista, preguntar si la Revolución Mexicana había muerto parecía un desafío y, al mismo tiempo, un reto al estado de cosas que el país vivía por aquellos años:

¿Estaba vigente aun el ideal de justicia social y democracia que impulsó al movimiento revolucionario de 1910 en México?

Lo novedoso del libro de Ross era la pluralidad de los invitados a reflexionar sobre el tema y, al mismo tiempo, que la iniciativa la tomara un estudioso no mexicano sobre un tema mexicano.

Ahí está la que fue una de las grandes preocupaciones que, a más de un siglo, subyace en la conciencia política de México, aunque el espíritu y la retórica revolucionaria hubieran desaparecido del lenguaje social mexicano.

Lo dicho: la pregunta causó polémica y produjo documentos a la altura del arte, como el ensayo “Las crisis de México” de don Daniel Cosío Villegas, que es tan vigente entonces como ahora y en el que parece que se da vuelta a la página revolucionaria para dar paso a una nueva etapa aún incierta y a la que unos llamaban “del cambio” o de “la transición política mexicana”.

A la lectura del libro surgen más preguntas que respuestas, aun así se desprenden algunas de las propuestas que ahí están: Aquí algunas:

Según esto, habría que revisar antes si en efecto la Revolución Mexicana surgió en sí misma como justiciera y democrática o fue el impulso armado lo que produjo explicaciones que dieron sentido a la violencia y al reacomodo de las fuerzas políticas y económicas y cuya duración extrema duró diez años y confrontó a los mexicanos. Y también si en efecto aquello fue una Revolución o un traslado de fuerzas políticas y de capitales.

Según esto, ya en los últimos años del gobierno de Porfirio Díaz, los mexicanos estábamos preparados para la democracia, según le dijo al periodista James Creelman en la famosa entrevista de 1908. ¿Pero de veras devendría la democracia al término de la dictadura?

Para Madero el cambio en México tenía una sola ruta: la dela democracia: “Sufragio Efectivo. No reelección”. Esto significaba que el voto ciudadano tuviera un peso cierto en la elección del gobierno y requería suspender de manera legal la continuidad de un solo hombre en el poder y de su grupo, para dar paso a nuevas opciones y nuevas formas de encaminar a la Nación.

Para los hombres que tomaron las armas en la Revolución, el ideal estaba acorde con sus perspectivas, con sus circunstancias y con su entorno. Por entonces Emiliano Zapata y gente con él, como Soto y Gama y Otilio Montaño enarbolaron aquellas: “Tierra y libertad” o “La tierra es de quien la trabaja”.  En estas frases se resume un interés de justicia, más que de cambio de régimen.

No se percibe ahí un ideal revolucionario, sí de justicia: ‘Tierra y libertad’ se le exigía al gobierno existente; la devolución de la tierra a sus propietarios originales y la libertad para su usufructo y para disfrutar de sus beneficios. En tanto, ‘La tierra es de quien la trabaja’ era asimismo un ideal de justicia frente a los grandes latifundios, haciendas, ranchos que se habían apropiado de la tierra y el trabajo campesino. En ninguna de las dos consignas se cuestiona la legitimidad del gobierno de Díaz, pero si su actitud de injusticia agraria.

Digamos que los ideales revolucionarios de 1910 se resumen en dos: democracia y justicia. Y por éstos, una multitud de campesinos y muchos obreros se lanzaron a una lucha social que eran un águila o sol, un sueño y una esperanza de que las cosas cambiaran, para no cambiar, como dijera John Womack Jr. en su libro “Zapata y la Revolución Mexicana”.

Y esos ideales se trasladaron luego al discurso de quienes ganaron la batalla y el poder político. Pero este mismo discurso se convirtió en retórica convenenciera por muchos años. Esto es: se incorpora la Revolución Mexicana  al discurso oficial, pero no al hecho social.

La revolución armada costó un millón de vidas y expulsó del país a millones de mexicanos hasta 1920. Y, a pesar de todo, demostró también que los mexicanos aun no estábamos preparados para la democracia, aunque era necesaria.

Esto es –se desprende de la lectura—: Con la excepción de la elección de Francisco I. Madero, luego de más de 30 años en los que los mexicanos no ejercieron el sufragio y no había inquietud por decidir quién habría de gobernar, resultaba cómodo dejar que los líderes militares que habían dirigido el movimiento armado, decidieran también el destino del país.

Muchos mexicanos actuaron de forma insensible a su propio ideal favoreciendo, con ello, el nacimiento de una nueva dictadura.

Álvaro Obregón llegó a la presidencia en 1920 y hasta 1924. Luego, contrario a los preceptos revolucionarios de “Sufragio efectivo. No reelección”, quiso reelegirse en 1928. En 1924 dio acceso a su propia continuidad, a un militar sonorense: Plutarco Elías Calles. Comenzaba el primer síntoma de lo que sería el régimen de la Revolución: la continuidad: el ‘Maximato” iniciaría una larga cadena que no parecía romperse por algún eslabón.

Así que en 1927 Obregón lanzó su candidatura para ser presidente de México por segunda ocasión: 1928-1932. Aquí Obregón infringía una doble traición a los ideales revolucionarios: la primera a sus propio ideales y por los que se lanzó a la Revolución; y la segunda al movimiento mismo porque anulaba así la aspiración democrática miles de mexicanos.

El 17 de julio de 1928 mataron a Obregón en “La Bombilla”, un restaurante que estaba en San Ángel, al sur de la Ciudad de México. Mientras él escuchaba “El limoncito” un retratista se acercó y le disparó: José de León Toral, un fanático católico violento, producto de la guerra entre la iglesia católica y el gobierno (1926-1929).

Plutarco Elías Calles habría de iniciar una forma particular de democracia mexicana: “el dedazo”. El sería quien decidiría quién sí y quien no en la presidencia: “El Maximato” en pleno (por “Jefe Máximo”). Y de ahí en adelante sería el caudillo quien decidiría a sus sucesores, hasta el año 2000 de nuestra era. Así, los mexicanos eran gobernables, pero no gobernantes.

Y fue por entonces que surgió la idea de crear a un partido político que aglutinara a las diferentes corrientes revolucionarias dispersas en todo el país. En marzo de 1929 Calles da origen al primer antecedente del Partido Revolucionario Institucional: aquel era el Partido Nacional Revolucionario (PNR). El término Revolucionario era la bandera y consigna política y discursiva.

Para los políticos locales la sola idea de sentirse parte de un todo, en donde todos serían beneficiarios, les hizo aceptar la unidad política en torno a la figura del generalísimo Calles.

Militar y político poderosísimo convirtió la vida del país en su propia vida. Absorbió voluntades y repartió privilegios. Los distribuía en la medida de las solidaridades, siendo él el primer beneficiario. Todo lo veía. Todo lo sabía. Todo lo decidía. Todo en él estaba cumplido. La Revolución Mexicana estaba ahí, pero ya no estaba.

PNR que luego se convertiría en Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Pero mientras tanto, luego de tres cambios de gobierno, en 1934 llegó a la presidencia Lázaro Cárdenas del Río. Calles pensó que como sus antecesores (Emilio Portes Gil, presidente interino de México de 1928 a 1930.

Pascual Ortiz Rubio, presidente de México de 1930 a 1932. Abelardo L. Rodríguez 1932-1934) sería un dócil seguidor de sus mandatos.  No.

En 1935 se dio el match Cárdenas-Calles. El presidente de México expulsó a don Plutarco porque no habría de permitir ser su monaguillo. En seguida propició el reparto agrario entre campesinos. Modificó sustancialmente las condiciones salariales de los obreros. Socializó la educación y fomentó la cultura nacionalista.

Aprovechó la economía de guerra para fortalecer su propia economía y para arrancar de los bolsillos de los ingleses y estadounidenses el petróleo y la industria petrolera. El ‘hombre de Jiquilpan’ avanzó un tramo largo en el cumplimiento de reivindicaciones sociales y hasta revolucionarias… Pero…

No pudo evitar la tentación de intentar nombrar a su sucesor. Su hombre sería Francisco J. Múgica –también michoacano- y un tanto más radical que él en lo político y social.

Después de la expropiación petrolera de 1938 el gobierno de Estados Unidos vio la imposición de Múgica como una afrenta y por tanto no escatimaron rechazos hechos y derechos para evitar la sola posibilidad de que un “socialista” ocupara el gobierno del país vecino. Obligado por la situación tensa, Cárdenas se decidió por Manuel Ávila Camacho y éste comenzó su gobierno bajo la consigna de la “Unidad Nacional” (como si el gobierno cardenista hubiera prohijado la desunión)

Y de ahí en adelante sigue el proceso de aniquilación de la Revolución Mexicana. Al gobierno conservador de Ávila Camacho seguiría el de Miguel Alemán, asimismo muy tirando a la derecha ‘revolucionaria’; Adolfo Ruiz Cortines -1952-1958-; Adolfo López Mateos -1958-1964- que es cuando comienzan a exponerse inconformidades sociales y gremiales, reprimidas luego…

Y así. Vino luego el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y aquel 1968 sangriento pero también origen del cambio de actitud nacional; Luis Echeverría y su 1971 y su Desarrollo Estabilizador… Y así.

Podríamos decir que –según el libro de Stanley Ross—la Revolución Mexicana murió con el gobierno de José López Portillo. En adelante seguiría una nueva etapa en el desarrollo económico y social del país…

Al final, ya en plena efervescencia electoral en 2018 el discurso de la Revolución Mexicana ha desaparecido. Ya no es. Ya no está. Otro discurso social y político está a la vista. Es natural. ¿Qué sigue?

Eso es parte de otra historia. Por lo pronto sí, a la manera de Heródoto, vale la pena recordar que “quienes no recuerdan su pasado están condenados irremediablemente a repetirlo”.  Por tanto recuperar libros esenciales para conocer puntos de vista sobre el proceso histórico de México nos permitirá eso: no repetir los mismos errores. Ojalá.

 

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