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Rusia, la gran Rusia… “¿Sabe usted que el bey de Argel tiene una verruga debajo de la nariz?”

Ahí se ve la estepa rusa; ahí se ven las dachas como si fueran una postal y desde cuyas chimeneas emana el humo vital; a un lado los bosques de abedules inmensos y los largos caminos a través delos campos roturados que llevan de una aldea a otra en medio de la siembra de trigo, centeno o cebada…

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx

Rusia hoy es una modernidad, con contrastes.  Y una potencia económica y militar. Y en donde Vladimir Putin, apenas en marzo pasado fue reelecto por cuarta ocasión con más del 70% de los votos para otro periodo de seis años presidenciales, ni más, ni menos…

Rusia es un país de historia muy lejana. Y ha vivido intensidades propias de una nación que se construyó en base al gran poder de líderes regionales y luego concentrados en una Nación de muchas naciones, bajo el gran poder zarista que concluyó durante la Revolución Rusa de 1917 para dar paso a un régimen comunista, para bien o para mal.

Esto cambió luego, con al impulso de ‘Gorby’, el Presidente soviético que hizo un llamado a aflojar el control burocrático sobre la economía y la sociedad en general y cuyo gobierno defendió la necesidad de una mayor “democracia”.

Estos intentos de reformar el sistema estalinista eran vistos como necesarios para flexibilizar la economía. Así que este proceso tuvo lugar bajo la bandera de la Perestroika (reestructuración), que introdujo un mercado libre limitado y la descentralización de la economía nacional, y de la Glásnost (apertura o transparencia), que impulsó un reajuste en la vida política y cultural de URSS. Todo durante el gobierno de Mijaíl Gorbachov, de 1988 a 1991.

Hay quienes dicen que los rusos se parecen a los mexicanos. Esto es cierto en parte; o mejor dicho, de una sola manera: la intensidad con la que se vive la vida; la emoción con la que se vive; la pasión que se deposita en lo que se hace y cómo se entiende el ser y la trascendencia: en eso, cierto, nos parecemos, de ahí Нет, только тот, кто знал (“Nada como el corazón solitario”).

Pero estas intensidades rusas tienen una escrituración y está en el arte, en las artes.

Una de ellas es la pintura rusa de siempre y sus representantes más connotados: Andrei Rubliov; Dmitri Levitski; Karl Briulov; Iván Aivazovski; Alekséi Savrásov;  Vasili Perov; Antonina Rzhevskaya (1861 – 1934) y  Valentín Serov  entre muchos más…

Y ni qué decir de sus compositores musicales: Ahí están los cinco grandes nacionalistas: Mili Balákirev; César Cui, Nikolái Rimski-Kórsakov, Mijáil Glinka, Modest Mussorgsky que veían como enemigo a otro grande de la época de construcción cultural rusa: el gran Piotr Ilich Tchaikowsky, al que acusaban de europeizante y anti-ruso. Nada que ver. Hoy mismo la representatividad musical del Mundial de Fut Bol es la reproducción del músico más atormentado del siglo XIX en Rusia.

Pero junto a todo esto van los grandes escritores que –eso- escrituraron las intensidades más emotivas, contradictorias, críticas, apasionadas y terriblemente realistas que dan forma al espíritu ruso: sus escritores que expusieron gran parte del alma humana universal, desde ahí, desde las estepas, desde los largos caminos, desde la soledad de sus bosques y bajo un cielo que es entre azul y gris, pero que refleja la enormidad de un país en donde convive el entonces y el ahora, como uno sólo…

¿Qué otro país con estas particularidades podría haber dado vida a uno de los grandes escritores rusos y del mundo como es Fiódor Mijáilovich Dostoyevski?(1821-1881). Su atormentada vida que sólo en aquellas emotivas locuras pudo llevarlo de la construcción de sí mismo como ingeniero, a pasar a condenado a muerte en 1849 y luego al conmutarse esa pena para llevarlo a las heladas tierras de Omsk, en Siberia:

“El 16 de noviembre, Dostoyevski y otros miembros del Círculo Petrashevski, fueron llevados a la fortaleza de San Pedro y San Pablo y condenados a muerte por participar en actividades consideradas antigubernamentales. El 22 de diciembre los prisioneros fueron llevados al patio para su fusilamiento. Dostoyevski tenía que situarse frente al pelotón e incluso escuchar los disparos con los ojos vendados, pero su pena fue conmutada en el último memento por cinco años de trabajos forzados en Siberia”. Y los sufrió…

“En verano, encierro intolerable; en invierno, frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La suciedad de los pavimentos tenía una pulgada de grosor; uno podía resbalar y caer… Nos apilaban como anillos de un barril… Ni siquiera había lugar para dar la vuelta. Era imposible no comportarse como cerdos, desde el amanecer hasta el atardecer. Pulgas, piojos y escarabajos por celemín…” Escribiría el escritor más tarde.

Pero fue parte de esta experiencia la que construyó su obra más emblemática. Primero, era epiléptico y por lo mismo sabía de sus terribles conmociones, y de esta condición provienen personajes epilépticos que están en obras como La Patrona, Humillados y ofendidos, El idiota o Los demonios.

Y de su experiencia siberiana surgen intensidades humanas, las contradicciones, la maldad y la mentira, pero también la grandeza y la esperanza en que el hombre contiene las dos semillas y una de ellas habrá de predominar.

No, Dostoyevski no es un moralista. No da clases de moral o ética: sí dibuja al hombre en sí mismo. Así está Los endemoniados, Diario de un escritor y por supuesto Los hermanos Karamazov. Luego vendrían las obras de madurez en las que está puesta la observación permanente en la psicología humana: “Crimen y castigo” y, claro: El jugador.  Toda su obra es patrimonio de la humanidad:

“Padres míos, ¿qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de no poder amar. En un punto, en un instante del espacio y del tiempo infinito, un ser espiritual tiene la posibilidad, mediante su aparición en la tierra, de decirse: “Existo y amo.” Sólo por una vez se le ha concedido un momento de amor activo y viviente. Para este fin se le ha dado la vida terrestre, de tiempo limitado. Pues bien, este ser feliz ha rechazado el inestimable don; ni le da valor ni lo mira con afecto: lo observa irónicamente y permanece insensible ante él…”

Y qué tal Lev Tolstoi (1828-1910). El Conde Tolstoi. El viejo más sabio de todos los sabios. El hombre de la nobleza que quiso renunciar a sus bienes en favor de sus peones y, por lo mismo, fue repudiado: contradicciones hay.

Su obra es considerada joya de la inteligencia humana y muestra del realismo ruso. De ahí La guerra y la paz, en la que describe los avatares de personajes de distinta catadura a lo largo de unos cincuenta años. Desde las guerras napoleónicas hasta mediados del siglo XIX. Y ahí la campaña de los rusos en Prusia con la famosa batalla de Austerlitz.

El eje central de la obra entrelaza la problemática de dos familias nobles rusas, los Bolkonska y los Rostov, entre cuyos miembros se halla como círculo de conexión la figura del conde Pedro Bezeschov, en torno al cual se perciben los complicados hilos de las pasiones familiares.

Ana Karenina es una obra y es el personaje emblemático femenino. Es la rebeldía. Es la lucha del estar bien, con vivir intensidades. Es la mujer atrapada en las convenciones sociales y de las que quiere escapar, pero sólo lo podrá hacer de forma trágica.

“En momentos como aquel, de incertidumbre y angustia, Levin olvidaba todas sus dudas respecto a la existencia de Dios y, considerándose impotente, recurría al Todopoderoso implorándole que le ayudase. Su escepticismo había desaparecido al punto de su alma, como el polvo barrido por el vendaval. Él no se sentía con fuerzas para afrontar…”

Tolstoi murió a los 82 años, en la estación de tren de Astápovo. Murió de neumonía mientras huía de la vida aristocrática en la que había vivido y de su mujer que lo acosaba porque había decidido entregar sus bienes a sus trabajadores: “Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren: ¿por qué están al cuidado de mí sólo?”

Y qué hay con el enorme Antón Chéjov (1860-1904). El grandioso cuentista que en su finesa y elocuencianos entregaba el alma buena rusa, y sus dolores más intensos. Su obra es recurso permanente para saber qué es literatura y qué es arte: ahí juntos…

Fue un médico que decidió acudir a las zonas rurales de la gran Rusia y en donde adquirió la tuberculosis que lo llevaría a la tumba con apenas cuarenta y cuatro años. En vida joven decidió dedicarse a la literatura y vivir de ella, sus penurias.

Lo novedoso de la obra de Chéjov está en que en relatos breves envuelve mundos completos y es en ellos en los que sus personajes se desenvuelven con toda libertad sin excesos. Las palabras justas. Los tiempos justos. Frases y párrafos exactos. Todo apunta una renovación: el monólogo que rechaza una finalidad moral.

Escribió obras de teatro como El jardín de los cerezos, La gaviota, Tío Vania, Las tres hermanas. Y, por supuesto, multitud de cuentos-cuentos-cuentos: La dama del perrito; La tristeza; La corista; Exageró la nota; La mujer del boticario; Un drama; Una apuesta; ¡Chist!; Enemigos; Un escándalo:

– “¡A Viborgskia! -repite el militar- ¿Estás dormido? ¡Llévame a Viborgskia!

En señal de asentimiento, Iona agita las riendas, con cuyo movimiento se desprende la nieve que cubre sus hombros y el lomo del caballo… El militar toma asiento en el trineo. Haciendo restallar la lengua, el isvoschik estira el cuello con gesto de cisne, se despega ligeramente del asiento y, más bien por costumbre que por necesidad, alza el látigo. El caballejo estira a su vez el cuello, tuerce sus patas de palo y se revuelve en su sitio.

– “¿Adónde vas?, ¡diablos! -dicen a Iona poco después desde la oscura masa movible que avanza y retrocede- ¿Adónde te empujan los diablos? ¡Lleva la derecha!

– ¡No sabes conducir! … ¡Lleva la derecha! -se enfada el militar.

El cochero de la berlina regaña, el peatón que atraviesa la calle y cuyo hombro tropieza con la cabeza del caballejo, lanza a este una mirada furiosa y se sacude la nieve de la manga. Iona, en el pescante, parece sentado sobre alfileres; empuja con los codos a ambos lados y pasea a su alrededor unos ojos atontados, como si no comprendiera dónde está ni por qué esta allí.

– ¡Qué gente tan canalla! -bromea sarcástico el militar-. ¡A propósito vienen a tropezar contigo a caérsete debajo del caballo! … ¡Deben de haberse puesto todos de acuerdo!…

Iona vuelve hacia él la cabeza, y mueve los labios… Sin duda quiere decir algo, pero de sus labios solo salen resoplidos.

– ¿Qué dices? -pregunta el militar.

Una sonrisa contorsiona la boca de Iona. Haciendo un esfuerzo pronuncia con voz empañada:

– ¡Un hijo, señor!… ¡Se me ha muerto un hijo hace una semana!…

– ¡Hum!… ¿Y de qué?

Iona vuelve todo su cuerpo hacia el cliente y contesta:

– Y eso, ¡quién lo va a saber!… ¡De las fiebres, seguramente!… ¡Tres días pasó en el hospital…, y allí se me murió!… ¡La voluntad de Dios!…” El militar no le escucha. No le importa. Nadie lo escucha…

Vamos que Máximo Gorki (1868-1936)nos espera y quiere decirnos que escribió La madre, impregnado del aire rebelde que ya soplaba sobre la gran Rusia a principios del siglo XX. En realidad se llamaba Alekséi Maksímovich Peshkov. Y fue un impenetrable seguidor de Lenin que comulgaba con  las ideas de Marx y se opuso al régimen zarista. Se afilio al ala bolchevique de Alksandr Bogdánov.

Gorki quiere decir “amargo” y decidió este seudónimo porque quería describir la amargura de la vida rusa al comenzar y “una determinación por decir la verdad amarga”. Su obra expresa su propia lucha por ‘resolver los sentimientos contradictorios de la fe y el escepticismo, el amor a la vida y el disgusto en la vulgaridad y mezquindad del mundo humano’: Los bajos fondos, Hijos del sol, por supuesto La madre y muchas más. Siempre candidato al Premio Nobel de Literatura no lo consiguió.

[Y aprieto el paso, que mi directora me tiene amenazado si rebaso tiempo y espacio… así que…  y esto del alma rusa es, gratamente interminable, y te debo la mención, gran Iván Turguénev)

Nikolái Gógol (1809-1852) merece nuestra propia locura. El autor de Taras Bulba, ese gran cosaco del siglo XVI que revive en las páginas inmensas que Gógol quien lo ubica en la gran literatura mundial; y Almas muertas que es una rabiosa mirada a la vida de sus contemporáneos enriquecidos. Un reproche. Un canto enardecido por la terrible forma de vida del mujik ruso en pleno zarismo. Y El diario de un loco: eso mismo, la locura, la tristeza por la condición humana y la esperanza:

“Día 34 de febrero de 343

¡No, ya no tengo fuerzas para aguantar más! ¡Dios mío!, ¿qué es lo que están haciendo conmigo? Me echan agua sobre la cabeza. No me hacen caso, no me miran ni me escuchan. ¿Qué les he hecho yo, Señor? ¿Por qué me atormentan? ¿Qué es lo que esperan de mí? ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué les puedo dar yo? Yo no tengo nada. No tengo fuerzas, no puedo aguantar más todos los martirios que me hacen. Tengo la cabeza ardiendo, y todo da vueltas en torno mío.

“¡Sálvenme, llévenme de aquí! ¡Que me den una troika con caballos veloces! ¡Siéntate, cochero, para llevarme lejos de este mundo! ¡Más lejos, más lejos, para que no se vea nada!… ¡Cómo ondea el cielo delante de mí! A lo lejos centelleaba una estrella, el bosque de árboles sombríos desfila ante mis ojos, y por encima de él asoma la luna nueva.

“Bajo mis pies se extiende una niebla azul oscura; oigo una cuerda que sueña en la niebla; de un lado está el mar, y del otro, Italia; allí, a lo lejos, se ven las chozas rusas. ¿Quizá sea mi casa la que se vislumbra allá a lo lejos? ¿Es mi madre la que está sentada a la ventana?

“¡Madrecita, salva a tu pobre hijo! ¡Vierte unas cuantas lágrimas sobre su cabeza enferma! ¡Mira cómo lo martirizan! ¡Ampara en tu pecho a tu pobre huérfano! En el mundo no hay sitio para él. ¡Lo persiguen! ¡Madrecita, ten piedad de tu niño enfermo!… ¡Ah! ¿Sabe usted que el bey de Argel tiene una verruga debajo de la nariz?

 

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