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Kim le ganó la partida a Trump

Si alguien ha salido claramente beneficiado de la cumbre bilateral celebrada en la República de Singapur el 12 de junio, ése es el hermético líder norcoreano, Kim Jong-un.

Después de estrechar por primera vez la mano del presidente de EEUU durante 13 segundos y reunirse con él en dos ocasiones —una a solas con los traductores—, Kim no solo ha conseguido que Corea del Norte deje de ser un Estado paria y pase a tener legitimidad internacional sino que además ha arrancado a Donald Trump un compromiso de seguridad, a cambio de una promesa que carece de plazos.

Hasta el más mínimo detalle estaba planificado. En un encuentro cuidadosamente coreografiado, los dos dirigentes se aproximaron —los organizadores habían contado hasta los pasos que cada uno tenía que dar— hacia un punto común situado en la zona de recepción de un hotel de lujo de la boyante isla-estado asiática. Allí posaron delante de un mar de banderas de cada país, mientras las cámaras de fotos echaban humo. El lugar elegido fue el islote de Sentosa, que significa paz y tranquilidad en idioma malayo. El hotel, el Capella, diseñado por conocido arquitecto Norman Foster. Sentosa se sitúa a 15 minutos en coche de la isla principal de Singapur, una antigua colonia británica. Sus accesos limitados la convirtieron en un enclave ideal, fácil de proteger.

Solo la mera celebración de la cumbre, que a punto estuvo de irse al garete en el último momento, representó un cambio de rumbo inconcebible hace apenas unos meses, cuando los dos protagonistas se lanzaban pullas que incluían amenazas de una guerra nuclear o abiertas descalificaciones. A ambos líderes —uno de 34 años, el otro de 71— les unen sus profundas ambiciones personales, aunque sus vidas son tan opuestas que parecen haber nacido en planetas distintos.

La meta a alcanzar era entablar una negociación sin precedentes para superar siete décadas de hostilidades entre Pyongyang y Washington, tras el conflicto armado que, fomentado por la Guerra Fría, partió en dos a Corea y que técnicamente no ha concluido pues sigue en vigor un armisticio firmado en 1953 en Panmunjom.

La cita en Singapur ha alumbrado un comunicado conjunto de cuatro puntos. En el documento, Trump se compromete “a ofrecer garantías de seguridad” a Corea del Norte, mientras que Kim se obliga a “trabajar por la completa desnuclearización” de la península coreana. El acuerdo sienta las bases de unas nuevas relaciones bilaterales basadas en el “deseo de los pueblos de los dos países de paz y prosperidad”; también establece que las negociaciones continuarán, “en la fecha más temprana posible, para poner en marcha los resultados de la cumbre”.

En la rueda de prensa posterior, Trump anunció a los 2.500 periodistas acreditados en Singapur que había decidido suspender las maniobras militares conjuntas que realiza sus Fuerzas Armadas con las de Corea del Sur desde hace décadas, una decisión que no habrá gustado mucho en Seúl. Ni tampoco en Tokio.

El presidente norteamericano dijo que esos juegos de guerra eran “muy provocadores” y “muy caros”. “Nos vamos a ahorrar una enorme cantidad de dinero”, enfatizó. Cancelar los ejercicios militares en esa parte del continente de Asia supone una importante concesión, que hasta ahora era un elemento innegociable para la Casa Blanca sobre la base de que es un elemento base de la alianza militar suscrita con Corea del Sur, además de representar una disuasión frente a Pyongyang. Aunque las maniobras podrían reanudarse fácilmente, el gesto de suspenderlas es muy elocuente. Y lo mismo se podría decir del hecho de que Trump y Kim sólo trataron “brevemente” el espinoso tema de la vulneración de los derechos humanos en Corea del Norte.

El equipo de Trump no quiso dar detalles. “Estamos dispuestos a ofrecer garantías de seguridad diferentes, distintas con respecto a lo que Estados Unidos ha hecho en el pasado”, indicó el secretario de Estado, Mike Pompeo. Esas garantías, en su opinión, ofrecerán a Corea del Norte “la suficiente certidumbre acerca de que desnuclearizarse les será beneficioso”.

Trump recuperó la idea de retirar los casi 30.000 soldados desplegados en Corea del Sur. “Me gustaría traerlos a casa. Ya lo dije durante la campaña (electoral), pero no está sobre la mesa en este momento”, indicó. Según el diario The New York Times, ya habría pedido al Pentágono que le prepare planes de contingencia para una retirada parcial de efectivos si se alcanzara un acuerdo de paz.

Continuarán las sanciones internacionales, subrayó el mandatario estadounidense, mientras los norcoreanos tengan la bomba atómica, pero su cumplimiento depende en gran medida de la actitud de China, que está inmersa en una guerra comercial lanzada por EEUU.

En definitiva, Trump ha regresado a casa sin el acuerdo del siglo que prometía, aunque afortunadamente no lo ha echado todo a perder como ya ocurrió en la reciente cumbre del G-7 celebrada en Canadá, donde retiró su firma de un comunicado pactado previamente por discrepancias con sus “socios”.

El número uno norcoreano —quien heredó el poder de su padre, Kim Jong-il, y éste a su vez del suyo, Kim Il-sung— ha recibido un fuerte espaldarazo a su imagen pública pues ha sido aplaudido como “un hombre muy talentoso… que ama mucho a su pueblo”. Palabras de Trump.

El compromiso de Kim Jong-un no contiene un plan concreto, ni plazos, ni calendario. Es una simple promesa. Habla de desnuclearización “completa” pero no “verificable e irreversible”, dos términos que están en la hoja de ruta del Departamento de Estado. El proceso negociador ahora abierto será largo y complejo, y llevará uno, dos o quizás más años. Pero, dada la falta de credibilidad de ambas administraciones, puede terminar en papel mojado.

Kim le ganó a Trump la partida. Como subraya Andréi Lankov, profesor en la Universidad Kookmin de Seúl y reconocido experto en temas norcoreanos, el acuerdo tiene un “valor práctico cero. EEUU podría haber obtenido concesiones serias pero no fue así, Corea del Norte se envalentonará y EEUU no tendrá nada”.

Sputnik

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