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Los campos de concentración para japoneses, un trauma de EE.UU. que vuelve a la luz

Las terribles imágenes de familias de inmigrantes separadas en la frontera con México han devuelto a la actualidad un oscuro trauma de Estados Unidos: el de los campos de concentración instalados en el país durante la Segunda Guerra Mundial para recluir a miles de personas de origen japonés.

Alrededor de 120.000 personas con ascendencia nipona que residían en la costa oeste de Estados Unidos fueron encerradas desde 1942 a 1945 en barracas y en condiciones deplorables en uno de los episodios más graves de violación de los derechos civiles de la historia de este país.

En el barrio de Little Tokyo en Los Ángeles se encuentra el Museo Nacional Japonés-Americano, que alberga una detallada exposición permanente sobre el internamiento forzado de familias de sangre japonesa en los años 40.

Rick Noguchi, jefe de operaciones del museo, explicó a Efe que todo comenzó tras el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, que desencadenaría en la entrada de Estados Unidos en el conflicto bélico mundial.

“La orden ejecutiva 9066 fue firmada por el presidente Franklin D. Roosevelt el 19 de febrero de 1942 y, básicamente, preparó el camino para que todas las personas con ascendencia japonesa fueran expulsadas, sacadas por la fuerza y encarceladas”, explicó.

Así se delimitó una zona militar que recorría la costa del Pacífico desde el estado de Washington a California y que también incluía partes de Arizona, un territorio en el que no podría quedarse ningún ciudadano de origen nipón.

“Esto incluyó a hombres, mujeres y niños. Y dos tercios de ellos eran ciudadanos estadounidenses, nacidos en EE.UU. El otro tercio eran ‘issei’, la primera generación de inmigrantes japoneses, que no podían convertirse en ciudadanos naturalizados”, agregó Noguchi.

El racismo en EE.UU. contra la migración japonesa no brotó de repente con la Segunda Guerra Mundial, puesto que la costa oeste tenía un extenso y conocido historial de agresiones y desprecios no solo a los nipones sino también a otras comunidades asiáticas como la china.

La orden ejecutiva establecía que aquellos que tuvieran ascendencia japonesa debían presentarse ante los autoridades para ser trasladados a centros temporales de detención y, posteriormente, a campos de concentración.

Noguchi explicó que, mientras se construían los campos de concentración por todo el país, hubo establos que se emplearon como instalaciones de detención provisionales.

Finalmente fueron diez los campos de concentración que se levantaron en zonas remotas de California y Arizona, pero también en estados muy alejados del Pacífico como Arkansas, Colorado o Wyoming.

Vallas y alambres de espino, barracas abarrotadas para varias familias sin ningún tipo de intimidad o privacidad, vigilancia constante con oficiales armados en torres y extremas condiciones climatológicas, ya que los campos se construyeron con materiales deficientes a menudo en zonas desérticas, componían el día a día de los recluidos.

“Trataron de hacer que la vida fuera lo más normal posible, pero las condiciones eran muy severas”, indicó Noguchi.

El final de la Segunda Guerra Mundial dio pie a que se cerraran los campos, pero los problemas continuaron para las personas de origen japonés que, ya fuera de la costa Oeste (donde algunos regresaron pese a que las autoridades les pidieron lo contrario) o en ciudades muy apartadas de su hogar como Chicago, continuaron enfrentando actitudes racistas durante años.

Familias rotas, algunas de ellas para siempre, y la pérdida de numerosos negocios y de tierras fueron el resultado de tres años de infame encierro de una población japonesa-estadounidense que, hasta 1988, no recibió una disculpa oficial por parte de la Casa Blanca, en ese momento dirigida por Ronald Reagan.

A la luz de lo sucedido en los años 40, personalidades como el actor George Takei, que de niño estuvo en los campos de concentración, o el propio Museo Nacional Japonés-Americano, a través de un comunicado de prensa, lamentaron la situación actual en la frontera con México y la separación de familias de inmigrantes latinos.

“Personalmente, estoy horrorizado de ver eso”, dijo Noguchi.

“Aquello fue devastador para muchas familias japonesas-estadounidenses y suena algo a lo que está sucediendo hoy. Creo que mucha gente reconoce eso y quiere asegurarse de que los japoneses-estadounidenses se pronuncian para que algo así no suceda de nuevo”, finalizó.

EFE

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