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El bolígrafo de Kim Jong-un

Antes de firmar el acuerdo con Trump, un edecán norcoreano pertrechado con guantes de goma y actitud solemne limpió con cautela el bolígrafo con el cual Kim Jong-un debía firmar el pacto de desnuclearización. Sin embargo, en el último momento, la hermana del líder norcoreano prefirió darle una pluma propia. Un detalle que vale la pena analizar.

Por José Negrón Valera*

Muchos han considerado que la anécdota es de orden simbólico, debido a que el bolígrafo sobre la mesa tenía grabado el nombre de Trump. No obstante, al retroceder el vídeo, y volver al edecán, a los guantes, al tratamiento meticuloso, es imposible dejar de pensar que Jong-un lo que estaba era protegiendo su vida de cualquier pequeña ‘aventura’ de la CIA.

Saltan de inmediato los resortes que acusan cualquier conjetura de jugar en el bando de las teorías de conspiración. Sin embargo, al hablar de una de las agencias de inteligencia más relacionada en asesinatos de líderes políticos, golpes de Estados, actos terroristas, ¿no es acaso necesario siempre mantener una sana paranoia?

En 1975, el Senado norteamericano instaló un comité para la investigación de las actividades de inteligencia de Estados Unidos. Dicha misión fue asignada al senador Frank Church, quien en su informe final, además de revelar las relaciones de la CIA en la muerte de Allende, en Chile, de Mossadegh, en Irán, y Patrice Lumumba, en la República Democrática del Congo, reveló ante la opinión pública que la agencia de inteligencia había desarrollado un arma que provocaba “ataques al corazón”.

A esta revelación, proveniente del corazón mismo del poder político asentado en Washington, se le sumarían otras, como las del afamado escritor Gordon Thomas, quien detalla en su libro ‘Las armas secretas de la CIA’, que dicha agencia de inteligencia fue responsable de desarrollar una gran cantidad de armas biológicas para tener una ventaja frente a sus enemigos.

Pero no se conformaron con quedarse en un nivel de mera investigación. Uno de los ejemplos más brutales de aplicación de dichas armas fue la inoculación entre los años 1946 y 1948 del virus de sífilis a más de 1.500 guatemaltecos con el fin de usarlos para experimentar la efectividad de la penicilina. 83 de ellos murieron como producto de estos experimentos y el resto sufrieron consecuencias de por vida. Entre las personas escogidas se encontraban niños de orfanatos, enfermos mentales, reclusos y militares de bajo rango.

Otro caso, pero esta vez asociado a la inteligencia israelí (estrecha colaboradora de la agencia estadounidense), fue el asesinato en el año 2004 de Yasser Arafat. Una investigación solicitada por su viuda en el 2012 para esclarecer los detalles de la muerte del líder palestino arrojó resultados sorprendentes:

“Los análisis realizados por el Instituto de Radiofísica del Hospital Universitario de Lausana de Suiza, encontraron en 2013 niveles de polonio-210 radioactivo, 18 veces superiores a lo normal en las muestras tomadas del cadáver de Arafat, lo que podría confirmar la versión de su envenenamiento”.

Pero esto es apenas una pequeña parte de un iceberg del que se ignora su verdadera dimensión.

El líder cubano Fidel Castro, por ejemplo, sobrevivió a más de 600 intentos de asesinatos llevados a cabo por la CIA. En el precitado informe del senador Church se enumeran parte de estas iniciativas que contemplaban desde obsequiarle un traje de buzo envenenado, un puro explosivo, un pañuelo con bacterias mortales o aprovechar su afición por bucear para colocar una caracola explosiva en algún arrecife y esperar que se acercara.

El propio expresidente venezolano Hugo Chávez hacía mención a estos hechos para hablar del peligroso carácter de la CIA, así como de las tecnologías y la disposición para utilizarlas en el asesinato de cualquier líder incómodo para los intereses de Washington.

En un discurso hecho en diciembre de 2011, Chávez, quien ese mismo año reveló que luchaba contra el cáncer, ponía en duda el origen natural de su enfermedad:

“¿Sería tan extraño que hayan inventado la tecnología para difundir el cáncer y que no nos enteremos hasta dentro de 50 años? ” preguntó Chávez. “Es muy difícil de explicar, hasta con la ley de las probabilidades, lo que les ha estado pasando a algunos líderes en América Latina. Es muy extraño por decir lo menos”, añadió.

Las declaraciones de Chávez se hacían en el marco de una ola de casos de cáncer entre los líderes progresistas de la región como la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, la expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff, el líder brasileño Luiz Inacio Lula da Silva y el expresidente paraguayo Fernando Lugo.

Al respecto de este último líder suramericano, WikiLeaks reveló que justo antes de realizarse las elecciones presidenciales en las que resultó electo Fernando Lugo, la CIA solicitó a su Embajada en Paraguay “datos biométricos, para incluir huellas dactilares, imágenes faciales, escaneo de iris y ADN” de los candidatos.

Incluso el portal Cubadebate nos recuerda casos como el de Kwame Ture o Bob Marley. El primero de ellos, el exlíder de los Pantera Negra que inauguró el Movimiento del Poder Negro de 1960, murió absolutamente convencido de que su cáncer de próstata había sido inoculado por la CIA. Con respecto a Bob Marley, el carismático músico jamaiquino, su enfermedad resultó mucho más extraña. Al parecer, una herida en el dedo del pie, ocurrida mientras jugaba futbol, le provocó un melanoma que lo mataría con tan solo 36 años.

Y todo este expediente ni siquiera ha considerado las distintas denuncias que vinculan a la CIA en guerra bacteriológica a lo largo del mundo. Sin embargo, el punto queda suficientemente claro.

En cualquier caso, al regresar al líder norcoreano, de momento lo único que parece detener al Pentágono de arrasar Corea del Norte, así como lo hizo con Libia o Irak, es que dicho país asiático sí posee armas nucleares y eso parece convertirse en el único freno que respeta Washington.

No obstante, a lo que sí debería temerle Kim Jong-un es a no lograr una correcta lectura de la historia que precede a Estados Unidos, a sus intereses globales y a la interpretación que hacen de ‘El fin justifica los medios’. Además, cuando se trata de la CIA, nunca está de más mantener siempre ‘una sana paranoia’.

*Sputnik

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