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José Antonio Meade, la carta del PRI para conservar el poder en México

El candidato a la presidencia de México por el Partido Revolucionario Institucional (PRI, gobernante), José Antonio Meade, ha cargado durante la campaña electoral con la pesada losa del desprestigio de esa longeva formación, acentuada por escándalos de corrupción de una docena de gobernadores, que lo relegó al tercer lugar en casi todas las encuestas para las elecciones presidenciales de este domingo.

“La candidatura de Meade representaba un esfuerzo de captar el voto independiente; eso era lo que lo hacía competitivo” señaló a Sputnik el investigador del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), Carlos Heredia.

Sin embargo, la opción de Meade no logró consolidarse, en parte por la resistencia de muchos mexicanos a votar por “un partido sumergido por las denuncias de corrupción y autoritarismo”, añadió el autor de decenas de ensayos y obras sobre el sistema político mexicano.

Paradójicamente, este economista y abogado de 49 años asumió la candidatura del PRI aunque formalmente no ha sido militante de ese partido, a pesar de que integró los gabinetes de dos presidentes de distinto signo político: Felipe Calderón (2006-2012) y Enrique Peña Nieto (2012-2018).

En el gobierno anterior Meade ocupó las carteras de Energía, de Relaciones Exteriores y de Hacienda, mientras que en el que llega a su fin este año fue titular de Relaciones Exteriores, de Hacienda y de Desarrollo Social.

Su carrera política se comenzó a perfilar cuando finalizó sus estudios universitarios como economista en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, donde se graduó junto con las figuras del actual gabinete, entre ellos el canciller Luis Videgaray.

Su doctorado en Economía por la Universidad de Yale, como especialista en Finanzas Públicas y Economía Internacional consolidó su carrera en ese terreno, el que mejor llegó a dominar, y que es su principal carta de presentación en la campaña presidencial.

Meade se presentó ante el electorado con el perfil de político independiente: en primer lugar, por no ser un militante del desprestigiado PRI; y en segundo término por su carrera y sólido desempeño profesional en la cuatro carteras mencionadas.

Precisamente, fue su carácter de profesional técnico el que lo proyectó como una figura ajena a las componendas internas y sin mayores antecedentes de corrupción, lo que constituyó su mayor atractivo para que el presidente Peña Nieto se convirtiera en el impulsor principal de su candidatura.

Al mismo tiempo, sumó su procedencia de una familia de clase media, con lazos de inmigrantes irlandeses y libaneses, y su paso por universidades estatales, para cumplir con el perfil que gusta al electorado oficialista.

LA CARGA DEL PASADO

No obstante, la coalición gobernante Todos por México no pudo añadir nuevas cartas, además de sus dos tradicionales aliados: el Partido Verde Ecologista de México y Nueva Alianza, de base magisterial.

El PRI buscaba que Meade construyera una alternativa que le permitiera a su partido, el que más tiempo ha estado en el poder en la historia mexicana, mostrar una cara renovadora y sumar apoyos externos en la contienda contra el candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador.

Pero a lo largo de su tercera campaña presidencial, ese líder de las izquierdas nacionalistas nunca dejó su lugar de puntero en las encuestas ni de crecer en la intención de voto.

Mientras tanto, Meade se enfrascaba en una batalla feroz por el segundo lugar con el centrista Ricardo Anaya, a quien no logró desbancar de esa posición en los nueve meses de proselitismo.

El oficialista también mostró dificultades en hacer llegar al electorado un mensaje coherente, que lograra satisfacer al mismo tiempo a las bases del PRI como a los nuevos movimientos sociales extrapartidarios.

Incluso la agrupación Partido Encuentro Social, de base religiosa evangélica, que acompañó al PRI en una alianza para ganar el año pasado el crucial estado de México por tan solo tres puntos de ventaja a la candidata del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) de López Obrador, se terminó convirtiendo en aliada con el favorito izquierdista.

Su ventaja inicial que colocaba al exministro como el más probable contendor de López Obrador, se fue desvaneciendo.

Terminó desplazado al tercer lugar por Anaya, un joven empresario del partido Acción Nacional (PAN centroderecha) que logró conformar una variopinta coalición que junta además al partido de la Revolución Democrática (PRD, centroizquierda) y al centrista Movimiento Ciudadano.

El Gobierno federal trató de respaldar la campaña de Meade con la difusión de los resultados económicos de los últimos 20 años.

La publicidad gubernamental destacaba que México ha logrado alcanzar “una sólida fortaleza económica, además de consolidar una economía abierta, dinámica y más competitiva, como un competidor global en sectores estratégicos, como el automotor, el electrónico, el agroindustrial y el aeronáutico”.

Sin mencionar su nombre, Peña Nieto insistió que las elecciones eran una oportunidad para que el próximo presidente “siga fomentando el crecimiento y darle un impulso sin precedentes, consolidar una base productiva más eficiente y encaminarnos a un desarrollo más incluyente en los siguientes años”.

El mandatario no pudo ocultar, no obstante, que el regreso del PRI a la presidencia en 2012 no resolvió “grandes asimetrías y lacerantes desigualdades que aún es preciso superar”.

Para eso llamó a lograr “una distribución más equitativa de la riqueza y de los beneficios del desarrollo, pues un crecimiento sin inclusión no es aceptable”.

Heredia estima que “ese mensaje gubernamental llegó demasiado tarde, ante una pregunta simple y demoledora que se ha generalizado: ¿por qué no lo hicieron antes?”.

Asimismo, Meade también se vio afectado por algunas revelaciones que mencionaron su nombre en un caso de favorecimiento en la adjudicación de contratos a una filial de la multinacional brasileña Odebrecht durante el anterior gobierno.

Consciente de que el tema de la impunidad es una pesada herencia, Meade insistió en una línea de su programa contra ese problema: “impulsaré un código penal único para que los delitos que más lastiman se castiguen igual; esto es: el robo, la extorsión, el feminicidio y el homicidio”, aseguró.

“Los delincuentes no respetan fronteras entre estados, para ir tras ellos, la ley tampoco lo hará” rezaba su publicidad.

Otras propuestas, como la de crear una agencia gubernamental de investigación especializada en esos delitos, además del secuestro y la trata de personas, y cuadruplicar la capacidad de investigación del Estado, también se enfrentaron con la misma pregunta.

¿Por qué no se implementaron esas acciones los dos gobiernos en los que participó?

La interrogante siempre quedó sin respuesta convincente.

Las elecciones se celebrarán el próximo 1 de julio.

Sputnik

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