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Erdogan, nuevo super presidente de Turquía

Recep Tayyip Erdogan se ha convertido en el primer super presidente de Turquía y además ha consolidado su poder con una llave extra, pues su formación política, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), seguirá controlando el Parlamento nacional o Meclis, gracias a una alianza con los ultranacionalistas.

Por Francisco Herranz*

La fragmentada oposición, personificada en el candidato y diputado Muharrem İnce, se las prometía felices, pensando que su apoyo popular iba a ser suficiente para forzar una segunda vuelta en las elecciones presidenciales celebradas el domingo 24 de junio. No fue así. Erdogan logró el 52,6% de los sufragios frente al 30,6% de İnce.

¿Cuál es el secreto del éxito de este político de 64 años, nacido en un barrio de Estambul? Su poderosa conexión con el pueblo, una circunstancia muy constante si se tiene en cuenta que su partido lleva ganando todos los comicios celebrados desde 2002, salvo las legislativas de junio de 2015, que se repitieron en noviembre de ese año ante la imposibilidad de formar un gobierno de coalición y que le dieron de nuevo la mayoría absoluta al AKP. Esta formación ha perdido un 7% de votos con respecto a entonces, pero sigue siendo el grupo más votado por los ciudadanos.

Todo esto supone la culminación de un sistema que se ha ido engrasando durante los últimos 15 años. La difícil situación económica y las detenciones masivas de periodistas, militares y otros grupos sociales sospechosos de participar en el fallido golpe de Estado de julio de 2016, no han sido razones suficientes para apartar a Erdogan de la cima, pero han polarizado aún más a la sociedad.

Tras los cambios constitucionales refrendados por el pueblo en abril de 2017, Erdogan podrá elegir ministros y vicepresidentes sin consultar al Parlamento, puesto que el cargo de primer ministro ha sido suprimido. El presidente va a concentrar más poder en sus manos y controlará hasta la política presupuestaria de este extenso país —783.000 kilómetros cuadrados— habitado por 80 millones de personas y situado en la encrucijada de Europa y Asia. Los inversores, especialmente los extranjeros, pero también los nacionales, temen que el banco central turco pierda su independencia y que la política monetaria poco ortodoxa aplicada por Erdogan suma a Turquía en una temible recesión. El país sigue creciendo — un 7,4% en 2017— pero los desequilibrios fiscales, el fuerte endeudamiento de las empresas del sector privado y la constante depreciación de la lira turca frente al dólar estadounidense —más del 240% en cinco años— no promueven el optimismo.

La victoria de Erdogan tendrá importantes consecuencias en el Viejo Continente. Las relaciones entre Ankara y Bruselas seguirán siendo bastante complejas. El ingreso en la Unión Europea, un viejo deseo siempre prometido, se antoja ahora más lejano que antes.

Reforzado en sus funciones y legitimado en las urnas, el flamante jefe del Estado no evitará la retórica desnuda y a veces agresiva que suele emplear hacia sus vecinos y socios. Muchos votantes le han reiterado su confianza precisamente porque se identifican con la Turquía que él mismo representa: fuerte e independiente. Nace pues una super presidencia, una institución blindada frente a una posible destitución,que necesitaría los votos de los tres quintos de los diputados (360 escaños) del Parlamento para poder hacerse realidad.

También es cierto que desde que él llegó al poder, el Producto Interior Bruto (PIB) por habitante de Turquía se ha multiplicado por tres y que el país, destacado miembro de la Alianza Atlántica, se ha transformado en un actor de primer orden de la escena regional que busca sus propios intereses.

El exalcalde de Estambul seguirá siendo la máxima autoridad estatal cinco años más, hasta 2023, fecha en la que se cumplirá el primer aniversario de la fundación de la República de Turquía por Mustafá Kemal, Atatürk.

El color naranja, símbolo del partido de Erdogan, ha sido el mayoritario en toda la península de Anatolia si se exceptúan las zonas del sureste, donde el pro kurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP) afianzó su hegemonía al superar la barrera del 10% de los votos nacionales que da acceso al Legislativo; y la costa mediterránea y Tracia, región fronteriza con Grecia, donde el socialdemócrata y laico Partido Republicano del Pueblo (CHP) fue el más votado.

Cierta prensa occidental no oculta su abierta animadversión hacia el presidente turco. El diario británico The Guardian escribía lo siguiente en un comentario: “Erdogan es un político que desarrolló un partido, se convirtió en ese partido y ahora está en proceso de convertirse en Estado. En 2003 se vendió a sí mismo como un tecnócrata, antes de ponerse el atuendo islamista. Erdogan puede estar comprometido con los símbolos del Islam, pero parece mucho más comprometido consigo mismo […] Habría sido mejor que Erdogan hubiera ejercido el cargo de presidente de Turquía tradicionalmente ceremonial y que hubiera apadrinado a una generación más joven”. Muy duras palabras.

El New York Times también editorializaba con vehemencia sobre este asunto. Y ya solo el título era muy provocador: “Erdogan no ha matado la democracia en Turquía todavía”. El artículo suscrito por el editor y el director del influyente periódico neoyorquino criticaba su “comportamiento autoritario” e “imperial” y sus “esfuerzos determinantes” para “corromper el sistema” con el plan de ser “un sultán otomano moderno”. Así mismo reprobaba sus relaciones amistosas con Rusia, que le va a suministrar sofisticadas baterías de misiles tierra-aire S-400 no integradas en la estructura militar de la OTAN, y sus habituales roces con Estados Unidos a propósito de los kurdos en Siria e Irak.

El protagonista de esta historia parecía poco afectado por las reacciones que levanta su triunfo. “Hemos recibido el mensaje que nos han dado las urnas. Lucharemos incluso más con la fuerza que estas elecciones nos han proporcionado”, declaró en Ankara ante miles de simpatizantes. Después de puntualizar que Turquía era “un ejemplo para el resto del mundo”, se comprometió a “combatir a las organizaciones terroristas”, “a continuar luchando para hacer más libre la tierra siria” y a aumentar el “prestigio internacional” de la nación.

*Sputnik

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