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PRI: ¿Cuál control de crisis?

No. No entienden. Nada parece que ocurrió al Partido Revolucionario Institucional que se supone que debiera comenzar el control de crisis; de su crisis, y comenzar a recoger los pedazos que quedaron esparcidos por aquí o por allá luego del famoso “tsunami López Obrador”.

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx

Todavía hace unas semanas suponían que podrían remontar los presagios que auguraban una pérdida electoral monumental. A principios de mayo quitaron a Enrique Ochoa Reza de la presidencia del partido y se la devolvieron a un priista, René Juárez Cisneros, quien gobernó Guerrero  de 1999 a 2005 y quien es parte de esa estirpe de priistas de viejo cuño.

Pero ya nada se podía hacer. Las cartas ya estaban echadas desde hace mucho tiempo. Desde hace poco menos de seis años, en 2012 cuando ganaron la elección presidencial y estados y municipios y legisladores. Pero desde entonces comenzaron a ser excluidos de sí mismos y del gobierno al que llegaron después de doce años de un panismo incoloro-insaboro-descafeinado y  muy dañino.

Aquel año se dijo que la mayoría votó por el Revolucionario Institucional, el partido que había hecho una campaña extremadamente costosa y beligerante: “AMLO es un peligro para México” fue la consigna para descalificar al candidato de la oposición que mostraba una fuerza creciente entre electores a los que el PRI descuido no sólo como partido, sino como gobierno.

En estos años, los priístas, todos, dejaron hacer. Dejaron pasar. Permitieron que en su nombre se gobernara bajo una regla única de poder único. Y cuando esa regla los rebasó no dijeron nada: si había quejas casi silenciosas pero todos –o casi todos- fueron obedientes hasta la ignominia.

Al final la hecatombe: AMLO 53.19% de la votación para ser presidente; Ricardo Anaya 22.27%; José Antonio Meade (PRI) en un lejísimo tercer lugar con apenas 16.40 de los votos y un señor al que apodan “El Bronco” que corrió con el membrete de la independencia consiguió 5.23% apenas.

Por supuesto hubo un primer rasgo de dignidad democrática cuando el señor Meade salió poco después de las 8 de la noche del 1 de julio para reconocer que “los resultados de la elección no le eran favorables”. Esto levantó la mirada de muchos hacia la figura del candidato que fue impuesto ahí, que no tenía piernas de jinete para una contienda de este tamaño con un adversario de tal tamaño y, sobre todo, con un gobierno que no le ayudaba en nada…

Pero los resultados están ahí. Son irremediables. En adelante la dirigencia priísta habló de un fracaso inesperado; habló de errores de estrategia; dijo que su opositor tenía todo a su favor, incluso el despecho e indignación de millones de priistas que decidieron castigar a su partido.

Y, decíamos, comienza el control de crisis. ¿Pero deveras quieren controlar la crisis: su crisis?

Parece que no. Parece que no entienden el mensaje de sus militantes y de los que alguna vez fueron sus simpatizantes. Incluso, gente del gobierno priista votó en contra del PRI. Es tal el grado de enojo y desahogo de quienes fueron excluidos y castigados todos estos años.

¿Deveras quieren controlar la crisis? Si es así, por qué entonces a la renuncia a la presidencia del PRI de René Juárez Cisneros, el 16 de julio, ‘alguien’ impuso como presidenta del tricolor a Claudia Ruiz Massieu, sobrina de Carlos Salinas de Gortari, hija de un priista muerto de forma trágica, José Francisco Ruiz Massieu y de Adriana Salinas de Gortari.

Independiente de sus lazos familiares o aun capacidades académicas y experiencia como legisladora o Canciller mexicana… ¿Deveras piensan los priístas de todo el país, de todas las escalas, de todas las cuadraturas federales y estatales o municipales que será ella, la señora Ruiz Massieu,  quien habrá de rescatar  a ese PRI que lanza estertores de dolor?

A su renuncia Juárez Cisneros dijo: “»La transformación que requiere nuestro partido debe de ser del tamaño que fue la derrota»,  y preguntó si el electorado: «¿Nos cambiaron porque no cambiamos?» Sí. Por eso y más: Por cosas como las aun hacen: la imposición, la falta de democracia, la ausencia de consulta e inclusión de los priistas de todo nivel y en todo el país.

Junto a la señora Ruiz Massieu va como secretario general del PRI el ex gobernador de Coahuila, Rubén Moreira Valdez (2011–2017), quien entre dimes y diretes cedió los trastos de gobierno al priista Miguel Riquelme Solís…

Y de vuelta a lo ya caminado. Y de vuelta a mirarse en un espejo engañoso. Parece que ahí no pasó nada, pero pasó todo: un 16 por ciento de la votación presidencial es nada comparado con todo aquello que fue, que pudo ser y que ya no es…

Si quiere recuperar el aliento el PRI deberá hace cambios drásticos, definitivos, claros y cordiales para los priístas que aún quedan, y para los mexicanos que ahora miran hacia otro lado.

Con decisiones como las que se vieron el 16 de julio poco se puede esperar de una recuperación política y electoral del PRI.

¿Acaso deveras se quieren recuperar o están decididos a desaparecer como PRI y transformarse en otra entidad política en tiempos de crisis de partidos?

Ya lo veremos. Pero lo que sí se ve ya es que “nada le han enseñado los años; siempre caen en los mismos errores…”

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