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Countdown for the Ceo’s government

La mañana del jueves 30 de agosto pasado, nublada y fría, no deparaba ni un tenue rayito de sol que sirviera para calentar, siquiera un poco, los desangelados días de un pueblo absorto,  que contemplaba, esa mañana, ahíto de impotencia triste, cómo un grupo de sinvergüenzas, a los que alguna vez imaginó idóneos para gobernar el país de los argentinos, derrapaban, una y otra vez, en la mancha de aceite de su propia ineptitud, fruto podrido, esa inepcia, de la única vocación con que transitan por el mundo: comerciar y ponerle precio hasta a sus mujeres si ello pinta negocio pingüe.

Por Juan Chaneton*

Uno de éstos salió a decir, esa mañana raída y gris, que «… no estamos ante un fracaso económico…», con lo cual confirmaba ese fracaso. El dólar, que había cerrado a $ 34,50 el día anterior, se movía por encima de los $ 41 media hora antes de las tres de la tarde, que es la hora en que se cierra la actividad bancaria para la gente honrada. La tasa de referencia interbancaria fue subida al 60 %, decisión de un presidente del Banco Central que el día anterior había sido insultado por el público en un restaruante del barrio de Palermo. También el día anterior el ex presidente interino Eduardo Duhalde, peronista «racional»,  había dicho que Macri «no tiene capacidad para ser presidente». Y el diario El País, de Madrid, titulaba, siempre en aquella mañana mustia y melancólica: «Argentina busca frenar el desplome del peso a la desesperada». El órgano del grupo empresarial Prisa agregaba que con esa tasa de referencia la Argentina estaba superando, por lejos, al peor del mundo, Surinam, que la ubica en el 25 %.

El actor central de esta opera bufa era, esa mañana, «el mejor equipo de los últimos 50 años», que ese fue el autoelogio que se concedió Macri cuando asumió en diciembre de 2015.  Así, la obscenidad luce como una marca de identidad de este gobierno. Un hombre sin atributos, elegido por el pueblo para ocupar la presidencia de la Nación, sorprendido in fraganti cuando pretendía robarle 70 mil millones de pesos al Estado que él mismo venía a presidir; con su dinero familiar escondido en esos remedos de la cueva del bucanero que son las guaridas fiscales en países oscuros; rodeado por hombrecillos sin encanto ni presencia  -como el periodista Dujovne- que  denuncia un baldío como domicilio para no pagar el impuesto por alumbrado, barrido y limpieza y que le pide, ese mismo cazurro, al pueblo argentino, la confianza en el país que él no tiene porque también esconde afuera sus repugnantes millones; estos parias de la moral y las buenas costumbres a quienes les da también de su luz, de su mortecina luz, un hombre que vive del negocio familiar del acaparamiento de los alimentos en un país en el que demasiados niños beben té negro por las mañanas como único desayuno, el así llamado «jefe de gabinete», a él nos referimos; todo ello, en fin, filtra de soslayo hasta en el imaginario mejor predispuesto una figuralidad plástica que parece urdida con la escatológica materia de un cuerpo en descomposición.

Pasó la mañana y el día entero, llegó el «finde» y en pleno finde Olivos era, el domingo 2 de septiembre por la tarde, un hervidero de tilingos, una ratonera en la cual se hallaba inmovilizado un gobierno a la deriva que negociaba con el socio radical para obtener un poco de estabilidad, sin reparar, ese gobierno asediado por su propia inepcia, en que reclamarle estabilidad a un partido cuyo último período de gobierno completo ocurrió en 1922 era, a esa altura de la soirée, la medida de su impotencia.

El lunes amaneció también nublado, con el dólar a 39,50 a las 12.30 del mediodía y con  novedades que brillaban por su ausencia pues todos los canales de televisión se preguntaban cuáles eran la medidas que se habían tomado en Olivos que supuestamente deberían marcar la diferencia entre este presente de catástrofe y un futuro de incertidumbre.

Lo que se anunció fue calificado por una de las centrales obreras (CTA de Pablo Michelli) como «más de lo mismo» y por la Confederación General del Trabajo (CGT) como una tomadura de pelo que ameritaba considerar el adelantamiento del paro general dispuesto para el 25 de septiembre.

Es que lo que se había anunciado era una reducción de ministerios; un aumento de la Asignación Universal por Hijo (AUH) a $ 1200 para septiembre y diciembre; una vuelta al régimen de retenciones a las exportaciones del complejo sojero que consistiría en una suma fija en pesos por cada dólar exportado, con lo cual retener hoy 4 $ por dólar es una cosa y retenerlos en diciembre es una burla por cuanto la inflación licuó el valor del peso; se le cambió el nombre al ministerio de Hacienda que ahora se  pasa a llamar Economía absorbiendo el área de Energía. Sigue allí Dujovne, pues el gárrulo Melconián (ex presidente del Banco Central) no quiso saber nada de hacerse cargo del muerto que le ofrecían; también sigue Faurie en Exteriores y no Prat Gay como se había rumoreado el domingo por la noche, pero ello era número puesto por cuanto la función de ese ministerio hoy en la Argentina es trabajar junto a Brasil y Colombia en el golpe de Estado en Venezuela, invasión incluida, y esto lo está haciendo bien el nombrado Faurie.

En suma, está haciendo agua un proyecto psicótico que no advirtió que la realidad mundial había cambiado y que, por ello, no era razonable salir por el mundo a reclamar tratados de libre comercio en un contexto de lenta transición hacia el proteccionismo. Ese protecconismo tiene una cara monetaria que la Reserva Federal de los Estados Unidos expone con crudeza cuando aumenta las tasas y los dólares del mundo tienden a ser aspirados en esa dirección. Los que sufren, así, son los llamados «emergentes» como, por caso, Turquía y la Argentina, cuyas monedas se han desplomado.

El estatus de país a la deriva a que nos ha conducido la «administración» de Mauricio Macri se exhibe con la trágica evidencia del desconcierto, pues se recurre a medidas que ayer se denostaban como «populistas», cuando, en realidad, ayer tenían sentido pues eran coherentes con el modelo de país que se había adoptado, pero que hoy carecen de lógica pues se limitan a repartir un poco de dinero para evitar la violencia social en cierne, mientras sigue la fuga de dólares y se dispone ajustar los salarios y despedir trabajadores en el marco del achicamiento del Estado. Esto lo hace sólo un gobierno que ha perdido el rumbo, por lo cual es razonable suponer que octubre de 2019 es una fecha demasiado lejana para las urgencias de los votantes,  y ya ha habido voces  -como la de la diputada María Emilia Soria- que han pedido que Macri «dé un paso al costado».

En este punto, no es posible prognosis alguna. Por un lado no sería la primera vez que la desesperación social tumba un presidente. Pero, en simultáneo, hay que considerar que la débâcle argentina está ocurriendo cuando Estados Unidos necesita a Macri en el gobierno por lo menos hasta la reunión del G 20 de noviembre próximo; y por otro lado, Argentina es un peón importante en la inminente transición al teatro de operaciones de la agresión contra Venezuela.

En efecto, a estas horas Colombia está ultimando detalles en la logística de sus emplazamientos militares en la frontera con el país de Simón Bolívar, algo que también hace Brasil.  Venezuela se defiende de la agresión convocando a sus milicias para, unidas a la FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana), jugar en el teatro la concepción de «guerra del pueblo, ejército del pueblo», de raigambre vietnamita. La Argentina  juega un rol político «estelar» en ese movimiento de agresión imperial. Un Macri exitoso en el plano interno pudiera mejor jugar ese rol de «liderazgo» político regional que uno fracasado, pero no siempre las cosas salen como se quiere y algunas veces salen como se puede. No le han salido óptimos los planes al imperio en este punto.

Este enfoque regional es menos una digresión que el indispensable contexto en el cual hay que entender la nueva crisis burguesa argentina. Y se trata de una crisis que incluye la ideología de los actores. A las dos y media de la tarde del lunes 3, la comedia de enredos asumía el perfil bufonesco. La diputada macrista Elisa Carrió decía, por canal TN, que «…a nosotros, los golpistas nos sacan de la Casa Rosada como a Allende de La Moneda…». A lo que parece, las regularidades de la historia también suelen atravesar el imaginario de los protagonistas de la decadencia. Como Nicolás II pero sin su grandeza, Macri también tiene su Rasputín, sólo que bifurcado en una teratológica mascarita de dos cabezas: Carrió y Durán Barba, que el mérito de este último para asimilarse al degenerado monje fue haber asegurado, en su momento, que  «… Hitler era un tipo extraordinario».

Así las cosas y con final abierto en la coyuntura, han pasado inadvertidas, en medio de la confusión generalizada, dos medidas del gobierno argentino que vale la pena destacar. La primera: Argentina gastó 12 millones y medio de dólares en cinco aviones Super Etendard que le compró a Francia. Iban a ser usados para la seguridad de los asistentes a la cumbre del G 20 en noviembre, pero no tendrán ese destino pues hay que gastar otros cinco millones de dólares más en… repararlos. Fue una decisión tomada por el mejor equipo de los últimos 50 años. Otra: el pasado 31 de agosto, Macri decidió perdonarle una deuda a Molinos Río de la Plata de 70 millones de dólares. Molinos es de la familia Pérez Companc. Son dos mil ochocientos millones de pesos hasta dentro de media hora, pues el dólar en la Argentina y por obra del «mejor equipo»  es, como la donna è mobile qual piuma al vento. El pacto con el Fondo es para descargar el ajuste brutal contra los trabajadores, no contra el bloque burgués dominante.

Tal vez haya empezado la cuenta regresiva para el gobierno de los «Ceos», como sugiere el título de esta nota. Es una alusión a la letra de The final countdown, un opus de la banda sueca Europe en los finales ’80 del siglo XX. Ellos dicen que empezó la cuenta regresiva y no se sabe muy bien para quién empezó esa cuenta, sólo se sabe que se van de la Tierra porque ésta se ha vuelto irrespirable de locura, de dolor y de muerte. Es muy bueno el tema y eran muy buenos los jóvenes de aquellos ’80. Tanto lo eran que, en su despedida, dicen que «no hay a quién culpar» de la catástrofe que se avecina. Es nuestra única diferencia con los Europe. Nosotros sabemos muy bien a quién culpar de nuestras propias catástrofes, que no de nuestros errores, que éstos son intransferiblemente propios y aun hoy los cometemos, a veces sin querer y contra nuestros propios amigos, y a veces es tarde para remedios y otras veces, eso deseamos, tal vez no lo sea. De este laberinto sólo se sale con unidad y  -contra la lógica de los laberintos- por abajo.

*jchaneton022@gmail.com

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