Rumberas arrepentidas “Vende caro tu amor, aventurera…”

Es ella. La inmarcesible. La retadora de la vida. La orgullosa de sí y ausente de todos. En su rostro hay pesar, pero también dignidad y reto. Entra vestida en su traje refulgente de brillitos, exactamente ajustado a su colosal figura femenina…

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx

Entra al salón de fiestas en donde hay humo de cigarros y mesas con vino y a las que hay parejas indiferentes que se abrazan en tanto que ella pasa, camina lento, fuma… se recarga en una columna para lucirse toda ella, retoma el paso archi-sensual, cruza el salón, la cámara sigue sus caprichos…

… Fuma y escucha, mira alrededor con desdén, no le importa… Su belleza contrasta con la rigidez del lugar en donde todo es ella. Pedro Vargas la ve pasar y sigue describiéndola porque para ella se hizo el himno de su vida azarosa: “Vende caro tu amor, aventurera, dale el precio del dolor, a tu pasado, y aquél, que de tu boca la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado … Has menos escabroso tu camino: vende caro tu amor, aventurera…”.

Y nuestros padres rechinaban los muéganos con más fuerza, apretaban las palomitas hasta dejarlas estranguladas, la nieve de limón se derretía y todo desde las butacas estaba en el cabaret aquel mientras que el de los “chicles-cocolates-mueganos-pepitas…” guardaba silencio respetuoso y lascivo: todo junto… Luego, como si un coro fuera, se escucha un suspiro total… Es que finalmente había ganado la gloria Ninón Sevilla, la “Aventurera” más emblemática de todas las aventureras…

Digamos que esta película de 1950 dirigida por Alberto Gout fue la cúspide de un cine mexicano al que se denominó de “rumberas”. Aunque ciertamente lo de la rumba era la cereza de un pastel en el que aquellas cintas debatían la vida de mujeres que habiendo sido pudorosas, por azares del destino caen en la desgracia de volverse “cabareteras” y que por lo mismo, tenían que vender caro su amor en sórdidos cabarets urbanos. Porque eso es: aquel cine rompía con el antecedente de las películas nacionalistas, de charros tomadores y valientes a carta cabal…

Las de ‘cabareteras’ eran otra cosa y otro cine. Digamos que una aportación mexicana al cine internacional luego de la Segunda Guerra Mundial. Porque precisamente su auge comienza en los cuarenta y concluye en los cincuenta: toda una época vertida en llanto y en música y en pasiones desenfrenadas que hacen de este género una forma de cine negro mexicano, con tono melodramático, muchos conflictos de clase, mucho desprecio social, y canciones y rumbas sin fin.

Digamos que en eso de ‘mujeres de la calle’ ya había antecedentes en México. Por ejemplo aquella sórdida “Santa” de Antonio Moreno, en 1931 en la que Lupita Tovar (Santa) encandila al ciego pianista del cabaret (Carlos Orellana) que a pesar de su propia tragedia sabe que Santa es una santa y todo termina en tragedia y dolor… Como la también famosa “Mujer del puerto” que filmó en 1933 Arcady Boytler y que se basa en un relato de Guy de Maupassant y en el que Andrea Palma es la prostituta que encuentra el amor y sin proponérselo comete incesto… Un tema escabroso y que levantó ámpula entre las buenas conciencias de la época, por ser esa época, precisamente, aun así, luego hubo una buena cauda de cine “pecaminoso” hasta llegar al Cine Negro de rumberas mexicano, que tiene su levante en los cuarenta y atrae al país a una gran cantidad de bailarinas cubanas que aquí se hacen actrices por obra y gracia de un director de cine nacido en España y radicado por años en Cuba: Juan Orol, el del cine ultra-surrealista…

[… Como aquella escena de  “Gangsters contra Charros” en la que los adversarios se disparan a través de una ventana, caen muertos algunos, y los cristales de la misma ventana nunca se rompen… O aquella escena en donde la acción se ubica en Shanhai, pero cruzan camiones que dicen “Algarín-zonas urbanas”… O como cuando una bella mujer es perseguida a través de selvas y pantanos, ella corre-huye-se desespera, sus zapatos de tacón alto no son impedimento y llega al cabaret de prisa y nada, que como si hubiera salido apenas del salón de belleza… Todo Juan Orol.]

Ya afincado en México, Juan Orol trae a María Antonieta Pons que inicia este cine melodramático-erótico-pecaminoso-redencionista con “Siboney” que dirige Orol, quien sería su esposo. En adelante se encontró la ruta para un cine al mismo tiempo económico, como también vistoso y meloso-carameloso-lujurioso-lloroso.

Pero ya se ha dicho que el auge de este tipo de cine de cabareteras siempre arrepentidas por sus pecados cometidos, va de 1946 a 1952, que es precisamente el gobierno de Miguel Alemán. Por aquellos años hay el surgimiento de una vida nocturna en la ciudad de México y en otras capitales importantes del país que antes se había contenido. Restaurantes, centros nocturnos, cabarets, música, cierta algarabía y diversión hacían proliferar lugares de esparcimiento de todos colores y sabores en las urbes nacionales.

Hubo una especie de simbiosis: cine de rumberas-vida nocturna urbana en México. Ambos se alimentaban en momentos en los que el mundo quería desahogo luego de la gran conflagración mundial y a pesar de las quejas y gritos y maldiciones de los y las integrantes de la vela perpetua nacional.

Así que de pronto el cine mexicano pasó poco a poco del campo a la ciudad y en el que las reinas de la pantalla eran hermosas mujeres, de cuerpos mandados a hacer de forma artesanal, que movían las caderas de forma intermitente y erótica a ritmo de rumba cubana, luego de mambo o chachachá o guguancó o calipso, todo ahí era ritmo frenético, ropa mínima con lentejuelas interminables, tocados a lo Carmen Miranda, colas de vestido que se movían al compás de las caderas más sofisticadas del cine mundial…

Pero esas mismas mujeres que fueron María Antonieta Pons, Meche Barba, Rosa Carmina, Mary Esquivel, Amalia Aguilar y la emblemática Ninón Sevilla tenían una vida triste-dolorosa-infame-… siempre víctimas de su fatal destino. Siempre alejadas de la falsa sociedad por la sociedad misma. Mujeres que deploraban su condición de prostitución para recordar tiempos en los que pensaban que la vida era limonada de naranja.

Así que de pronto había películas absolutamente determinantes: “Aventurera” –decíamos-; “Hipócrita”, “Perdida”, “Víctimas del pecado”, “Cabaret Shanhai”, “Humo en los ojos”, “Cortesana”, “Amor de la calle”, “La bien pagada”, “Si fuera una cualquiera”, “Ambiciosa”… y tantas más en las que el público urbano se solazaba… O la enorme “Salón México” del Indio Fernández (1949).

Aunque también en provincia se cocían las habas. De pronto en cines locales se exhibían las películas para adultos “mayores de 21 años”. A los que acudían espectadores que buscaban el sosiego y la paz espiritual en los bailes de María Antonieta Pons o en “La múcura” de Ninón y en los pasitos de puntillas de Meche Barba y así… Todo por conocer sus historias trágicas y la manera como habrían de redimirse de esa vida pecaminosa y obscura…

Porque eso pasaba: la mayoría de ellas se redimía a la manera de Fausto: el arrepentimiento siempre es –se moraliza ahí—la redención de los pecados. Y la mayoría de ellos volvían al carril de origen, con esto se daba por terminado el debate con los ultraconservadores de aquellos años que exigían el retiro de estas películas que “incitan a la degradación humana y exaltan el pecado”.

Pero también hay ahí, en ese cine, un retrato de una ciudad de México que comenzaba a crecer y a exigir otra visión de su propia vida, y la exposición de sus libertades. Se ve ahí una forma de vida, pero también una forma de enfrentarla y de contradecir a quienes pensaban que el mundo se resumía en que la vida íntima es eso mismo: de puertas para adentro. Fueron películas de contenido social porque exponían las contradicciones de un país que pasaba por una racha de conservadurismo que olía a bolitas de naftalina.

Y era un despertar de muchos al mundo-mundano. Quienes eramos niños por entones –que es cuando era virrey de la Nueva España don Antonio de Mendoza— y vivíamos en pequeños poblados del país, pueblos luminosos y con floresta y arroyos cantarines, recibíamos cada semana al hombre del cine que llegaba con su camioneta casi desvencijada y que pedía permiso en un gran patio en donde colocaba enormes sábanas a modos de pared, ‘con banca a cinco pesos, sin banca a tres pesos’…

Y de pronto, el anuncio de la película del sábado. Para niños de las cinco a las 8 de la noche: “Pulgarcito y el Ogro feroz”… “Caperucita roja”… “Las rosas del milagro”… Y a partir de las 8.30: ¡tan-tan-tan-tan! Cine para adultos –mayores de 21 años-. La película podía ser “Aventurera” o “Hipócrita” –‘sencillamente hipócrita-perversa-te burlaste de mí…’. Y ahí acudían los adultos, señores y señoras…

Pero los que se suponía que ya estaríamos dormidos soñando con Caperucita Roja, pues nada, que nos las ingeniábamos para hacer huecos en las telas aquellas y de forma subrepticia veíamos a aquellas mujeres, aquellos bailes, aquel dolor interminable por el pecado interminable…

… Y música-música-musica… bailes de aquí para allá y de allá para acá: todo caderas y rumba y lentejuelas, canciones… De pronto, el malo atraía a la muchacha que se había perdido en el camino. La golpeaba. Y le exigía. Y de pronto la abrazaba y de pronto… Otra escena. A otra cosa. A veces la vida no es tan explícita.

El cine mexicano de rumberas se ha convertido en cine de culto. Hoy aquellas películas son recuerdo de una época y de una forma de vida, de una forma de entenderse en ella y retratarse para la memoria sin olvido. Son, aunque no se crea, arte.

Francois Truffat

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