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La vida en México en 1968 ‘Nos quedamos solos, como cada noche’

Para la década de los sesenta, los mexicanos veníamos de la modorra y aburrida generación casi silenciosa, como fue la de los cincuenta. Esto no significa que por entonces no hubiera idealistas que presagiaban cambios a pesar del régimen duro y arcaico como era el que se vivía entonces: el régimen de la Revolución Mexicana.

Por Joel Hernández Santiago*

*jhsantiago@prodigy.net.mx

Las luchas de reivindicación laboral en México dieron un serio  llamado de atención popular al finalizar los cincuenta con el movimiento ferrocarrilero, los maestros y los médicos. Éstos se “atrevieron” a poner en entredicho la justicia política y social del monolito gubernamental que asumía los mandamientos de Carranza y Obregón, haciendo el feo a los de Zapata y Villa.

Aromas de cambio se percibían en el ambiente, a pesar de que los primeros años sesenta los muchachos venían de hogares en donde la disciplina era férrea y la obediencia un sacramento.

Pero al iniciar 1968 algo se gestaba… los ‘aires de libertad’ se percibían sobre todo en la música como expresión de desahogo.

Ese año, por ahí y por allá todavía se escuchaban los famosos boleros “de siempre”; Los Panchos seguían pregonando que “sin ti, no podré vivir jamás…” y Los Diamantes acusaban que “Usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos” en tanto que los Dandys juraban y perjuraban que “Tú, como piedra preciosa, como divina joya, valiosa de verdad…”

Las rancheras aun eran el himno nacional bravío y cotidiano: “Ya agarraste, por tu cuenta las parrandas…” entonaba la gran Lola Beltrán; “Dicen que por las noches nomás se le iban en puro llorar…” aun recordaban a Pedro Infante que había muerto en 57 pero que era “el Rey” por entonces, así como Miguel Aceves Mejía que seguía al pastor con su rebaño, al despuntar la mañana…

Las familias ‘burguesas’ escuchaban por entonces a Frank Sinatra, Edith Piaf, Ray Conniff, Ray Anthony y de ahí para adelante: música ligada a su recuerdo.

La XEW, la XEQ y la XEX partían el queso en eso de las transmisiones a todo el país y eran las reinas del cuadrante, mientras que le televisión se hacía cada vez más popular comprándola en abonos: “con antena, póliza y regulador” y en la que se transmitían programas en los que estaban Régulo y Madaleno con Daniel Pérez Arcaraz y se veían series como “Hechizada”, “Mi bella genio”, “El super agente 86”…

Claro, había música tropical, la de Pérez Prado era ineludible; se escuchaban cumbias colombianas… “…ah-ah-ah… al sonar los tambores… que mi pollera colorá-pa’llá-pa’-cá” y hasta a la Santanera seguía con “Es la boa… -los que me faltaron ya saben ya saben…”

El 68 comenzó bostezando, pero despertaba ya.Porque a los muchachos eso de los boleros, las rancheras y las cumbias les gustaban, pero ya querían otra cosa y la persiguieron. Ya desde principios de los sesenta irrumpió en México esa “música diabólica” –decían los padres, de los Beatles–. Para 1968 no sólo estaban de moda en sus canciones, sino en su forma de vestir y de interpretar una música que refrescaba el ambiente y tiraba la polilla.

Claro, con los Beatles y The Animals y The Doors que llegaban de fuera, aun se suspiraba con la gran Novia de México, Angélica María con aquel  cover “Nos quedamos solos, como cada noche…” O César Costa que suspiraba con “Acurrucadita aquí, tener tu boquita así…” o Enrique Guzmán con su “Acompáñame… porque puede suceder…” y Alberto Vázquez o Manolo Muñoz que hacían de las suyas en los cuadrantes radiofónicos.  Nuestras estrellas de rock mexicano de entonces habrían de convertirse en actores de películas en donde los muchachos eran unos rebeldes sin causa alguna, al modo de “Los falsos héroes” o “Juventud desenfrenada”… ya así.

En 1968 México tenía 48 millones de habitantes, siete millones de los cuales vivían en el Distrito Federal y anexas. El salario mínimo era de 32 pesos y el tipo de cambio del dólar se había estacionado en 12.50 pesos por cada ojo de gringa.

Los muchachos comenzaban a ser rezongones y libertarios. Los padres se quejaban de ese cambio por influencia de la música, las películas ‘libertinas’, y los libros ‘sin recato’.

Acaso se referían a que Rayuela de Julio Cortázar (1963) era devorada por jóvenes y su imaginario parisino en tanto que ya traían en las manos Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez que abrían las puertas del latinoamericanismo en el mundo y ponían el dedo en la llaga de la imaginación al poder.

O quizá Los relámpagos de agosto (1965) que se burlaba de los resultados de la Revolución, y ‘ponía en duda la legitimad del régimen imperante’ en tanto que La tumba (1964) de José Agustín ayudaba a imaginar el México “abierto al mundo”. El pregón libertario de Jack Kerouac se escuchaba desde la colonia Roma y en los pasillos universitarios se leía a Anthony Burgess y su Naranja Mecánica.

Pero los muchachos, sobre todo de las zonas urbanas, seguían su camino. Querían escuchar y que se les escuchara. Y crearon sus propias rolas y su ambiente. Lo que no podía ser de otra manera también en la moda de vestir y andar por ahí, pregonando a gritos la juventud reencontrada.

De pronto desde  Inglaterra Mary Quant envió una moda aterradora para las buenas conciencias mexicanas; era extremo, era como si el diablo se hubiera metido en el cuerpo de las muchachas que querían saberse a gusto con ellas mismas y que, por lo mismo, se atrevieron con la minifalda.

‘Eso de mostrar las corvas –decían los padres y las madres y los abuelos y las abuelas- era una incitación al pecado de una pecadora doméstica.’ Ellas, imperturbables salían modositas de la casa y a la vuelta de la esquina subían la falta ‘hasta más arriba del huesito’.

Ellos, los muchachos, oscilaban entre el pantalón acampanado y el pantalón ajustado. Ya nada de aquellos pantalones aguados con pincitas-monitas al frente y valenciana que juntaban pelusa. Nada: la mezclilla se adueñaba de sus vidas, y la terlenka de sus acampanados y sus ‘patas de elefante’. Y caminaban orondos y dispuestos a conquistar al mundo desde sus colores discretos hasta los sicodélicos: “Spill the wine, take that girl…” El movimiento hippie estaba a la vista.

Digamos que muchachos y muchachas se volvieron “extravagantes” según decía Agustín Barrios Gómez desde su “Ensalada popoff”.

Y peor aún porque se ponía de moda el corte de pelo a lo Beatle y a ritmo de “Hey Jude, do’nt make it bad, take a sad song, and make it better”; o de “I can’t get no, satisfaction… and I try, and I try…” the los Rolling o The Sky Pilot de Erick Burdon. Las melenas comenzaron a aparecer acá o allá. Era sí. Los padres veían azorados a sus hijos con ‘la pelambre’ y sin poder hacer nada porque muchos habían decidido cambiar ‘de pe-a-pa’.

Así que en 1968 una nueva radio repartía entre los jóvenes a Led Zeppelin, Black Sabbath, Deep Purple y hasta a Pink Floyd o The Doors, sin menoscabo de Los Hermanos Carrión, Los Rogers, Los Locos del Ritmo o los Hooligans que contribuían al cambio desde años atrás, aunque, justo ese año de 1968 aparecía en el mundo rockero mexicano ‘Three Souls in my Mind” y rondaba por ahí el gran Javier Bátiz y su ‘diabólico ritmo’, querido por los muchachos aunque haya venido de Tijuana para presentarse, primero, en el Terraza Casino de los ‘rotos fufurufos’ de entonces.

Pero en esas se andaba cuando ocurrían cosas en el mundo. Las noticias no podían ser más emblemáticas. Primero La Primavera de Praga. Esto es, el 5 de enero comenzó el movimiento de Checoslovaquia que sacudía la estructura del socialismo soviético. A este movimiento se unieron jóvenes como Milan Kundera y Václav Havel que apoyaba a Alexander Divcek “para instaurar el socialismo con rostro humano”. Luego el 20 de agosto de 1968 el país fue invadido por la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia.

El 4 de abril fue asesinado Martin Luther King, de 39 años y quien cuatro años antes había recibido el Premio Nobel de la paz por su lucha en contra de la segregación racial y los derechos civiles en Estados Unidos: “I have a dream” había terminado de forma trágica, pero heredando una cauda de pacifismo e igualdad aún vigente.

El 3 de mayo de 1968 comenzó en la Universidad de París (La Sorbona) una serie de protestas de grupos de estudiantes de izquierda contrarios a la sociedad de consumo y a cuyo movimiento se sumaron obreros industriales, sindicatos y el Partido Comunista Francés. ‘Fue la mayor revuelta estudiantil y la mayor huelga general de la historia de Francia, y posiblemente de Europa occidental, secundada por más de nueve millones de trabajadores’. El grueso de las protestas finalizó cuando Charles De Gaulle anunció elecciones anticipadas para el 23 y 30 de junio.

Ese mismo año, el 5 de junio, fue asesinado el senador y candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Robert Kennedy en su país.

Así que las noticias del mundo habrían de impactar en el carácter del movimiento estudiantil iniciado el 22 de julio de 1968, con el enfrentamiento entre alumnos las Vocacionales 2 y 5 del IPN y la preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la UNAM. El cuerpo de granaderos disolvió la confrontación, detuvo a varios estudiantes y entró a las instalaciones de la vocacional.

De ahí en adelante el movimiento estudiantil habría de convertirse en una movilización social y habría de transformar al país, aunque su costo fue vida de jóvenes que querían cambiar y que, por lo mismo, fueron asesinados por el gobierno mexicano de 1968.

La plaza de Las Tres Culturas permanece, desde entonces ensangrentada, pero espacio vivo del ideal de libertad, justicia, democracia y la voz viva de los jóvenes que siempre-siempre-siempre tendrán la razón en su ímpetu de cambio y de participación vital en un país que no puede dormirse en su gobierno: cualquier gobierno.

A un mes y diez días de la tragedia de Tlatelolco, el 12 de octubre, fueron inaugurados los Juegos Olímpicos de México: “México por la Paz”, o “Todo es posible en la paz”.  Como si nada hubiera pasado, todo había ocurrido… Y desde entonces el 2 de octubre no se olvida.

Y a partir de entonces comenzó a escucharse otra música y otras formas de decir las cosas, y fueron otros modos y otros andares, aun subiendo cuestas. Todo honor y toda gloria para ellos, para los muchachos de entonces y para los muchachos de hoy…

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