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Haddad, una opción más moral que política

El 28 de octubre el campo progresista de Brasil unirá en torno de Fernando Haddad no sólo a su Partido de los Trabajadores (PT) sino también a aquellas formaciones a las que el ex ministro de Educación de Lula está dirigiendo sus llamados unitarios en los tramos finales de la campaña hacia la segunda vuelta.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Al día viernes 19 una encuesta ISSO  -citada por la cadena Telesur-  daba 53% a Bolsonaro y 47 % a Haddad, lo cual venía a contradecir guarismos anteriores muy desfavorables al candidato del Partido de los Trabajadores. Mediciones sesgadas, unidas a una colosal campaña de mentiras en red (fake news), están incidiendo con peso propio en una brutal descalificación de Fernando Haddad, sobre todo en temas vinculados a valores religiosos y educación sexual.

El frente espontáneo antifascista y antineoliberal debería nuclear, así, al Partido Democrático Laborista (PDL), al Partido Socialista Brasileño (PSB), al Partido Socialismo y Libertad (PSOL), pero se extendería más allá de los partidos pues incluye al movimiento sindical, a líderes progresistas y movimientos sociales. Sin embargo, ninguno de esos actores ha dado muestras de entusiasmo para apoyar a Haddad (lo de Ciro Gomes  -del PDL-  es simbólico: en vez de quedarse a hacer campaña por el antifascismo, se fue de vacaciones a Europa), lo cual implica un estímulo más para averiguar por qué, después de tres lustros de gobierno PT, éste no cosecha, entre presuntos aliados potenciales, más que rechazo. Pero eso es materia de otro balance.

El voto a Bolsonaro en primera vuelta ha sido un «que se vayan todos» en clave saudade da ditadura: ni el PT, ni la derecha clásica y sistémica al estilo Fernando Henrique, eso es lo que ha dicho el pueblo brasileño.

En ese país se ha precipitado un escenario cuyo dato más significativo es que los mercados han optado por el fascismo dejando de lado deshilachadas opciones de centro derecha como las de Alckmin o Marina Silva, la  ecologista; estas opciones son reputadas poco funcionales para hacerse cargo de la política de cara a un futuro en el que la economía deberá (producto de la crisis del modelo gestionado por Temer) desprenderse de atavíos humanizantes y de consideraciones sociales y de bien común.

Cuando lo que hay como programa es austeridad fiscal, ajuste, privatizaciones, transferencia de riqueza desde los trabajadores hacia los dueños de las empresas, los bancos y fondos de inversión y entrega del territorio a  bases estadounidenses (Alcántara) con miras a invadir/derrocar a Maduro, ese es un programa que requiere disciplina, pero ahora en las calles, en el campo, en los medios, en el movimiento estudiantil y en el conjunto de la sociedad civil.

El fascismo deviene, así, no una decisión de Bolsonaro ni, mucho menos, un programa de Bolsonaro, sino un proyecto neoliberal capitalista para Brasil (y para toda Latinoamérica) en cuyo comienzo y desarrollo ya se advierten sus señas de identidad: el derecho y la política pasan a ser epifenómenos del poder, entendido éste como la nuda fuerza del capital para regimentar internamente al Brasil y ponerlo a jugar, sin ambages ni ambigüedades, en  la agenda de Washington.

Las líneas generales de la etapa política regional no deben, empero, oscurecer lo que ocurre en la coyuntura. La etapa tiene su dinámica y su lógica; la coyuntura, las suyas; pero ambas, aun cuando parezcan contradictorias, suelen ser complementarias.

Y lo que muestra la coyuntura, en  primer lugar, es que es la propia burguesía brasileña la que ha dado un salto al vacío: no está dicho que «Ele» sea el mejor hombre para gestionar su crisis, que es una crisis, en primer lugar, política, pues es una crisis de representación.

En Brasil, todo el mundo está sacando sus cuentas. Y «todo el mundo» quiere decir el bloque histórico burgués y su homólogo proletario y popular. Ni «ellos»  ni «nosotros» nos engañamos. Con un PT con dificultades de identidad y con las representaciones partidistas del centro a la derecha en estado terminal, (la casta agraria, la burguesía industrial paulista y los bancos), el escenario inmediato era el vacío de poder. Lo único que había a mano era Bolsonaro. Se apela a una «solución» de emergencia en la coyuntura.

Los bloques clasistas  -si se los mira en su interior-  constituyen siempre un ensamblado «democrático» que funciona por «consenso». La «burguesía» nunca existe en estado puro. Ese es un concepto abstracto que sirve para expresar, en el nivel de la descripción teórica, un abroquelamiento puntual en una coyuntura determinada: se juntan, el 28 de octubre, en Brasil, para superar una situación de crisis de vacío de poder, los terratenientes, los industriales y los banqueros. Tienen a Rasputín, que no es lo mejor, pero les ayuda a salir del paso. Pero el futuro no deja de preocuparles.

Y en esos abroquelamientos burgueses (cuyo enemigo es un espectro en potencia, los obreros y sus aliados) también hay alguien que, como en todo conjunto plural (como en todo «bloque histórico»), habla mejor, canta mejor, lidera mejor, porque entona la nota justa y sintetiza, en letra y música, lo que hay que decir en ese instante (que es un instante histórico). En ese bloque histórico burgués o conglomerado clasista plural hay una fracción de  clase en la que se deposita, en la coyuntura, la función de dirigir. En Brasil, los bancos, los industriales y los terratenientes, se han unido en la coyuntura y han entregado provisoriamente a Bolsonaro  la gestión inmediata de sus asuntos electorales, pero sabiendo muy bien, ese bloque histórico, que no sólo no es lo mejor sino que ni siquiera es serio y que, por eso, su función (la función burguesa) en la sociedad está en crisis, y que se enfrenta a la necesidad histórica de resolver esa crisis en términos más prestigiosos y respetables, pues sobre las bayonetas  -como sobre las ideas de Bolsonaro- ninguna proyección histórica de la dominación de clase será eficaz. Bolsonaro puede fracasar; es probable que fracase.

Lo que viene, entonces, en caso de que las cosas ocurran como dicen no ya ISSO sino IBOPE y Datafolha (60 a 40 a favor de Bolsonaro, poco más o menos), será, para el campo popular, la necesidad urgente de urdir alternativas o, de otro modo, de abordar el problema de poner en pie nuevas construcciones políticas. Porque lo que vendría sería ni Presal para Brasil, ni integración regional y transregional (Unasur y BRICS), ni «salida negociada» para Venezuela. Mientras no haya otro, ese programa lo llevará adelante Bolsonaro con, sobre todo, su superministro, Paulo Guedes, hombre ultraliberal, enemigo de toda soberanía nacional brasileña y cuyas ideas económicas se hallan en línea con la más rancia ortodoxia pro mercado de raigambre hayekiana (por Friedrich Hayek, autor de «Camino de servidumbre, 1944), quien postulaba que «no se puede llamar ley a cualquier cosa que decida la mayoría en un parlamento», y que la llamada «democracia» bien puede llegar a ser un estorbo más que un bien político  y espiritual de las sociedades occidentales.

Pero aquí hay que tener en claro que oponerse al fascismo no es sólo oponerse a Bolsonaro, que vendría a ser la subjetivación, en clave farsesca, de antivalores como los que ya ha sabido expresar el heteróclito trash. Los dirigentes del amplio y noble campo popular de Brasil sabrán encarar los debates que deberán fructificar en clave nueva.

Que debe ser nueva, esa clave, pues «…una alianza de banqueros, militares, jueces y medios de comunicación le ha abierto a Bolsonaro el camino a  la presidencia del país más poblado y con la economía más potente de Latinoamérica. Si se mira con atención son los mismos sectores que los gobiernos del Partido de los Trabajadores se esmeraron en no molestar, especialmente durante el segundo mandato de Lula, cuando contó con altísima popularidad que sin embargo no utilizó para realizar una reforma a fondo del sistema político, mediático y económico brasileño que emergió intacto a pasarle las cuentas a él y a Dilma Rousseff tras derrocar con un golpe parlamentario a esta última, cuando los precios del petróleo y otras materias primas impidieron mantener la amplitud de los programas sociales inaugurados por el petismo sin entrar en contradicción con los intereses de la minoría que nunca entregó el verdadero poder («Brasil: Cuando la esperanza no basta»; nota de Iroel Sánchez, La Pupila Insomne, 12/10/18; https://lapupilainsomne.wordpress.com/).

Es una opinión que proviene de Cuba. Parece un atinado diagnóstico de lo que ocurrió y de lo que ocurre, y del cual se desprenden los interrogantes que habrá que responder en el futuro.

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