El cementerio de los elefantes

Como parte de la mitología de muchos países de Centroáfrica, se cuenta que los elefantes, cuando interpretan que la muerte les es próxima, se separan del grupo y buscan un lugar donde acabar sus días. El hecho de haber hallado en ocasiones restos acumulados de varios elefantes ha mantenido la leyenda de un cementerio compartido, que ha sido aprovechada por la literatura y el cine.

Por Alfonso Durán Pich*

*Web del autor

Tomada como metáfora, esta leyenda se ha trasladado y reinterpretado, insertándola en la vida de las organizaciones, en especial en las de carácter público, donde se colocan a funcionarios afines que se hallan al final de su ciclo profesional, para que disfruten de un trabajo bien remunerado, sin apenas exigencias, hasta que alcancen su jubilación.

Así lo expresaba Joaquín Arriola, profesor de Economía Política de la universidad del País Vasco, cuando refiriéndose al parlamento europeo decía: “El parlamento europeo no es un parlamento ad hoc como el que puede haber en cualquier país, porque no es, y esto es importante el órgano legislativo de la UE…  A esto si le sumamos como consecuencia de este bajo perfil político, que en muchos países y muchos partidos políticos se considera que sus europarlamentarios son realmente puestos en una especie de cementerio de elefantes, donde se envía como premio a los políticos que ya tienen poco recorrido en el espacio nacional…”

Con todos mis respetos por ese noble animal al tomarlo como referente, hay que decir que en el Estado español, quizás por la abultada dimensión de la costra burocrática, se ha producido una plaga de cementerios de elefantes, pues de lo que se trata es de colocar a amigos y conocidos y asegurarles unos años de relajo, previos al tránsito definitivo.

Claro que con anterioridad hay que inventarse subunidades de agrupamiento, dotarlas de recursos económicos, buscarles funciones y tareas y rodearlas de un personal subalterno para la operativa diaria. Eso sí, sin esforzarse mucho.

Un ejemplo claro de esta concepción de la política es el denominado “Consejo de Estado”, que es un órgano consultivo al que el gobierno de turno pide dictámenes (siempre no vinculantes) sobre lo que cree conveniente. El hecho mismo de ser no vinculantes pone de manifiesto lo innecesario del órgano. Si además tenemos en cuenta que la composición de ese Consejo se ajusta a los intereses de los partidos mayoritarios, es fácil concluir que todo queda en una pieza teatral muy cara, siempre a cargo de los contribuyentes.

El Estado Español, que ha hecho del barroquismo y en especial del churriguerismo su modelo organizativo, cuenta con centenares de subunidades como ésta que no sirven absolutamente para nada.

Por eso el Consejo de Estado tiene un organigrama pesado, con una presidenta, una secretaría general, unos consejeros permanentes, unos consejeros natos, unos consejeros electivos y otros elementos menores. Y ahí aparecen las figuras de siempre, con la señora Fernández de la Vega, el señor Herrero y Rodríguez de Miñón, el señor Fernando Ledesma, el señor Rodríguez Ibarra, la señora Ana Palacio, el señor Landelino Lavilla, la señora Isabel Tocino, el señor José María Michavila, etc. y ahora, como la última guinda del pastel, la señora Sáenz de Santamaría. Lo mejor de cada casa.

Y que conste que yo comprendo que a partir de cierta edad hay que buscarse la vida, o mejor que te la busquen por los servicios prestados.

La retribución de cada miembro del consejo varía en función de su posición y título, pero puede incluir sueldo fijo, pagas, trienios y hasta un denominado “complemento de productividad”.  Algunos superan los 100.000 euros anuales más otras compensaciones no dinerarias. Llama la atención el complemento de productividad, cuando constatas que tardaron trece años en presentar el dictamen sobre el accidente del Yak-42, en el que murieron muchos militares españoles. Como contraste hay que reconocer su extraordinaria diligencia en los temas sobre el proceso catalán, que despachan en apenas veinticuatro horas.

El Estado español es un Estado muy caro. En una relación coste/beneficio es un Estado inviable económica y socialmente. Deberían empezar por ir liquidando esos centenares de cementerios de elefantes que tienen aparcados por el territorio, en particular en la capital.

Y eso que a mi esta metáfora me resulta grata y me retrotrae a mis años jóvenes, cuando con apenas diecisiete y tratando de aparentar más, nos colábamos en una sala de baile de la avenida de Pedralbes (la Cabaña del Tío Tom), donde las mujeres eran mayores que nosotros, por lo que nos acogían con sorpresa y recelaban de nuestra audacia. Esa sala de baile era conocida como “el cementerio de los elefantes”, pero para aquellos muchachos y en aquel contexto histórico tan oscuro y represivo, era pura gloria.

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