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Turquía, beneficiada con la crisis saudí

Turquía sale como ganadora y principal beneficiada en la crisis generada por el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi. El líder turco, Recep Tayyip Erdogan, ha sabido jugar sus cartas y puede aprovechar el suceso para obtener réditos económicos y diplomáticos.

Por Luis Rivas*

El macabro asesinato es el mejor regalo hecho al presidente Erdogan desde hace años. Y es, además, un presente de su rival en el mundo musulmán suní, y su competidor en estrategia regional.

Turquía ha utilizado la información que su poderoso servicio de inteligencia tiene sobre los hechos acaecidos en el Consulado saudí de Estambul el pasado 2 de octubre. No es difícil imaginar que Ankara estaba al tanto de la estancia de Khashoggi en su país desde fechas anteriores al día de su desaparición. El moderado disidente saudí, colaborador del diario norteamericano “The Washington Post”, era la segunda vez que acudía al Consulado para obtener la documentación necesaria para casarse con una ciudadana turca. Y si los servicios secretos turcos mantenían bajo escucha a los miembros del Consulado, podrían haber estado al corriente de lo que se preparaba con anterioridad.

Lo cierto es que, desde el primer momento, la maquinaria de comunicación de Erdogan ha sabido filtrar a la prensa internacional los detalles hasta ahora conocidos de la muerte de Khashoggi, dejando como plato fuerte final —de momento— las palabras del presidente, que habló de “muerte salvaje y premeditada”, desmintiendo así la versión saudí del deceso “tras una pelea” dentro del Consulado.

Erdogan, como se ha señalado profusamente, no ha mencionado en ningún momento el nombre del Príncipe Mohamed Bin Salman (MBS), al que desde cualquier rincón del mundo se considera autor intelectual del crimen. La jugada requiere esa táctica: debilitar a su enemigo regional, pero salvando los modos con el, hasta el momento, hombre fuerte de Riad, que puede ser más provechoso en el poder que fuera de él.

El cuerpo desmembrado de Khashoggi se convierte en una boya salvavidas para Turquía en un momento delicado de su economía. La lira turca se ha devaluado en más de un 35% con relación al dólar estadounidense; la bolsa había caído un 17% en agosto y las pequeñas y medianas empresas estaban literalmente con el agua al cuello, sufriendo la crisis de confianza de los consumidores turcos. La decisión de Donald Trump de doblar los derechos de aduana del acero y del aluminio turco fue el inicio de la guerra comercial decretada por Washington a su “aliado” euroasiático.

Ankara necesitaba petróleo barato e inversiones mucho más sustanciales que las que particulares saudíes hacían ya en su territorio. Y ningún foro mejor que el Future Investment Initiative celebrado en Riad, a veinte días de la desaparición de Khashoggi para que Mohamed Bin Salman hablara de la “excelente cooperación entre su reino y Turquía”. MBS se permitió señalar que “nadie podrá dañar nuestras relaciones”.

El mensaje fue captado. Erdogan conserva todos los detalles de la desaparición y muerte de Jamal Khashoggi y eso tiene un precio no solo financiero, sino también geopolítico, en el que otro beneficiado podría ser Qatar, aliado de Ankara y objeto de bloqueo de Riad, que acusa al emirato de ser un aliado de Irán —su enemigo chií— en la zona.

Ankara, que perdió influencia en Oriente Medio tras el fracaso de lo que se llamó “Primavera Árabe”, que se tambaleó tras el intento de ‘putsch’ del verano de 2016, que deterioró sus relaciones con Estados Unidos y cuyo papel en el conflicto sirio provocó duras fricciones con Moscú, está recuperando terreno en cada uno de esos apartados. El ‘affaire’ Khashoggi es la guinda —espectacular, eso sí,— que culmina el renovado pastel estratégico elaborado por Erdogan.

Turquía hace presión sobre Trump

La Turquía de Erdogan eleva su rango regional y hace también ver que el sismo que ha dejado vacilante al reino wahabita puede hacer pensar a Washington que mejorar las relaciones con Ankara sería provechoso. Recordemos que en pleno caso Jamal Khashoggi, Turquía liberó al pastor evangélico norteamericano Andrew Brunson.

Turquía, que en el escenario sirio ha encontrado un acuerdo con Rusia para la provincia de Idlib, no cejará en su empeño de debilitar a las fuerzas kurdas apoyadas por Estados Unidos. El Secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, que viajó a Ankara en plena crisis saudí, volvió a oír de sus interlocutores la necesidad de que las milicias kurdas abandonen la ciudad siria de Manbij.

La carta Khashoggi puede ayudar también al dirigente turco a evitar el bloqueo del Congreso norteamericano a la venta de aviones F-35, como represalia por la compra del sistema de defensa antiaérea ruso S-400.

Erdogan parece haber olvidado —de momento— su exigencia a Washington de extraditar al predicador turco Fethullah Gulen, a quien acusa de haber instigado el golpe de Estado de hace dos años. Son tiempos de pragmatismo. Para el líder turco sería ahora más interesante que Washington no sancionara al banco público nacional, Halkbank, con una enorme multa por haber ignorado las sanciones norteamericanas contra Irán.

Todo es negociable cuando se tienen las mejores cartas. Y la información detallada sobre la muerte de Khashoggi vale por cuatro ases en manos de Recep Tayyip Erdogan.

*Sputnik

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