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Etiopía sedienta: agua más preciada que oro

Casi 900 millones de personas carecen hoy de acceso al agua limpia y dos mil 500 millones no tienen un modo seguro de deshacerse de los excrementos, según datos de Naciones Unidas.

Por Richard Ruíz Julién*

Como resultado, defecan en campos abiertos o cerca de los ríos de los que beben, puntualiza un informe difundido por ONU-Agua, un mecanismo inter-agencias formalmente establecido en 2003 por el Comité de Alto Nivel sobre Programas del organismo mundial.

El agua sucia y la falta de retretes y de una higiene adecuada se cobran en el mundo 3,3 millones de vidas todos los años, en su mayoría de niños menores de cinco años, puntualiza el documento.

Así, en el sur de Etiopía, la ausencia de lluvias de los últimos años ha hecho que hasta el preciado líquido contaminado sea difícil de encontrar.

En los lugares donde más escasa, ir en su busca es casi siempre trabajo de las mujeres, como en Foro, una aldea del distrito de Konso, en el sudoeste.

Allí un hombre sólo se ocupa de esta tarea cuando la esposa ha dado a luz, y sólo durante las primeras semanas después del parto; los pequeños también colaboran, pero sólo hasta los siete u ocho años.

La regla se aplica con mano dura, tanto por parte de ellos como de ellas.

Â’Si los niños ya son mayorcitos, la gente murmura y llama holgazana a la mujerÂ’, comenta a Prensa Latina Birayu Tadesse, quien hace poco se mudó a Addis Abeba, pero vivió más de 30 años en Foro.

La reputación de una konsense, explica, se basa en el trabajo duro: Â’Si me quedo sentada en casa sin hacer nada, todos me despreciarán, pero si corro arriba y abajo para traer agua, dirán que soy lista y trabajadoraÂ’.

En buena parte del mundo en vías de desarrollo, la falta de agua es el meollo de un círculo vicioso de desigualdad, según expertos.

Algunas féminas del citado enclave etíope bajan al río cinco veces al día, una o dos para hacerse con la cantidad necesaria para preparar a sus maridos una especie de cerveza casera.

Â’Nacemos sabiendo que tendremos una vida dura – relata Sarah, la mujer de Tadesse, sentada a la puerta de su improvisada vivienda, en el centro de la capital.

Es la cultura de Konso, y viene de muy atrás.Â’ Ella nunca se cuestionó esa existencia, nunca esperó otra cosa, hasta que se decidieron viajar a la capital para buscar mejores oportunidades.

Las estadísticas indican que el estadounidense medio consume unos 380 li¬¬tros de agua al día, sólo en el hogar; Birayu y su familia se las arreglaban con nueve.

Convencer a la gente de que use el agua para lavarse es infinitamente más difícil cuando para disponerla hay que cargar con ella montaña arriba.

Sin embargo, la limpieza y las medidas higiénicas son importantes: un simple lavado de manos puede reducir las enfermedades diarreicas alrededor de un 45  por ciento, de acuerdo con los especiaistas.

Llevar agua limpia a los hogares es esencial para invertir el ciclo de la miseria, asegura el investigador del Centro de Estudios Estratégicos, Haile Mekonen.

Cuando una comunidad tiene acceso a agua limpia en abundancia, esa sociedad se transforma. Todas las horas que antes se invertían en acarrear agua pueden emplearse en cultivar más alimento, criar más animales o incluso emprender negocios que reporten ingresos, apunta.

Las familias dejan de beber las infectas, que son un caldo de microbios y consecuentemente pasan menos tiempo enfermos o cuidando unos de otros, subrayan los observadores.

Y lo más importante, liberarse de la esclavitud del agua significa que las niñas pueden ir a la escuela y aspirar a una vida mejor. La obligación de ir a buscar el agua para la familia o de cuidar de los hermanos mientras va la madre es la principal causa de que haya tan pocas konsenses escolarizadas, manifiesta Mekonen a esta agencia.

Bilal Shibeshi, experto en recursos hídricos, detalla que en muchos países, como es el caso de Etiopía, el agua es competencia de cada distrito, y sus autoridades carecen de conocimientos y de fondos.

Â’Los habitantes de barrios de chabolas y de zonas rurales sin acceso son los mismos que no tienen acceso a los políticosÂ’, afirma.

Por eso el esfuerzo de llevar agua limpia a la población recae en gran medida en colectivos filantrópicos, con resultados dispares.

Las aldeas de Konso están plagadas de proyectos hidráulicos abandonados.

Pero en los muchos Konsos que hay en el mundo, el principal problema con los planes relacionados con el agua es que la mitad de las infraestructuras se estropean en cuanto los grupos que las han instalado se marchan del país, añade Shibeshi.

A veces se usan tecnologías que no pueden ser reparadas en la zona porque se requiere especialización, o se necesitan recambios que sólo se encuentran en la capital.

También hay otras razones descorazonadoramente triviales: los aldeanos no tienen los tres dólares que cuesta una pieza, o no se fían de nadie para que la compre con el dinero reunido.

*PL

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