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Prueban en Kenia la renta mínima universal para combatir la pobreza

Hasta hace poco, el único horizonte de Molly era el fin de la jornada. Trabajar de un campo a otro, ganar suficiente dinero para comer y vuelta a empezar. “Un círculo sin fin del que no lograba salir”, cuenta la keniana, de 25 años.

Una historia como tantas otras en su aldea de la región de Bondo, en el oeste de Kenia, donde la mayoría de los habitantes llevan una vida más que modesta, encorvados en los campos de maíz, mijo o algodón.

Pero todo eso, explica, era antes de que se introdujera, en 2016, la renta mínima universal en su pueblo, en el marco de un estudio a gran escala realizado en un periodo de 12 años.

Molly recibe 2.250 shillings mensuales (22 dólares), una suma que, según ella, “cambió todo”. “Pude ahorrar para pagar los estudios de maestra de educación infantil”, afirma, orgullosa, en su casa de hormigón y tejado de chapa, mientras algunas gallinas picotean a su alrededor. “Eso fue un pequeño empujón que dio un giro a la situación”.

Gracias a sus estudios, ahora trabaja en régimen de prácticas remuneradas en la escuela del pueblo. Con la renta mínima universal y algunos pequeños trabajos, Molly tiene más del triple de ingresos de los que tenía y gana unos 5.000 shillings (43,30 euros) al mes.

Y, sobre todo, dice, puede mirar hacia el futuro. “Antes a penas tenía suficiente dinero para sobrevivir, mientras que ahora tengo proyectos. Pronto obtendré mi título de institutriz”, destaca. “Incluso voy al peluquero una vez cada dos meses”, agrega, sonriendo.

‘Debate mundial’ 

La aldea de Molly -cuyo nombre se mantiene en secreto para no atraer a más gente- es uno de los que la oenegé estadounidense Give Directly escogió para ensayar la renta mínima universal en la región de Bondo, seleccionada por su nivel de empobrecimiento, su estabilidad y la eficacia de un sistema de transferencia de dinero por teléfono utilizado en Kenia.

Creada en 2010, esta organización, activa en varios países africanos, se desmarca de la ayuda humanitaria “tradicional” y opta por darle el dinero directamente a la gente, en lugar de “decidir en su lugar” qué es lo que necesitan, explica Caroline Teti, responsable del área de relaciones exteriores de Give Directly en Kenia.

Ahora, desea estudiar la eficacia de los ingresos mensuales.

“Planteamos una serie de preguntas: cuando damos el dinero a la gente cada mes, ¿dejarán de trabajar? ¿tomarán riesgos en sus inversiones sabiendo que tendrán más ingresos pase lo que pase?”, explica Teti. “¿Cómo afecta eso a sus aspiraciones?”.

“Hay un debate a nivel mundial sobre la renta universal y queremos pruebas para avanzar”, añade, indicando que el estudio se inscribe en un contexto específico de “alivio del a pobreza en África”. “En Occidente, el debate sobre la renta universal es otro y gira, sobre todo, en torno al papel del Estado del bienestar o de las pérdidas de empleo”.
La aldea de Molly es un “piloto”. El verdadero estudio, que empezó en enero, se lleva a cabo en decenas de aldeas de la región.

En total, se beneficiarán del programa unas 20.000 personas. Los habitantes de 40 de éstas recibirán 2.250 shillings al mes durante doce años, mientras que los de 80 aldeas recibirán la misma suma durante solo dos años. Los residentes de otras 76 aldeas recibirán, por su parte, 51.000 shillings (440 euros) en dos tandas con dos meses de intervalo, un modo de funcionamiento más parecido al que la oenegé ha llevado a cabo tradicionalmente.

Límites 

“En una situación de conflicto, por ejemplo, la gente se ve afectada más allá de las [necesidades] básicas y quizá se hayan quedado sin un lugar para dormir. En ese contexto, una renta fija básica puede formar parte de la solución, pero no puede ser la única solución”, subraya Teti.

Además, la responsable recalca que ese programa no persigue sustituir al Estado para la construcción de escuelas u hospitales.

A la pregunta de si la renta universal se le había subido a la gente a la cabeza, todos los habitantes de la aldea contestan lo mismo: “2.250 shillings no basta para comprar cosas inútiles, solo es suficiente para alimentarse y salir de la pobreza”, considera Samson, un empresario de 72 años.

Monica advierte: “Quizá, en el futuro, algunos olviden lo que pasaron y empezarán a comprar cosas estúpidas…”. Pero luego añade: “Pero no creo que eso suceda”.

AFP

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