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Trump pierde, pero no tanto

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha perdido el control de la Cámara de Representantes, lo que complicará su agenda política, pero ha logrado mantener su fuerza en el Senado, lo que aleja el fantasma de su destitución. Como dice el refrán: Una de cal y una de arena.

Por Francisco Herranz*

Las elecciones de medio término (midterm) –llamadas así porque se producen justo en la mitad del mandato presidencial— se han ajustado a los pronósticos de las encuestadoras, que adelantaban un correctivo para el Partido Republicano.

Los resultados de los comicios legislativos más significativos en décadas implican un importante cambio partidista que tendrá consecuencias negativas para el actual inquilino de la Casa Blanca. Estaban en juego 435 congresistas, 35 senadores (de 100) y 36 gobernadores.

Al jefe de Estado se le ha acabado la luna de miel. Le espera pasar algún mal trago, porque lo primero que van a hacer los nuevos congresistas es pedir que se haga pública su misteriosa declaración de la renta –que hasta ahora parece más bien un secreto oficial— y abrir una investigación para aclarar un posible conflicto de intereses.

Trump sigue controlando algunos de sus negocios privados y podría haber recibido algún regalo extranjero, circunstancia que está prohibida por las leyes estadounidenses.

Mucho dependerá de las conclusiones que salgan del informe del fiscal especial y exdirector del FBI, Robert Mueller, quien está investigando la presunta interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016 y varios casos de corrupción y obstrucción de la justicia de Trump y su campaña electoral.

El cambio de manos de la Cámara de Representantes también va a ralentizar o frenar la tramitación de leyes. Se abre, por consiguiente, un nuevo e interesante periodo de cohabitación política, donde podría surgir un Trump negociador y bruñidor de consensos, algo a lo que no nos tiene muy acostumbrados hasta ahora.

La derrota del presidente no supone una debacle para su porvenir. Le ha salvado la Cámara Alta, donde los republicanos han afianzado sus posiciones al ganar dos escaños con respecto a 2016 y tener asegurados 51 de los 100 totales. Eso hace imposible que prospere una moción de impeachment o juicio político. ¿Por qué? Porque los demócratas necesitarían los votos de los dos tercios de los senadores —67— para que prosperara una moción tan contundente como la que sufrió Bill Clinton en 1998, a punto de ser destituido. La mayoría en el Senado también le permitirá a Trump seguir nombrando jueces al Tribunal Supremo y aprobar sanciones económicas contra Rusia e Irán.

En cualquier caso, el histriónico presidente sigue viviendo en una realidad paralela. Cuando ya estaban claras las cifras, el presidente publicó un tuit que calificaba lo sucedido de “tremendo éxito”. Un comentario excesivo, ya habitual dentro de su narrativa.

Trump se volcó en esta cita con las urnas. En los últimos días había protagonizado una actividad pública frenética, de mitin en mitin. “Votad como si yo estuviera en la papeleta”, subrayó en un acto celebrado en Misuri. Orientó la recta final de la campaña hacia el tema ultrasensible de la inmigración, explotando los miedos de los ciudadanos. Apostó fuerte y ordenó el despliegue de 15.000 soldados en la frontera con México para impedir el paso de la caravana de miles de migrantes centroamericanos que buscan el “sueño americano”. Incluso sugirió, sin pruebas, que entre los desplazados hay traficantes y terroristas procedentes de Oriente Medio.

En definitiva, ganó el enfado al miedo. Y eso que Trump no se cansó de azotar el fantasma del temor y el alarmismo. En Montana, por ejemplo, llegó a decir que los demócratas “quieren imponer el socialismo en EEUU”. La buena marcha de la economía (con poco paro y crecimiento sostenido) tampoco fue decisiva en la decisión final de los votantes.

La nueva Cámara de Representantes contará con más mujeres y más diversidad social y étnica que nunca. Entrarán más de 100 mujeres, entre ellas la primera congresista palestina musulmana, Rashida Tlaib, electa por un distrito de Michigan, y la más joven de la historia del Congreso, Alexandria Ocasio-Cortez, con 29 años recién cumplidos, representante latina por el barrio neoyorquino del Bronx.

La estadística también tenía algo que decir. En 35 de las 38 elecciones legislativas de este tipo celebradas desde 1865, tras la Guerra de Secesión, el partido del presidente siempre había perdido escaños en la Cámara Baja. Las tres excepciones fueron las de Franklin Delano Roosevelt en 1934, Bill Clinton en 1998 y George Bush hijo en 2002. Trump no engrosó esa lista.

Buena parte de la cosecha recogida es fruto del significativo aumento de la participación electoral, especialmente entre las personas más jóvenes. Las midterm no suelen mover al ciudadano medio, pero esta vez sí se pudieron ver en muchos estados largas colas de personas esperando turno para ejercer su derecho civil, a pesar de que en EEUU el hecho de votar requiere un registro previo y no es una tarea tan fácil como debiera ser en un sistema democrático como el estadounidense.

La abstención era el monstruo a batir y hasta dos de los rostros más famosos de Hollywood —los actores Leonardo DiCaprio y Brad Pitt— pidieron por televisión a sus compatriotas que acudieran a los colegios electorales, dada la gran expectación que despertó la convocatoria.

Como consecuencia el país está más dividido que antes. La polarización se ha quedado para no marcharse. Las zonas rurales se consolidan como baluarte de las bases trumpistas, pero las ciudades y los suburbios han acentuado su rechazo a los candidatos republicanos. Este hecho esconde una inquietante ruptura social y política.

¿Se ha complicado entonces la reelección de Trump? No necesariamente. El actual presidente de Estados Unidos podría aprovecharse de la división de sus adversarios demócratas, quienes carecen de un líder sólido, y quedarse así en Washington otros cuatro años más, denunciando el obstruccionismo del Capitolio. Todavía restan dos años hasta los comicios y eso es una eternidad en términos políticos. En todo caso, tampoco es desdeñable considerar el peso de la historia, pues desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sólo dos presidentes —el demócrata Jimmy Carter, en 1980, y el republicano George Bush padre, en 1992— perdieron la reelección. ¿Le pasará eso a Trump? Señores, ha comenzado la carrera por la Casa Blanca de 2020.

*Sputnik

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