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Noche sobre Berlín

El teniente freikorp Waldemar Pabst mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta marrón y una redondez metálica brilla al instante en esa mano que ahora sostiene el reloj con cadena de oro.

Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

El teniente Waldemar Pabst, que ha sacado el reloj de su chaqueta  abrochada con bronces amarillos y sujetada con correaje de cuero negro, está inquieto. Espera una respuesta y esa respuesta se estira en un tiempo largo y blando como una arcilla pegajosa. Son las doce y cuarenta y cinco de la noche en Berlín. Promedia enero.

Mira hacia atrás, por sobre su hombro, el teniente Waldemar Pabst, y ve esos dos cuerpos maltratados que han sufrido las ignominias del castigo. Ve, el teniente Pabst, las manos atadas a la espalda de esos dos cuerpos injuriados, que lo miran.

El teniente Waldemar Pabst piensa, en ese instante, que ese hombre y esa mujer que ahora están tirados en el piso, corajean a la muerte. Eso piensa.

Esos cuerpos, que dos guardias han traído a su presencia, no están vencidos, sólo derrotados. Han perdido la batalla y la insurrección ya ha muerto antes que ellos.

En los suburbios de Berlín hace frío a esa hora quieta de la noche y la niebla pesa, densa, sobre todos.

Se ha abierto la puerta, ahora, y un soldado entra, se cuadra, extiende un papel hacia su jefe y aguarda, firme, la orden que siempre, en estos casos, es seca, simple y despojada.

El teniente Waldemar Pabst ha recibido, por fin, la respuesta que esperaba, que es otra orden. Lee, ya, el último renglón de esa misiva que es una condena: “…Y cumpla usted con las leyes de la guerra… el enemigo bolchevique y sus agentes… cumpla usted de inmediato con las leyes de la guerra…”. Firmado: Ebert, Presidente del Reich; Noske, ministro de la Defensa; Scheidemann, Canciller.

Media hora más tarde, todavía es cerrada la noche sobre Berlín. Es el 15 de enero de 1919, hace poco que la guerra ha terminado y dos cuerpos ya flotan en el Landwehr canal, junto al río Spree. Son los cuerpos judíos de Karl Liebnecht y Rosa Luxemburg, y la historia no ha querido que muera la memoria de aquella noche en que los dos murieron.

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