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El centenario magnicidio anarquista que revive en vísperas del G20 en Argentina

Una explosión con un dispositivo casero en una tumba del Cementerio de la Recoleta tomó por sorpresa a los argentinos, a pocos días de iniciar la cumbre del G20 en Buenos Aires. Este episodio tiene sus raíces en un magnicidio perpetrado en 1909 por un militante anarquista contra el jefe de la Policía de la época. Te contamos todo al respecto.

Ramón Falcón es un viejo conocido de los anarquistas argentinos, especialmente por la mano férrea que tuvo cuando condujo la Policía Federal a inicios del siglo XX. En ese entonces, el movimiento se veía nutrido por las corrientes migratorias que llegaban desde Europa. La represión impulsada por Falcón tuvo su venganza: un anarquista ucraniano, Simón Radowitzky, le puso una bomba en el coche que acabó con su vida.

Exactamente a 109 años del asesinato de Falcón, este 14 de noviembre, una mujer de 34 años vinculada con el anarquismo detonó un aparato con caños llenos de pólvora en la tumba del policía. Pero los planes no salieron como lo esperado: la autora del episodio tuvo un error al conectar el temporizador. El explosivo le causó la pérdida de tres falanges y graves daños en su rostro, además de dejarla en estado grave.

No es el único acto de reivindicación de la memoria de Simón Radowitzky y del acto que llevó a cabo contra el jefe de la Policía: en las fechas cercanas al aniversario del atentado original, suelen verse pintadas callejeras que hacen referencia a aquellos hechos.

Ahora, en vísperas del G20, la explosión en el Cementerio de la Recoleta —un sitio frecuentado por turistas que van a ver los panteones de figuras destacadas en la historia argentina, como Evita— es un motivo de preocupación para las autoridades. La ciudad acogerá a jefes de Estado y de Gobierno provenientes de las naciones más poderosas del mundo.

Pero también ha sido una ocasión que evoca el clima que se vivía a inicios del siglo XX en Argentina con los choques entre anarquistas y fuerzas estatales. Los anarquistas tenían «mucho impacto» en la sociedad argentina, a tal punto que el primer centenario de la Revolución de Mayo (1910) «se celebró bajo estado de sitio para contener la combatividad de la clase obrera influida por el anarquismo», recuerda en un artículo Fernando Aiziczon, historiador e integrante Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

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Monumento a Ramón Falcón, jefe de la Policía Federal Argentina asesinado en 1909 por un militante anarquista.

«Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX llegaron con la inmigración masiva los primeros activistas. Lograron una aceptación muy grande en el proletariado porque además desarrollaban una intensa vida política con inserción territorial», explica Aiziczon en una nota de divulgación.

«Fundaban bibliotecas populares y teatros, realizaban actividades para niños y para el poco tiempo de ocio que las jornadas laborales permitían, daban conferencias, editaban libros y periódicos obreros en varios idiomas —como La protesta Humana o La voz de la mujer—. Es decir, en términos culturales el anarquismo no tuvo rivales», agrega.

La popularidad de los anarquistas, que «denunciaban la explotación laboral de la mujer, estaban en contra de la convención del matrimonio y luchaban por la igualdad de género», fue creciente, al punto de preocupar al Estado, preocupado por las huelgas, tomas de sitios de trabajo y choques con las fuerzas del orden.

«Un movimiento que pretende derribar el sistema reinante era visto como un riesgo, principalmente por las clases dominantes. Además los anarquistas decían que no tenían patria, y para una nación como Argentina que se está conformando, un sujeto que niega la identidad nacional es un peligro», precisa Aiziczon en su artículo.

En 1902, precisamente, se aprueba la ‘Ley de Residencia’, que da amplias potestades al Gobierno para deportar a extranjeros o no permitirles el ingreso a territorio argentino. La norma iba dirigida a los anarquistas.

La ‘Semana Roja’

Los meses previos a la muerte de Falcón estuvieron caracterizados por episodios de tensión y violencia, con manifestaciones que llegaron a congregar decenas de miles de personas. Particularmente cruel contra los anarquistas fue la ‘Semana Roja’, a inicios de mayo de 1909.

El 1 de mayo, Falcón ordenó la represión de una concentración de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) en la Plaza Lorea, donde había unas 70.000 personas, recuerda el periodista Lautaro Pastorini en un artículo en La Izquierda Diario. En esos hechos, 12 obreros terminan asesinados y 80 heridos. Al funeral asistieron 300.000 personas: para tener una idea de la magnitud basta pensar que la ciudad tenía 1,2 millones de habitantes en aquel entonces.

Aquí entra en escena la figura de Simón Radowitzky, nacido en una aldea rural judía de Ucrania, llegado a Argentina en 1908. Trabajaba en un taller de reparación de máquinas y había tenido contacto con el gremio de panaderos, donde el anarquismo tenía una fuerza importante. Ya vinculado, formó parte de las manifestaciones de la ‘Semana Roja’, hecho que lo marcó, al punto de vengar la muerte de sus compañeros en la Plaza Lorea.

Así fue que el 14 de noviembre de 1909 siguió el coche de Falcón y lanzó un explosivo hacia adentro, a través de la ventana. La explosión desfondó al vehículo y provocó un daño en las piernas del jefe de Policía, que murió desangrado en el episodio.

«Herido él también por la explosión, recién a la cuadra y media se le dio por mirar atrás. Dos hombres lo corrían y no estaban tan lejos. Las piernas querían volar sobre Callao y el corazón se aceleraba hasta el jadeo. El muchacho era flaco. Tenía un bigotito mínimo, rojizo, y pensaba en ruso. Había planeado todo cuidadosamente hasta el momento de la explosión, pero no qué hacer después», narran en el libro ‘Crímenes Argentinos’ los periodistas Héctor Gambini, Rolando Barbano y Ricardo Canaletti.

Radowitzky fue capturado y enviado a prisión. Por sus acciones le correspondía la pena capital, pero logró salvarse por tener menos de 21 años, la mayoría de edad en aquella época. No pudo eludir la prisión perpetua y, tras dos años en una prisión de Buenos Aires, fue enviado al penal de Ushuaia, en Tierra del Fuego.

Allí pasó 18 años, hasta que en 1930 el presidente Hipólito Yrigoyen le concede un indulto y, para evitar problemas con la Policía y el Ejército, lo deporta. Muchas veces, los integrantes de las fuerzas estatales torturaban y reprimían desmesuradamente a los anarquistas. Grupos de derecha como la milicia paraestatal ‘Liga Patriótica’ «perseguían y asesinaban sistemáticamente» a los militantes del movimiento, precisa Aiziczon.

Radowitzky se exilió en Uruguay, pero al poco tiempo fue a pelear a la Guerra Civil Española en un batallón anarquista. Con el triunfo del bando nacionalista, se escapó a Francia primero, y luego a México, donde vivió hasta el fin de sus días, en 1956.

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