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Fascismo, dictadura, democracia, las máscaras del neoliberalismo

A las élites latinoamericanas les  está resultando crecientemente dificultoso gobernar envueltas en los atavíos de la republicanidad. Se desvisten, por eso, poco a poco, de tanto en tanto, aquí y allá, para exhibir, así, sus rostros más fieros y antidemocráticos.  Se les caen las máscaras, aun cuando éstas no encubrían sino que mostraban sus purulencias más descompuestas y recónditas. Nadie se disfraza de lo que no es, sino de lo que ya es un poco (Nietzsche), y el atavío democrático de las derechas siempre lució raído y un poco increíble.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Bolsonaro es el caso de manual pero el fortalecimiento de las derechas fascistoides en Latinoamérica y en todo el mundo postula, por sí solo, la generalidad del fenómeno.  Argentina, Chile y Brasil en manos de gobiernos a los que ostensiblemente les incomoda el Estado de derecho, confirman una tendencia. Un eventual triunfo popular, en el futuro, podría dar inicio a un proceso de reversión de esta tendencia, pero ese es otro tema.

El tema de fondo es entender que, en esta etapa histórica del desarrollo del capitalismo a escala global (capitalismo tardío), las experiencias antineoliberales que logren consolidarse como tales, sólo recibirán de su enemigo histórico una única respuesta: la violencia y la progresiva derogación, en los hechos, del Estado de derecho. Si bien se mira, es lo que hicieron los fascismos del siglo XX, malgrado las diferencias  -demasiado obvias como para considerarlas aquí más allá de lo que ya hemos hecho- con los fascismos actuales y futuros en esta Latinoamérica devenida campo de batalla  de relevancia geoestratégica cada vez más evidente. No es sin apelar al fascismo que Estados Unidos librará, aquí, su batalla final contra el eje Moscú Pekín.

El tema de fondo es otro: qué propuesta y cuán amplias deben ser las coaliciones frentistas con las cuales hay que  enfrentar al fascismo redivivo en América y en Europa. Si el enemigo es el fascismo, la amplitud parece una imposición del sentido común. Si ese enemigo no es fascista ello impondría herramientas más restrictas, más puras y con derecho de admisión. Suelen ser, éstas, las caracterizaciones que fatigan las variopintas vertientes trotskistas, así en la Tierra como en el Cielo. El doctrinarismo trotskista parece, a veces, un capítulo de la teología.

Los fascismos emergidos en el siglo XX tenían, por lo menos, una seña de identidad común: venían a clausurar un equilibrio inestable al interior del campo popular entre modelos bienestaristas y socialismos radicales, para imponer, manu militari, el proyecto del gran capital concentrado en busca de abrir un nuevo ciclo para la acumulación capitalista.

Esa tensión entre bienestarismo y radicalidad en el campo popular siempre fue la antesala de la irrupción fascista, tanto en Alemania, como en Italia y en España.

En Alemania, la elección de 1933 que consagró a Hitler como canciller, tuvo su preludio en las disputas entre el Partido Comunista de Thälmann y la Socialdemocracia de Friedrich Ebert. En Italia, la división con que fue obsequiado el capital industrial y financiero concentrado representado por  Mussolini tuvo como protagonistas al PC de Palmiro Togliatti y al socialismo de Filippo Turatti y Pietro Nenni. Y en España, la década de los ’30 del siglo XX tuvo tres actores principales: el Frente Popular, que venció en las elecciones del 16 de febrero de 1936 a la coalición de las derechas; el ejército, asentado en Marruecos, que no tardó más que cinco meses en  «pronunciarse» contra el legal gobierno del FP y que tenía como jefes a Seguí, Molas, Queipo de Llano y Francisco Franco; y el otro polo antagónico al poder burgués, el poder proletario y campesino, armado y encuadrado en sus organizaciones: los anarquistas (CNT-FAI); los socialistas (UGT); los comunistas (PCE, PSUC y JSU); y los comunistas disidentes del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).

El rasgo estatalista de esos fascismos europeos es sólo eso, un rasgo; acentuado en Alemania, que pretendía romper la sumisión de Versalles y emerger como potencia, pero no por ello menos tributario, ese fascismo, de Ford, Rockefeller  y  Rotschild en la medida en que estos eran los grupos hegemónicos a escala mundial que financiaban al nazismo. En cuanto a Italia y España, ni Mussolini ni Franco regresaron sobre sus propias «burguesías nacionales» para descansar sobre sus hombros ninguna política de nacionalizaciones que apuntara a que sus respectivos países entraran en la lid mundial como actores con perfil y estatura propios. El «nacionalismo» nazifascista es sólo apariencia. No es nóumeno, es fenómeno (Kant).

De modo que si la violencia estatal exacerbada es usada como herramienta para destruir la organización popular y todo ello con el objetivo de subordinar la economía nacional al gran capital concentrado mundial, allí tenemos, en estado puro, un denominador común que emerge de aquel pasado en que el nazifascismo era una realidad en Europa para alcanzar, incluso, a manifestarse  ahora  -con las diferencias de contexto, tiempo y espacio-  en los pujos violentos, disciplinadores y preventivos que despliega, en Latinoamérica, el hegemónico capital financiero en la escala global.

El fascismo no es, solamente, Alemania e Italia del siglo pasado. Alemania e Italia del siglo pasado fueron el fascismo del siglo pasado, pero hoy, en el marco de la globalización capitalista, el método para caracterizar a un bloque clasista y su gobierno como fascistas no es su comparación con aquellas experiencias del siglo XX para ver si se le parecen. Si ese fuera el criterio taxonómico, la conclusión  -feliz, por cierto-  debería ser que nunca más va a haber fascismo en el mundo. Pero lo que, en definitiva es el núcleo identitario del fascismo es la violencia ínsita al programa que defiende en última instancia: la estabilidad  -en todas las épocas-  del capital y su forma de organización de la sociedad.

Ayer, el fascismo se perfiló en el molde alemán e italiano; fue nuda violencia estatal y paraestatal descargada sobre un actor popular organizado, en alza y con programa y liderazgos. Hoy, los fascismos europeos (Francia, Italia, Hungría)  no hacen eso sino que su violencia es violencia en potencia, violencia que permanece en el horizonte como posibilidad y como amenaza, al tiempo que sus programas trágicos, en última instancia, no persiguen ninguna independencia nacional sino la subordinación  -con contradicciones-  al capital bancario global que es el que los financia. El instinto de supervivencia clasista dicta este programa preventivo: la recesión, la desocupación creciente y la inmigración inmanejable amenazan el sistema capitalista europeo.

El fascismo siempre  ha estado y estará dispuesto a metaforizar los campos de concentración si la radicalidad de un movimiento de masas organizado con programa y liderazgo amenaza la estabilidad de la «organización» a escala global.

Lo que confunde es el hecho de que el drama histórico, en el marco de la globalización, empezó a representarse dentro del orden constitucional demoliberal occidental, pero es necesario ver, aquí, la secuencia de actos sucesivos que deparará a la humanidad una nueva materialidad de su proceso histórico. Las formaciones de derecha, en la competencia electoral, constituyen los destacamentos de avanzada legalista del gran capital cuando las reglas de la competencia son las que dicta aquel orden demoliberal, pero esas reglas serán otras ni bien el movimiento popular logre abandonar su estado de serialidad indiferenciada para pasar a disputar el poder del Estado luego de una elección exitosa que le posibilite el acceso al gobierno. Porque ganar una elección no es lo mismo que acceder al poder del Estado. Y en este punto, las derechas continuarán desvistiéndose para mostrarse, ahora, como nuda violencia en acto, es decir, como fascismo que se despojó de  su máscara.

Bolsonaro es distinto a Hitler, a Musolini y a Franco; Brasil no es aquella Europa de los ’30 del siglo pasado. Pero Bolsonaro es fascista y en Brasil el fascismo es gobierno porque el gran capital concentrado, a escala mundial, ha puesto en marcha el único proyecto político de dominación con que cuenta para Latinoamérica: destruir la organización popular «en el marco de la democracia» o fuera de ese marco si los logros organizativos, programáticos y de liderazgo de los pueblos así lo imponen. El fascismo, no por latente, deja de ser fascismo. Y si  a ello se agrega el propósito de subordinar la nación a la hegemonía del gran capital concentrado, las analogías han adquirido un carácter sustantivo.

Si todo es incerteza de cara al futuro, el fascismo aporta violencia preventiva para conjurar las amenazas sistémicas en el momento globalizador. Y América Latina deviene territorio en el cual se libra una partida fuerte entre neoliberalismo y » populismo» que es, esta última, la denominación de origen de los procesos soberanistas que fenecieron en la región pero que, a tono con la vertiginosidad con que la realidad vive, muta y muere en el actual momento globalizador, insinúan un segundo acto del drama ni bien las opciones electorales de la derecha fracasen en su búsqueda de la cuadratura del círculo, esto es, en obtener consenso social, desplegado en el tiempo histórico, para que las víctimas de sus políticas legitimen esas políticas, es decir, su propia muerte.

Es esta cuadratura del círculo la que prohija e impone la violencia fascista. Fascismo es, también, violencia en el marco de la democracia formal, como lo fue el terrorismo de Estado. Porque no todo lo que es dictadura es sólo dictadura; es también fascismo. Y así como fascismo y dictadura  son, en un primer momento del movimiento histórico, términos polares, pueden también unirse para, en conjunto, constituir ahora un nuevo polo negativo de una contradicción más amplia cuya positividad estará dada por el gran actor antineoliberal auto constituido en el otro polo de esta ahora nueva contradicción más amplia y fundamental.

Fascismo y dictadura han devenido, así, no términos antagónicos y distintos de una contradicción,  sino lo mismo (violencia) deviniendo constantemente uno y otra, como si dijéramos, relevándose una a otro según lo demande la mejor administración del interés de clase del bloque en el poder. Los conceptos se realizan en el espacio y en el tiempo «deconstruyéndose» perpetuamente y dando cuenta, así, de esa «insaciabilidad» de la dialéctica que es el aufhebung derridiano que exhibe a la materia en permanente proceso de disolución lo que, «aplicado» a los procesos históricos, implica algo así como la inexorable transitoriedad de las formaciones sociales. Y lo que es transitorio, aquí, es la forma que asume el Estado según las necesidades del bloque clasista que ese Estado expresa: democracia parlamentaria, dictadura, fascismo. Se trata, siempre, de dominación de clase pero en distinto formato. Y esas formas, entonces,  son sólo la  exterioridad del Estado; pero el Estado es,  también  -y principalmente-,  su contenido: la dominación de clase. Y por ello, porque este contenido traza entre ellas un hilo conductor que las une, todas esas formas son, en última instancia, una sola y misma cosa: violencia, en potencia o en acto, con Estado de Derecho o sin él, como dictadura o como fascismo, ejercida por un «bloque histórico» sobre otro (Gramsci).

Han quedado difuminadas, así, las diferencias entre fascismo y dictadura.  Lo cual no quiere decir que esas diferencias no existan: sólo apunta, esta disolución de límites, a que no levantemos, entre ambos conceptos, muros que los separen entre sí cortando toda comunicación e interconexión como si fueran conceptos aislados y sin vínculo uno con el otro. Ese es un proceder metafísico, no materialista.

El dato nuevo que ofrece la realidad brasileña es que el fascismo bolsonariano que irrumpe a caballo del Estado de derecho  -pero presto a deshacerse de él cuando así convenga-  entra al  escenario como «contrarreforma», esto es, como reacción y regreso a representaciones ideológicas del pasado amenazadas por las «revoluciones en los valores» que vienen inscriptas en los programas progresistas (por ejemplo, el género, las minorías sexuales, raciales, culturales, etc.).

Reiteramos que el tema de fondo no es saber si Bolsonaro es o no fascista. Lo es, pero si el presidente de Brasil fuera un liberal (como Geraldo Alckmin, digamos), las cosas no cambiarían su naturaleza esencial). El tema de fondo es entender que, en esta etapa histórica del desarrollo del capitalismo a escala global (capitalismo tardío), las experiencias antineoliberales que logren consolidarse como tales, sólo recibirán de su enemigo histórico una única respuesta: la violencia y la progresiva derogación, en los hechos, del Estado de derecho. Si bien se mira, es lo que hicieron los fascismos del siglo XX, malgrado las diferencias  -demasiado obvias como para considerarlas aquí más allá de lo que ya hemos hecho- con los fascismos actuales y futuros en esta Latinoamérica devenida campo de batalla  de relevancia geoestratégica cada vez más evidente. No es sin apelar al fascismo que Estados Unidos librará, aquí, su batalla final contra el eje Moscú Pekín.

Conclusión: los frentes a construir, en Argentina y en toda la región, deberán ser amplísimos tanto si se trata de ganar una elección cuanto de ir mas allá de una elección victoriosa. Esa es la consecuencia práctica que tiene el saber si, en Brasil y en Latinoamérica,  hay, en acto o en potencia, fascismo.

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