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Trudeau, en el centro del escándalo que avergüenza a Canadá

El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, se ve sacudido por un escándalo de corrupción que está desbaratando la imagen de campeón de la ética, del feminismo y de la defensa de los pueblos autóctonos que el político pretende vender en su país y en el resto del mundo.

Por Luis Rivas*

¿Trudeau implicado en un escándalo de Estado? La pregunta desborda ya los límites del país norteamericano y preocupan a escala internacional. La OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económico) ha puesto bajo la lupa la acción del dirigente canadiense, que verá auscultado su trabajo por el comité de corrupción del citado organismo internacional.

Trudeau es sospechoso de haber ejercido presiones sobre la Justicia de su país para evitar una investigación sobre la empresa de construcción SNC-Lavalin, acusada desde 2015 de corrupción y soborno de “agentes extranjeros” para obtener jugosos mercados en el exterior.

En especial, se acusa al gigante canadiense de haber pagado más de 32 millones de euros a un hijo de Muamar el Gadafi y otros responsables libios, durante los años 2001 y 2011, para asegurarse importantes contratos de construcción de infraestructuras en ese país norteafricano. Pero el asunto libio, siendo el más deslumbrante, no es el único. Las pesquisas judiciales han desvelado también prácticas similares de la empresa en países como Bangladesh o Camboya, lo que le ha valido también ingresar en la lista negra del Banco Mundial.

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Justin Trudeau está acusado de presionar a sus propios ministros, y en especial a la responsable de Justicia y Fiscal General del Estado, Jody Wilson-Raybould, cuando esta insistía en profundizar la investigación sobre SNC. Wilson-Raybould, es la primera representante de los ciudadanos autóctonos canadiense en ocupar tan importante puesto. La entonces ministra denunció “presiones y amenazas veladas del primer ministro y su entorno.

Tras su negativa a tapar el escándalo, fue “degradada”, según sus propias palabras, como responsable del Ministerio de Antiguos Combatientes, antes de presentar su dimisión definitiva del gabinete liberal.

A la renuncia de Wilson-Raybould ha seguido la de la ministra de Presupuesto, Jane Philpott, que en una carta escrita a principios de marzo para explicar su abandono afirma “el deber de respetar mis valores fundamentales, mis responsabilidades éticas y mis obligaciones constitucionales”. Una terrible bofetada al jefe de gobierno al que indirectamente acusa de haber faltado a las reglas éticas que el gobierno canadiense tiene a bien ilustrar como uno de sus valores básicos.

El sistema judicial, en juego

Philpott denuncia las presiones a las que fue sometida la ministra de Justicia y recalca que lo que está en juego en Canadá son los principios de independencia e integridad del sistema judicial. Según el diario Globe and Mail, que se ha distinguido por la investigación sobre el caso, dirigentes de la empresa NSC se reunieron en 2017 más de 50 veces con representantes políticos y 12 veces con consejeros del “premier”. Precisamente, el principal asesor de Trudeau, Gerald Butts, se vio obligado también a tirar la toalla en la onda de choque provocada por el escándalo.

El primer ministro insiste en negar las presiones y subraya la importancia económica de la empresa SNC-Lavalin, que emplea a 9.000 personas en la provincia de Quebec. Pero es difícil explicar que su gobierno haya llegado a modificar en 2017 una ley para permitir a las empresas implicadas en escándalos financieros evitar la Justicia mediante el pago de multas.

También es poco justificable insistir en la defensa de una compañía que, si bien, es una de las más importantes del país, tiene encarcelados en Suiza y en México a dos de sus dirigentes, y que el expresidente de la misma fuera condenado por corrupción a 20 meses de cárcel sin obligación de cumplir la pena, en una sentencia que conmovió y encrespó a la opinión pública.

“Impostor”

Graves acusaciones que hacen aparecer a Trudeau como un autócrata “iliberal” al que el contexto políticamente correcto canadiense suma acusaciones de machismo y desprecio a los pueblos autóctonos. El diario National Post titulaba recientemente “¿Tiene Trudeau un problema con las mujeres?” En él se recogían también denuncias de otras políticas que dicen haber sido despreciadas y maltratadas de palabra por el primer ministro. Sus enemigos conservadores se lanzaron a las redes sociales para señalarle como un “impostor en materia de feminismo”.

El mandatario, que se ha distinguido por pretender dar lecciones de comportamiento en el escenario internacional, el comunicador especialista en verter lágrimas en público para ofrecer una imagen de sensibilidad, se ve ahora señalado como posible responsable de la pérdida del poder de su partido en las elecciones programadas para octubre.

Por primera vez desde el inicio del mandato de Trudeau, el Partido Conservador pasa por delante del Liberal en las encuestas de opinión. El líder de los conservadores, Andrew Scheer pide ya la dimisión del jefe de gobierno, justificando su postura en “los incumplimientos éticos y la gestión del escándalo que ha llevado al gobierno al caos”.

Antes de llegar a las urnas, Justin Trudeau deberá solucionar con tacto el “affaire” SNC-Lavalin para que su política exterior y su credibilidad internacional no se vean afectadas. La ratificación del acuerdo de libre cambio con Estados Unidos, la bajada de tarifas sobre el acero y el aluminio, además del contencioso con China por el asunto Huawei están sobre la mesa de negociaciones y pueden pesar a la hora del voto.

*Sputnik

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