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El «lavajato» y los «cuadernos» en el escenario global

En la Argentina, la derecha persiste en presentar los hechos en el formato épico de los cantares de gesta: una cruzada moral a cuyo frente se hallaría un moderno Rodrigo Díaz, bizarro émulo de un  Campeador llamado Bonadío, que embiste y se bate, valeroso y temerario, contra una horda de infieles en cuyo escudo de armas luce la letra «K» como hórrida memoria de que una vez profanaron el Santo Sepulcro y ahora pugnan por volver para aniquilar la verdadera fe, que en el caso no es la de Cristo sino la del  mercado y la ortodoxia.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Así, la derecha está condenada a la superficialidad. No puede ver el fondo del asunto o no quiere verlo porque en el fondo del asunto habita la criatura innoble del escándalo -por una parte-,  pues si se investiga a fondo,  la escatológica colusión coimas-servicios-medios de prensa contaminaría con su hediondez al propio Macri y a su hermana mayor, Lilita Carrió, empujando a la Argentina a las cenagosas aguas de la gravedad institucional; y por otra parte, aparecería la dimensión geopolítica del asunto, que se exhibe como un despliegue en la escena de dos procesos nacionales diferentes pero similares, paralelos pero también, por momentos, perpendiculares. Veamos.

Con la detención en San Pablo, en la mañana del jueves 21, del ex presidente brasileño Michel Temer, el «attorney general» de los EE.UU., es decir, el jefe de los fiscales William Barr, ha dado un golpe maestro que viene a complementar todo lo hecho con anterioridad para abrir un curso de acción favorable a la geopolítica estadounidense en la región, cuyo núcleo ideológico, político y cultural se resume en el programa «anticorrupción» orientado a desplazar  del gobierno y de la actividad política a líderes «populistas» mediante el uso de una herramienta  (devenida anomalía ciertamente espuria)  consistente en esa colusión dolosa ejecutivo-judicial-medios de prensa que ya asumió identidad y nombre propios bajo el significante de lawfare.

Como la necesidad tiene cara de hereje y la necesidad era destruir a Lula y al Partido de los Trabajadores, la herejía consistió, en su momento, en valerse de un hombre a todas luces corrupto y comprometido con el delito, para derrocar a la legal presidenta, Dilma Rousseff, no sin saber de antemano  -y esta era la hoja de ruta diseñada en Washington cuando Jeff Sessions era el fiscal general- que el delincuente que ahora servía para un fregado sería barrido después ni bien se lo dejara de necesitar.

Ello, si bien se mira, era imprescindible para dotar de credibilidad a ese escandaloso montaje mediático llamado «lavajato» que se bifurca en dos objetivos en pos de los cuales la administración Trump va con los tapones de punta: destruir los partidos y espacios populares y  -en simultáneo-  desplazar al empresariado local a favor de las corporaciones estadounidenses, así en la construcción y el acero como en el petróleo y los servicios.

Pero en beneficio de la derecha hay que decir que, en lo formal,  no toda la derecha es lo mismo. Hay una derecha lúcida que se adelanta a los tiempos y predice lo real antes de que lo real se autoconstruya a sí mismo como realidad. Es el caso de Carlos Pagni, quien, el 12 de abril de 2018, escribía en La Nación:  » … ( a Temer) la prisión de Lula le juega en contra. Los jueces podrían tentarse con avanzar sobre alguien de centroderecha para demostrar que no encarcelaron al líder del PT por caprichos ideológicos. Temer sería, para esta lógica, un blanco formidable. Fue acusado de favorecer a una empresa con un decreto de regulación de puertos. Por ahora se protege con los fueros…». Preciso y clarividente el hombre. Eso lo decía Pagni hace un año, para ser precisos, un año menos doce días.

Fueron por Lula, pero también por Odebrecht; y las coimas de esta empresa les molestan ahora, cuando Moscú-Pekín-Nueva Delhi han llegado al mundo para quedarse y América Latina se les torna imprescindible para aspirar, cuanto menos, al empate.

En línea con la fiscalía general de Washington, a fines de julio de 2018 el poder judicial de la Argentina, basado en las fotocopias  de unos cuadernos que nunca aparecieron, comenzó la persecución penal contra la ex presidenta Cristina Fernández  de Kirchner a quien le abrió la causa Nº 9608/2018, caratulada «Fernández, Cristina Elisabet y otros s/ asociación ilícita», del registro del Juzgado en lo Criminal y Correccional Federal Nº 11 (juez Claudio Bonadío), con el fiscal Carlos Stornelli en el rol estelar de la acusación.

Sucesivamente, también pasaron a la situación procesal de imputados el presidente de la Cámara que nuclea a las empresas constructoras argentinas, Carlos Wagner, un grupo empresario argentino emblemático en el mismo rubro (Roggio) y el presidente del Grupo Techint, Paolo Rocca, una de cuyas empresas (Tecpetrol) es líder, desde hace décadas, en el negocio de los hidrocarburos, y otra (Ternium) lo es en el laminado de aceros y tubos sin costura, tanto en Argentina como en el ámbito global, compitiendo abiertamente (desde hace más de medio siglo, al igual que las constructoras) con las corporaciones estadounidenses.

De modo que lo que queda a la intemperie es una política y, al mismo tiempo, una evidencia que, como toda evidencia que estuvo largos años aletargada y oculta, se va haciendo luz de a poco y sólo para pocos, pero también se trata de una de esas evidencias que deja de ser conocimiento esotérico para pocos y deviene saber exotérico para todos, es decir, para el público, para el pueblo, para el soberano, para el que vota y legitima, con su voto, desde lo más noble hasta lo más ruin, así son las cosas.

Y esa evidencia que empieza a mostrar el caso argentino  -a diferencia del brasileño-  es que allá el lavajato avanza viento en popa, en cambio en la Argentina, la tragedia en clave de teatro isabelino  -que ya no de cantar de los cantares-  y su dramatis personae completo empiezan a hacer agua al eta de babor y a mura de estribor, valga la marítima metáfora, por obra de algún íncubo desencantado que tal vez haya decidido contraatacar y defenderse para acorralar al que antes acorralaba, es decir, para cazar al cazador o, por mejor decir, para acusar al acusador.

Y así, Stornelli (por ahora, sólo Stornelli) ha quedado solo y enfrentado al espejo de su propia desnudez frente a un juez probo y ético para el que la verdad y la moral no son máscara que oculta sino actividad que revela, en el caso, no sólo el delito local sino también  -y por esto es explosiva la mezcla que manipula ese juez, Alejo Ramos Padilla,- una política criminal de los Estados Unidos en América Latina que viene de lejos y que se expresa, objetivamente, en la concurrencia entre «nacionalistas» trumpeanos y globalistas financieros (en esto no tienen diferencias) para usar el narcotráfico como pretexto y así desplegar, en nuestro continente, la concepción de la contrainsurgencia preventiva, tachando de  terror lo que es sólo resistencia del pueblo pobre y oprimido a un orden social, económico y político del cual, cada vez más, va siendo menos lo que tiene que esperar y podría, por ello, mirar, mañana, hacia otro punto de la rosa de los vientos, hacia el punto de las opciones no capitalistas para América Latina.

Por eso es preventiva la contrainsurgencia y por eso la DEA (Drug Enforcement Administration) y la Embajada viven en el expediente que tramita en el juzgado de Dolores, y la competencia «originaria y exclusiva» de la Corte, en ese caso, no sería ya capricho de obstinados ni extravío de inversados, sino taxativa exigencia normativa del derecho positivo argentino (art. 117 de la CN).

Entre un presidente que pide la destitución de jueces y una aliada al gobierno alimentada por los servicios para calumniar a la gente honrada, se debate la «república» en la Argentina.

En Brasil, la opción no es menos mala: Bolsonaro-Guedes, una dupla fascistoide-liberal, si cabe el aparente oxímoron, versus una burguesía industrial local ahora huérfana de representación política y tocada por el lavajato y con sólo la expectativa de volver a los viejos buenos tiempos en que el generalato en pleno gestionaba sus intereses en la superestructura del Estado.

El eje virtual Brasilia-Buenos Aires ha sido roto por la irrupción trumpeana que, destruida la Unasur y sustituida por la pronorteña aparcería denominada «prosur», se dispone a continuar socavando a Venezuela y su legítimo gobierno con la señora Bachelet como grosero instrumento injerencista disfrazado de preocupación por los derechos humanos.

El enfoque político siempre tiene que ser holístico (totalizador o todo lo totalizador que se pueda) para que las interrelaciones y conexiones entre los fenómenos aparentemente disímiles y lejanos aparezcan como un todo pleno de  sentido lo cual, a su vez, permite mejor elaborar las opciones bajo la forma de políticas alternativas.

capital trabajo

La democracia liberal está en crisis en todo el mundo y ello dispara unas opciones de gobierno muy reminiscentes del fascismo, en el caso de Europa, y muy represivas y alineadas acríticamente con Estados Unidos, en el caso de América Latina.

El  «sistema mundo»  (Wallerstein) tiende a tocar sus límites como mercado global y, por ello, prohíja soluciones que parecen nuevas pero que, en realidad, no lo son tanto pues, en definitiva, lo que empieza a emerger es una suerte de borroso estado de excepción que no se configura del todo de modo nítido pero que insinúa clarificar sus perfiles conforme avanza la crisis política y se hace necesario salirle al cruce para detenerla, transformarla en una oportunidad o, de mínima, limitar sus daños, que ese es el servicio que le ha prestado a la burguesía el Estado de excepción en todas las épocas.

Aquellos fascismos del siglo XX sublimaban su abyección en forma de violencia estatal para conquistar mercados; estos del siglo XXI conservan su ingrediente violento pero en pos de disciplinar el «hinterland» amenazado de desgobierno: a causa de las migraciones masivas, en el caso de Europa; de la protesta obrera y popular en el caso de América Latina.

Tanto en la Italia de la coalición de centroderecha como en la Hungría de Orbán o en la Francia lepenista nadie piensa en abolir las formas demoliberales ni en cambiar los modos de representación marchando hacia un Estado corporativo, sino sólo en abroquelarse detrás de los límites nacionales para resistir la marea que viene a operar «la gran sustitución» de una cultura occidental y cristiana por otra oriental e islámica, tal la alucinación que ha comenzado a perturbar los mejores cerebros con que cuenta esta neofascista cruzada identitaria.

En América Latina, Bolsonaro, Macri y Duque conducen experiencias de gestión orientadas a «impedir que el enemigo se forme», para lo cual operan con vistas a neutralizar a esos francotiradores instalados en las colinas «populistas» y que nunca terminan de desaparecer como amenazas para el futuro cercano: Lula, Cristina y Gustavo Petro, líderes de oposición de sendos países en los cuales el Estado de derecho ha ido cediendo frente a la exorbitancia de una colusión ejecutivo-judicial devenida «nueva amenaza» para los pueblos del continente que aspiran a una versión siglo XXI de su liberación nacional y social.

En este sentido, el martes 3 de noviembre de 2020 tendrán lugar las 59º elecciones en los EE.UU. y sus ciudadanos podrán participar un poco eligiendo al grupo conclávico que, en lugar del pueblo, rosqueará quién lo «representará» por cuatro años más. Escribimos, en 2011, que Donald Trump podía muy bien irrumpir como presidente de un imperio en decadencia moral irreversible (www.nos-comunicamos.com.ar; nota «El buen amor de la derecha imperial»). Ello ocurrió en 2015 y no por eso  (pero también por eso, en parte) pretendemos ahora, lúdicamente,  adivinar quién será el próximo presidente de los Estados Unidos.

Ahora es más difícil acertar. Mark Zuckerberg hubiera sido un buen fichaje para unos demócratas huérfanos de alguien que «enamore», pero como ha quedado expuesto al público escrutinio como delincuente de cuello blanco y su plataforma Facebook como instrumento de la inteligencia estadounidense, sus posibilidades de hacerse cargo de la decadencia  -y, al mismo tiempo, de ser su expresión genuina- se han visto menguadas.

Pero, gane quien ganare, la crisis, al interior de la formación social estadounidense, continuará en modo problemático. La contradicción fundamental siempre se constituye y opera en el nivel económico, pues es la que enfrenta al capital con el trabajo, y ello no porque unos sean malos y otros buenos sino porque el capital es posterior al trabajo y vive de él, es decir, de su expolio y de su previo uso y posterior no pago. La contradicción principal, en cambio, es «viajera» y se asienta, ora aquí, ora allá, esto es, a veces en lo económico y coincidiendo con la fundamental, a veces en lo político y hasta en lo ideológico, como es el caso de las tensiones polares que se viven, en algunos países, entre fundamentalistas religiosos y democratizadores laicistas.

La nota identitaria distintiva del proceso político estadounidense es que un triunfo de Trump en 2020 prolongaría la crisis, con la sola  opción para sus opositores  -ahora potenciada-  de tomar por la fuerza lo que el derecho  se muestra renuente a proveer.

La victoria de los globalistas del Estado profundo, en cambio, clausuraría esa crisis definitivamente, pues se tomarían los recaudos para tornar imposible toda recidiva «nacionalista», además de que tal victoria -que sería, a la vez, una victoria del capital financiero- sería acorde y en línea con las tendencias generales de la economía capitalista en esta etapa histórica de su desarrollo que marcha hacia la consolidación del mercado único global.

Y esto sería bueno más que malo, pues dinamizaría, al interior de la formación social estadounidense una reconfiguración del mapa de las contradicciones, con mejores posibilidades de surgimiento, así, en tensión con la concentración financiera elitista y minoritaria y generalizada a todo el mundo, de su opuesto dialéctico: el propio pueblo estadounidense encuadrado en opciones propias por fuera del sistema, en sinergia con eventuales formaciones políticas igualmente autónomas operando en el escenario global bajo la forma de «internacionales» haciendo suyos unos programas productivistas edificados sobre la conciencia de que la sociedad global ya ha acumulado suficiente riqueza como para solucionar los problemas básicos de toda la humanidad pero no lo hace porque las relaciones de apropiación de esa riqueza lo impiden.

Una sociedad vieja no muere hasta que no haya agotado todas sus posibilidades y la consolidación del mercado único global es el límite de esas posibilidades. Los globalistas del Estado profundo llevarían, así, al mundo  hacia su límite:  el de la revolución social. Pero nada será parecido a un «rose garden». Resistirán, aun al precio del fin de nuestra «contaminada y única», como dice el egregio Walter Martínez.

 

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