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Galería Güemes, el pasaje argentino que conecta Argentina y Francia (fotos)

Inspiración de la cultura, el pasillo cubierto y su estilo arquitectónico fue inmortalizado por Julio Cortázar en un viaje en el tiempo y el espacio. En el edificio, hoy restaurado, vivió Antoine de Saint-Exupéry, autor de ‘El Principito’; y en el teatro del subsuelo cantó Carlos Gardel.

A escasos metros de la Plaza de Mayo, epicentro de Buenos Aires, y ubicada donde inicia la célebre calle peatonal Florida, se encuentra la Galería Güemes y el edificio que la contiene, íconos imprescindibles de la capital de la Argentina, un lugar que hace las veces de museo viviente de una ciudad que intentó ser, alguna vez, casi un anexo de Europa.

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Se trata de una joya de la arquitectura de estilo ‘art nouveau’, típico de París de principios del siglo XIX. Supo ser el primer edificio de hormigón armado, además del primer rascacielos de la ciudad, con 14 pisos y 80 metros de alto y una de las únicas cúpulas de visión de 360 grados. Cayó durante años en la decadencia pero fue recuperado y restaurado con la entrada del nuevo milenio.

«El concepto de edificio es muy revolucionario para la época y muy similar al que hoy se plantea en la arquitectura moderna, el de ‘gran manzana’, donde conviven en un mismo espacio departamentos de oficinas, viviendas, comercios y ocio, con el teatro, el restaurante y el mirador», dijo a Sputnik Cecilia Ofler, directora ejecutiva de Galería Güemes.

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Interiores de la Galería Güemes de Buenos Aires.

La construcción fue inaugurada en 1915 y tuvo como novedad el hecho de conectar a través de un pasaje techado con vitrales y domos de cristal translúcido la calle comercial Florida con la calle San Martín, corredor de los bancos y el mercado financiero. Al igual que las galerías parisinas, fue concebido como espacio de esparcimiento y encuentro de los hombres que trabajaban en ‘la city’ porteña.

«Al principio fue un lugar muy prestigioso y fue originalmente un lugar restringido para hombres porque era el sector financiero, el lugar donde venían a comprar tabaco, y el teatro, que luego se transformó en cine, luego se transformó en burlesque. Eso fue cambiando con el correr de los años», contó Ofler.

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Escalera de la cúpula del mirador de la Galería Güemes en Buenos Aires.

Además de conectar estas dos calles, que representan la vida urbana de Buenos Aires en su máxima expresión, el Pasaje Güemes conecta el pasado con el presente, y conecta esta ciudad del sur del mundo con su inspiración, que es París. Este juego es el que emplea con maestría el escritor argentino Julio Cortázar en su cuento ‘El otro cielo’ (1966), donde el narrador fantasea vivir una vida de bohemia en la Galerie Vivienne francesa en 1870 en lugar de en la Buenos Aires de 1945.

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Placa en la Galería Güemes de Buenos Aires.

Allí el autor de ‘Rayuela’ describe la Galería en el comienzo de su decadencia, donde era costumbre encontrar prostitutas, los puestos de revistas donde se podía conseguir ediciones pornográficas, el cine donde pasaban «películas realistas» (por no decir explícitas) y un mundo que pareciera ser el refugio en la penumbra de hombres que preferían la «noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera». Esa decadencia es la que lo vincula en ensueños a las galerías iluminadas por faroles a gas del París previo a la guerra con Prusia, a sus borracheras de ajenjo y a sus ejecuciones públicas.

Francia también está presente no solo en el estilo de las ornamentas y vitrales ni por obra de la ficción sino por haber sido el hogar uno de los escritores galos más famosos del mundo. En 1929, Antoine de Saint-Exupéry fue trasladado a Buenos Aires, nombrado director de la Aeropostal Argentina, donde examinó nuevas rutas, negoció acuerdos e incluso ocasionalmente voló el correo aéreo y participó en misiones de búsqueda de aviadores caídos.

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Departamento en el que vivió Antoine de Saint-Exupéry en la Galería Güemes.

Sus experiencias fueron la inspiración de su segunda novela, ‘Vuelo Nocturno’, que escribió en el departamento ubicado en el sexto piso del edificio, y que le representaron su primer reconocimiento literario. Cuenta la leyenda que el autor de ‘El Principito’ vivía con la compañía de una mascota muy particular: una foca patagónica.

Sputnik

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