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Lo nacional o lo social, pero siempre lejos de Langley

Aquel Gelbard, ministro de Economía en la Argentina de 1973, propuso y gestionó una economía y un proyecto de país a tono con su tiempo. En rigor y mirando hacia atrás, en aquellos años ni siquiera había tocado a su fin, incluso, la «edad de oro» de la posguerra, también conocidos como «los treinta gloriosos», es decir, los años que iban desde 1945  a 1975 y que marcaron la época en que los Estados Unidos superaban, con solidez en todos los indicadores, la «era de las catástrofes» (terminología de Hobsbawm) y ofrecían a la mirada de un mundo en estado de asombro, el auge y el esplendor de su economía.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

El capitalismo comenzará, desde 1980 en adelante, el volantazo histórico que lo llevará a asumirse como cultor del «hayekianismo» sin Hayek (por Friedrich Hayek, economista de la llamada «escuela austríaca», enemigo del «colectivismo» y de la intervención del Estado en la economía, salvo que éste asumiera la forma de la dictadura pinochetista, que Hayek apoyó pues sus economistas aplicaron lo medular de sus teorías: con democracia, no hay orden económico posible. Su rostro neoliberal (el de ese capitalismo) se volverá nítido y precursor con la señora Thatcher en Inglaterra, con el aplastamiento inmisericorde de la huelga de mineros de Yorkshire (norte del país) y de Gales, al suroeste del Reino, los lugares de mayor resistencia obrera, aunque no los únicos, ya que la huelga fue claramente nacional. Comenzaba en Europa la ofensiva desmanteladora del bienestarismo que había dado lugar a los «treinta gloriosos» pero que también había sido posible  -ese Estado de bienestar-  gracias a la bonanza de esos «años de gloria». Ayer, tenía razón Keynes. Hoy, Keynes es insuficiente.

Pero en 1973, en América Latina y en Argentina, todavía latía fuerte el rítmico accionar político ideológico de los hijos de la Segunda Declaración de La Habana que  -además y con el disimulo que imponía la guerra fría- eran apoyados por una URSS que  -al menos públicamente-  aún no daba signos de agotamiento.

Un polo de la tensión capital-trabajo, el de los obreros industriales, estaba, a su vez, en nuestro país, surcado por sus propias contradicciones, en particular una que lo proyectaba al ágora con seña de identidad propia y dura: cómo resolver el dilema que planteaba ese siempre no bien avenido matrimonio entre cuestión social y cuestión nacional. Pero en la formación social argentina, las cosas parecían más claras en ese punto, toda vez que el «proletariado», en particular el industrial, no sólo existía como actor político sino que existía en modo ideológicamente radicalizado (en sus dirigentes y organismos de conducción sindical). Esto planteaba como posibilidad un precipitado que, de hacer masa en sus polos positivo y negativo, podía muy bien cortocircuitar la dinámica de encerrona en que siempre se debaten los movimientos con proyección histórica, rompiendo, de ese modo, unos obstáculos que le impedían abrirse a construcciones novedosas y, ahora sí, con un potencial disolvente considerable.

El polo popular y obrero  (que constituye con el polo del capital, polarmente unido a éste, la contradicción fundamental en la formación social argentina) tenía dentro de sí  -como decimos-  su propia tensión que se expresaba en el ámbito de la «lucha de calles-lucha de clases» (la expresión dicotómica es de Beba Balvé) bajo la forma de la metodología. En efecto, la actividad política armada y las luchas obreras discurrían por andariveles distintos pero algo próximos y con tendencia (por obra del contexto regional y nacional) a acercarse aún más.

Lo esencial de la lucha disruptiva de masas tenía lugar en un territorio sempiternamente combativo y  frecuentemente paradigmático de la isoterma que mide el calor social en el país, esto es, en los tres cordones del Conurbano capitalino. La fábrica numéricamente más grande de la Argentina, en ese momento, era GM (General Motors), en la provincia de Buenos Aires, con 4000 trabajadores entre obreros y administrativos y ubicada junto a la General Paz, equidistante unos ochocientos metros entre las avenidas Constituyente y San Martín (estación Miguelete del ferrocarril que va a José León Suárez). De ese modo, la Avenida General Paz se convertía en «autopista» por la que corrían su carrera hacia la utopía unos militantes políticos y sociales que buscaban base propia no sólo en la mencionada GM sino también en las autopartistas ubicadas a lo largo de la avenida circular y que daban trabajo, en conjunto, a otros miles de trabajadores más (Motores Marelli era una, por su importancia política, emblemática en ese entonces). Estos trabajadores se encontraban, masivamente, encuadrados en la «burocracia sindical» del gremio de los Mecánicos, que conducía José Rodríguez, un «gordo» de la época y al que se le disputaba, con éxito vario, la conducción si no del sindicato, sí la de los cuerpos de delegados de fábrica.

Pero, en 1973/74, no era sólo el Conurbano lo que importaba si de medir la temperatura se trataba. A ese territorio, se unía, en sintonía y sinergia llamativas y esperanzadoras, el cordón industrial de Riberas del Paraná, que iba desde San Nicolás, en el límite norte de la provincia de Buenos Aires, hasta el norte de la provincia de Santa Fe, incluyendo, claro es, a la capital provincial y a la ciudad de Rosario. Se trataba de millones de habitanes allí, de un modo u otro influidos en su cotidianeidad por la vida y la obra de la también cotidiana actividad de los conglomerados obreros en las fábricas, que devenían, así, centro y sentido existencial para todos quienes dirimían, a ambos lados del Río Paraná, es decir, también en la provincia de Entre Ríos,  los términos de su negociación con el poder en los puntos referidos a la vida y cómo vivirla, si con o sin futuro.

La actividad obrera había devenido diversa, masiva, combativa, polícroma y con saldos organizativos muy trascendentes que le subían el precio a un movimiento obrero que tendía a emanciparse de unas conducciones sindicales que funcionaban más bien como agencias del capital en el mundo del trabajo que como órganos de dirección obrera en pos de objetivos sólo plausibles  -y eventualemente asequibles-  con programas movilizadores y combativos.

Toda vez que estas líneas no constituyen el capítulo de un libro de historia sino una módica nota periodística, alumbraremos aquí, sólo una referencia de lo que fue  ciertamente no sólo un hito en  las luchas obreras en ese tiempo y lugar sino también la prueba de que la radicalidad del movimiento de masas en aquella Argentina estaba para mucho más que para la reivindicación «tradeunionista»: la exitosa huelga de los obreros de Acindar de Villa Constitución nucleados en la regional local de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica), que en marzo de 1974 dejaron una impronta  que pasó a reconocerse hoy, en los textos de historia obrera, como «el Villazo».

 Y la  tercera pata del trípode  (Macri diría «tercer», y lo diría en pleno «congreso de la lengua», el lenguaraz) haría ruido por su ausencia si no la consignáramos en este breve inventario: el complejo industrial Córdoba, cuya energía subvertidora de usos y costumbres había quedado de manifiesto años atrás y que todavía en los meses anteriores al golpe de 1976 era un foco de lucha obrera potencialmente rico en perspectiva, con sindicatos rectores de esa lucha, como Luz y Fuerza, Mecánicos y UTA (Unión Traviarios Automotor), regional Códoba, dirigido esta último por Atilio López, así como los dos primeros citadas lo fueron por Agustín Tosco y René Salamanca, respectivamente.

Si así son las cosas, el problema que se le planteaba al bloque burgués en el poder en ese entonces no era otro que el potencial de confluencia que, con la lucha armada, podía alcanzar el movimiento obrero en esos centros neurálgicos. No había sido porque sí que Ricardo Balbín, líder del ala derecha de la UCR (Unión Civica Radical) de entonces, luego de reunirse con el general genocida Roberto Viola, aconsejara al Estado argentino (que ya operaba  -bajo Isabel Perón- fuera de la legalidad con la banda terrorista Triple A que el gobierno auspiciaba), exterminar a lo que él llamó «la guerrilla industrial». El sintagma era perfecto, pues sintetizaba, cortito y al pie, lo que pasaba: los obreros, crecientemente, empezaban a ver con simpatía a unas organizaciones político militares llamadas Montoneros  (peronista) y PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), de ideología  marxista-leninista.

La perspectiva de la colusión del movimiento obrero con la lucha armada disparó la táctica del terrorismo de Estado como expresión política de la «doctrina de la seguridad nacional». El Departamento de Estado, a través del militar Videla, ya había definido las cosas en la   XI Conferencia de Ejércitos Americanos (CEA)  -celebrada en octubre de 1975 en Montevideo-  y donde el susodicho general, en nombre del gobierno argentino y de las propias fuerzas armadas que ya cogobernaban, declaró que «Si es preciso, en la Argentina van a morir todas las personas que sean necesarias para lograr  la seguridad del país».

En aquella época, y volviendo al plan económico que José Ber Gelbard intentó realizar a partir de 1973, no había globalización  -como hoy-  ni había «burguesía nacional», como tampoco la hay hoy. Por eso, el enemigo era «el imperialismo»  (no «el imperio», como hoy, Tony Negri dixit), frente al cual al campo popular se decantaba hacia la consigna «liberación social y nacional» o «nacional y social».  Y no era una cuestión de construcciones sintácticas sino de prioridades ideológicas, de estrategias políticas y de política de alianzas.

La primera mirada (la que privilegiaba lo social por sobre lo nacional) era sostenida por el PRT y una parte de Montoneros, la anclada en Cooke y continuada en Quieto y Osatinsky,  que operaban en el borde exterior de esa organización y con mejor sintonía con espacios no peronistas que  la que tenían con la conducción de su propia organización. Ellos suscribían  -en su práctica militante con toda claridad, en la teoría con menos claridad- la «weltanshauung» que daba relevancia a la inexistencia de una burguesía nacional «propia» o a una existencia de esa burguesía  sólo raquítica y sin posibilidades de proyección política. Corolario forzoso, axiomático y apodíctico de esa visión de las cosas era la afirmación de que sólo la clase obrera  -su conducción política-  estaba en condiciones de asumir y de llevar a su realización práctica el programa democrático-nacional (tareas históricas de la burguesía nacional), en sucesión ininterrumpida con el programa específicamente identitario del proletariado: el socialismo. La liberación devenía, así, «social y nacional», lo que no denotaba prioridad temporal sino un programa simultáneo  (y que no debía ser escindido en etapas)  al cabo del cual la Argentina emergería como actor mundial autónomo y en alianza con el así llamado Tercer Mundo y el -también así llamado-  campo socialista, la URSS en primer término.

De manera que aquí irrumpe, hoy, una llamativa curiosidad: los que, pese a las evidencias, postulaban ayer la «liberación nacional y social», es decir, que un movimiento obrero fuerte en lo organizativo y radicalizado en los métodos de lucha  (al punto de que obligó al bloque clasista local a asumir como propio lo diseñado en el Departamento de Estado, esto es, el golpe preventivo, porque eso fue lo que hizo Videla, un golpe preventivo) dejara en manos de una burguesía sin proyecto histórico la liberación del país de las ataduras a la política imperial de los Estados Unidos,  esos mismos de ayer -decimos- postulan una fórmula idéntica hoy, y de ello sacan las cuentas que les posibilitan un cierre de ejercicio lineal y sin complicaciones, pero qué lejos está la política de ser ese jardín florido, mamita…! como nos suele obsequiar con interjecciones nuevas Cristina, Dios le depare larga vida, Sinceramente…

Porque si lo que ayer era social y nacional y hoy es, con el peso de las verdades ilevantables, nacional y social, ello no se debe a que aquel ayer era igual a este hoy. No puede ser igual porque han pasado cincuenta años. Ha cambiado la realidad, y luego de medio siglo, esta realidad material ha venido a coincidir con las formalidades de lenguaje que se enunciaban en aquel pretérito: liberación nacional y social.  Lo que era errado antes ha venido a no serlo después. Estaban equivocados ayer pero no lo están hoy, aunque también haya que decir que si no lo están hoy es más por obstinación que por virtud. Y las obstinaciones son como el colesterol: hay buenas y malas.

Inversamente, los que ayer postulaban la prioridad conceptual de lo social por sobre lo nacional, habrían quedado en falta hoy ante la evidente certeza de que lo nacional está siendo derruido, hasta los cimientos, por el capital financiero desbocado en todo el mundo y hay que salir a defenderlo. Pero ello no es así. Aquella realidad exigía no lo que exije ésta, y viceversa.

Y ¿qué es lo que ha hecho que lo que era equivocado ayer no lo sea hoy? Pues nada más y nada menos que un invitado imprevisto e impensado que llegó para quedarse pero que,  a favor de la volatilidad de los asuntos humanos y de la turgencia de obstinaciones (buenas en este caso) que persisten en contradecirlo, ya exhibe, también, signos de fatiga: la globalización.

Es llamativa la poca o ninguna importancia que a este fenómeno, asaz complejo pero insoslayable, le da hoy la clase política no sólo de la Argentina sino la de todos los países latinoamericanos, incluidos en este lote tal vez también los políticos españoles. No figuran en sus campañas electorales más que las lógicas propuestas vinculadas con el proceso social y político deméstico, pero parece, en sus discursos, que estos procesos se desenvolvieran en algún lugar del cosmos y no en el planeta tierra globalizado y por ende, interconectado, interculturizado, intercomunicado, interrelacionado  e inseminado por imbricaciones varias.

La globalización es  -entre la diversas cosas que también es-  un proceso que ha internacionalizado el devenir de la materialidad del proceso histórico. La globalización es, esencialmente, internacionalización. Pero una internacionalización que ahora ya dejó de ser «buena»  (como el colesterol y las obstinaciones), porque no consiste en la interacción mutua y beneficiosa entre actores formalmente iguales y materialmente diversos y, por ello, recíprocamente benéfica esa interacción. La globalización sólo se afirma como globalización y existe como tal sólo en la medida en que destruye todo lo que se le opone, y lo que se le opone, en primer lugar y con igual intensidad y sentido contrario, como en la física, es el Estado-Nación. Del Marx del Manifiesto surge que esto es malo y es bueno a un tiempo. Lo primero por todo lo que el fenómeno conlleva de violento y antidemocrático; lo segundo, porque la extensión de las relaciones de producción   -tanto técnicas como sociales-  al resto del orbe devienen causa material, formal, eficiente y final (terminología aristotélica), todo ello a un tiempo, que acerca a ese orbe al estatus de mercado único mundial y, con ello al umbral de su colapso, todo ese tempo  medido como se mide el tiempo histórico, esto es, en plazos largos.

Y como la globalización, en el desenvolvimiento de su conatus (de la afirmación de su propio ser depredador) encuentra resistencias a esa internacionalización que ella implica, esto último (estas resistencias) no pueden sino aparecer en la materialidad del proceso histórico bajo la forma de procesos nacional-soberanistas que se constituyen, así, en el opuesto dialéctico que da existencia material a la estructura contradictoria del mundo de hoy: Estado global-Estado nacional, o su expresión política: hegemonismo-multilateralismo.

Hoy y en este marco global, la liberación de los pueblos sigue siendo la liberación del yugo del capital, pero es, de manera prioritaria, por existencial y urgente, una afirmación soberana de que se existe como Nación, es decir, como sujeto estatal de derecho con legal y legítima aspiración de poseer en exclusiva no sólo los recursos sino también la organización que, en cuanto a la administración y disfrute de esos recursos, concretamos nosotros mismos al interior de nuestros Estados.

Es claro que todo este derrotero deja en pie problemas económicos y políticos que hacen al futuro de eventuales restauraciones de signo nacional y popular. Más de lo mismo no será, con toda evidencia, el camino, sobre todo porque en ese «más de lo mismo»  habría que inventariar  también los errores que siempre comete todo aquel que actúe en la vida pública, ya que a Perfecto, a esta altura de los asuntos del mundo y de la vida, se lo llevaron o preso o al cementerio. La liberación «nacional y social», en la Latinoamérica de hoy (y Argentina está en Latinoamérica) deberá ser también, a un tiempo, en forma ininterrumpida, social, lo cual no implica, naturalmente  (y  esto hay que declararlo así ante una dirigencia política progresista y de izquierda con poca o ninguna inclinación a no mirar más allá del día a día), que, después del 10 de diciembre próximo, haya que llamar a instituir, en la Argentina, el socialismo sanmartiniano o algo parecido.

Sólo quiere decir que, para que el kircherismo y aliados de izquierda no pasen  (no pasemos) al recuerdo como un banal incidente de la historia deberán mirarse en el espejo de Antígona o, más bien, en el espejo del deseo de Antígona, deseo que fue indecible, inasimilable e irrecibible en la Tebas de las siete puertas, sólo porque  -y nada menos que porque- ese deseo era fiel a la convicción y  a los principios y no a la realpolitik del poder que imponía en la ciudad de Edipo, ya muerto, su hermano Creonte.

Esta disquisición (tal vez una divagación, una catártica divagación) me fue sugerida en modo y forma que no quiero dejar de mencionar aquí,  pues  su colofón  no sólo está imbricado en el cuerpo de este texto sino que también es parte de su comprensión y del merecido respeto que siempre es obligatorio profesar por algunos protagonistas (por algunos valientes protagonistas) de la política argentina de ayer y de hoy. Miguel Bonasso es quien ha disparado estas módicas reflexiones mías, pues él, en la conferencia, en los medios o en el libro suele no dejar escapar el elogio a la política de ese gran economista que fue José Ber Gelbard. Por lo que llevo dicho (y no sólo en esta nota), creo que no hay que abundar en alegaciones orientadas a dejar en claro que no comparto la visión de aquellas políticas, muy justas en la apariencia de su enunciación formal pero inconducentes en su errática busca de una burguesía nacional que también era errática por su cuasi inexistencia.

Diferencia más o menos (diferencias tal vez irrelevantes hoy),  la densidad ideológica de Bonasso esta fuera de toda duda en América Latina. Para mí lo está,  incluso en los «combates» que, por la libertad de expresión, él libra hoy con la misma convicción con que ayer se batía por la salud del ecositema, comprometida por la depredación de las multinacionales mineras. Con Miguel Bonasso estábamos seguros ayer, y lo estamos hoy , de que podíamos aceptarle una invitación a misa de once. Con otros no, porque corremos el riesgo de que en vez de a una iglesia nos lleven a un templo donde nos reciba, oh sorpresa, el Dalai Lama recién llegado de Langley.

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