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Venezuela debate tras el fracaso del golpe de Estado: «¿Qué estamos haciendo mal?»

«¿Qué estamos haciendo mal?», preguntaba serio el presidente Nicolás Maduro el 1 de mayo, frente a miles de personas que rodeaban el Palacio de Miraflores. Era el Día de los Trabajadores y las Trabajadoras, aunque eso fuese sólo la excusa momentánea para defender la estabilidad del Estado en unos días convulsos.

Por Esther Yáñez Illescas*

Venezuela estaba viviendo unas horas de incertidumbre absoluta que recordaban a otros tiempos que nadie quería volver a recordar; con un intento de golpe de Estado por parte de Juan Guaidó a las puertas, con un país en crisis, con la mediática internacional en contra y con el líder opositor Leopoldo López refugiado en la residencia del embajador de España en Caracas, tras ser liberado de manera irregular en la escaramuza del 30 de abril de su prisión domiciliaria.

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Mientras el autoproclamado presidente Juan Guaidó llamó a una huelga general sin ningún resultado, decenas de personas se reunieron en Caracas para redefinir el rumbo de la Revolución bolivariana.

Maduro preguntaba con autocrítica y con las maneras del que sabe que la única forma de salir del atolladero es confiar un poco menos en los de siempre y mucho más en los que incondicionalmente se mantienen firmes.

A Venezuela, que siempre parece al borde de la quiebra irreversible y mágicamente se levanta de sus cenizas inquebrantable una y otra vez, la sostienen los chavistas que salen a la calle sin pedir nada a cambio, que votan de nuevo por lo que creen, a pesar de todo, sin pedir nada a cambio.

Que escuchan a su presidente preguntarse y preguntarles qué están haciendo mal para que el país y la Revolución se les vayan de las manos. En Miraflores hubo una vigilia de apoyo al Gobierno mientras en la autopista Francisco Fajardo o en la Plaza de Altamira, al este de Caracas, disparaban terror. De nuevo el contraste de las dos Venezuelas que coexisten a la fuerza.

Nicolás Maduro se preguntó y les preguntó qué estaban haciendo mal para que un buen puñado de países de la comunidad internacional den credibilidad a una persona que se autoproclamó presidente de su país en una plaza pública de una zona adinerada de Caracas.

También es consciente del bloqueo, de las sanciones, de los de fuera que lanzan dardos con veneno de cualquier manera en tiempos de guerra no convencional. Pero no son tiempos de luchar solo en política exterior. Intramuros hay un país rentista con décadas dependiendo de los vaivenes del oro negro y con una mentalidad acorde a su idiosincrasia cortoplacista.

Eso está cambiando, no queda otra, y debe cambiar aún más. Venezuela lucha por la supervivencia organizando al pueblo que todavía resiste y Maduro pregunta a ese pueblo junto al Palacio de Miraflores qué errores están cometiendo para que el traspaso de poderes no esté dando los resultados esperados al menos en este tiempo contrarreloj.

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Los resultados del diálogo chavista para redefinir la Revolución bolivariana serán entregados al presidente Nicolás Maduro en un documento.

La solución a la pregunta que no era retórica fue la convocatoria este fin de semana para unas Jornadas de Diálogo con el Pueblo para la Revisión, Acciones y Propuestas. Se convocó a los movimientos sociales de todo el país y en tiempo récord llegaron a la capital más de 2.500 personas de un total de 54 organizaciones. Se dividieron por Estados y por temáticas o grupos de trabajo: juventud, estudiantes, indígenas, salud, mujeres, trabajadores, consejos comunales y comunas… y muchos más.

La sede de la UNES (Universidad Nacional Experimental de la Seguridad) ubicada en el barrio de Catia, al oeste de Caracas, fue el escenario del debate. Comenzaban temprano, terminaban tarde. Había muchas preguntas que responder en torno al mantra: «¿qué estamos haciendo mal?».

El objetivo era elaborar un documento común con las propuestas de todos los sectores que entregarán a Nicolás Maduro en su despacho de Miraflores. Un país en crisis y en guerra, acosado por la geopolítica exterior y víctima de sus propias corruptelas debe reinventarse desde abajo y ese ha sido el objetivo principal del encuentro.

Dos palabras lo resumen a la perfección: producción y pueblo. Cuando no se pueden traer desde fuera alimentos o medicinas porque no hay dinero o porque se bloquean las transacciones financieras con el país, hay que pensar en producir dentro todo lo necesario para no morir de hambre y para enfrentar una situación excepcional en todos los sentidos.

Además, otorgar el poder organizativo de todas las fases de la cadena productiva al pueblo que acude incondicionalmente al llamado de un presidente cuestionado en muchos ámbitos, es obligatorio. Así lo entienden los voceros de los diferentes sectores reunidos en la UNES.

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Petra considera que «la cultura del enriquecimiento debe terminar» en Venezuela.

Por ejemplo, Petra, de la Comuna Zamora Vives, en el Estado Anzoátegui, que cree que «la salvación de Venezuela está en manos de las comunas». «Tenemos el territorio», dice, «y en ese territorio vamos a producir, estamos produciendo, nosotros, y no las transnacionales que durante tantos años han condicionado la producción de nuestros alimentos».

«Nuestro sistema nació en Revolución y ya tenemos la conciencia de lo que significa el socialismo. Un comunero formado y consciente no se va a prestar nunca para desestabilizar la economía del país como lo ha hecho el sector privado capitalista todos estos años», apunta. Las comunas aportan el 10% de todo lo que se produce en el país, y la cifra aumenta cada año paulatinamente.

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Los líderes comunales sostienen que el país debe incentivar más aún la producción colectiva para romper la dependencia del exterior para cubrir las necesidades alimentarias.

Petra habla de la corrupción y el burocratismo que han marcado el sector comercial y productivo de Venezuela durante las últimas décadas, antes y después de la Revolución Bolivariana. «La cultura del enriquecimiento debe terminar».

Su comuna es grande. Tiene 25.000 hectáreas y agrupa a 6.800 familias. Producen principalmente hortalizas y maíz pero también tienen ganadería, porcinos y aves. Sus propuestas, aparte de esa reivindicación absoluta de su reconocimiento como actores activos en la lucha por la supervivencia y la batalla diaria, pasan principalmente por cambiar el Código de Comercio, para que permita a las comunas estar reconocidas por ley como empresas y así poder desarrollar su actividad económica con normalidad, sin trabas burocráticas.

«Mientras esto no sea así», dice Petra, «tenemos dificultad para vender, para obtener las materias primas y para participar en los procesos de distribución y comercialización». Y esa es la clave, porque en esos procesos florece la especulación de la guerra económica y la guerra de precios.

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Anahí señala el rol fundamental que tienen las mujeres en la Revolución bolivariana, en un país donde el machismo es aún muy fuerte.

Anahí es otra mujer fuerte que está participando del foro. Está en las mesas de «Feminismo y Mujer» y pertenece a UNAMUJER (Unión Nacional de Mujeres).

Habla rápido y sin parar. Está contenta con la convocatoria, que considera más que necesaria. «Esta semana venimos de un intento de golpe de Estado. donde el Presidente pide la participación del pueblo. Las mujeres somos el 80% de la vanguardia de la Revolución y estamos en todos los sectores. Tenemos un carácter protagónico».

Para Anahí es falso que encuentros de este tipo no sirvan para nada. «Lo de este fin de semana nos permite dar pasos cualitativos. La consulta con la gente fortalece las propuestas del pueblo», afirma.

Anahí recuerda que de un encuentro como este surgieron los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), que proveen cajas de comida subsidiada por el Gobierno, repartidas a millones de familias en todo el país. O también el programa ‘Soy Mujer’, que facilita microcréditos a miles de venezolanas para poder emprender un negocio o utilizar ese dinero de la manera que mejor les convenga.

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El diálogo para redefinir la Revolución bolivariana contó con una participación de líderes de todo el país; sin embargo, no recibió cobertura de la prensa hegemónica internacional.

Son ayudas sociales ideadas y encabezadas por mujeres en un país donde el machismo impera con ruido aunque la Revolución se diga feminista. Lo es en la medida en que son ellas los grandes sostenes de las políticas gubernamentales a pequeña escala.

«La mujer es la gran gerente social», asegura Anahí. Y por eso las propuestas de su mesa de trabajo van encaminadas hacia ellas: «la erradicación de la violencia de género, de la violencia mediática, la paridad política, fortalecer el artículo 88 que define como valor agregado el trabajo de la mujer en el hogar, así como garantizar presupuestos con perspectivas de género en todos los ámbitos», termina.

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Personas de distintas áreas se reunieron el fin de semana en Caracas para aportar ideas sobre cómo encarrilar la Revolución bolivariana tras el intento de golpe de Estado

Anahí también habla de producción nacional, de reinventarse en todo. Hasta en los tintes para el pelo que utilizan las mujeres. Que son caros e imposibles en las tiendas de Caracas. No es una prioridad, ella lo sabe, pero la vida no es solo para vivirla en supervivencia y a las venezolanas les gusta, como a todas, estar guapas; así que están comenzando a producir sus propios tintes que no dependan de la importación.

Lo mismo con los medicamentos, que como no llegan, desde los grupos de trabajo feministas están trabajando en «volver a los conocimientos ancestrales de nuestros pueblos originarios. Tenemos una gran biodiversidad y la medicina también radica en nuestro entorno”, cuenta. Todo suma como medida de estado de excepción en la lucha por el cambio de sus patrones de consumo.

Nicolás Maduro lanzó una pregunta al pueblo, a sus ministros, a su Gobierno y a sí mismo en uno de los momentos más complicados —uno de tantos— de su mandato. Y la retórica de la respuesta quedó en el aire pendiente del siguiente movimiento en un país donde los códigos de comunicación marcan la agenda política dentro y fuera de sus fronteras.

El pueblo respondió rápido sin pensar en el terror de la autopista o en el nuevo intento fallido para derrocarlos. No había medios internacionales en el foro de debate de este fin de semana, que trató de sacar adelante nuevas propuestas inteligentes para desarrollar un país herido en el combate.

Los aviones extracomunitarios aterrizaban en Maiquetía (aeropuerto internacional de Caracas) para fotografiar las calles vacías de un fin de semana de convocatoria opositora hacia las bases militares.

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Jóvenes, mujeres, líderes sociales, pueblos originarios tuvieron su lugar en el encuentro para definir qué pasos toma la Revolución bolivariana tras el intento de golpe de Estado.

Al final lo tuvieron que reconocer y las primeras planas ya hablan, incrédulos, del fracaso de Juan Guaidó. No se lo pueden explicar. Pero del otro pueblo, la otra realidad, que se reunió tranquila para reconstruir adversidades no hay columnas ni pie de fotos. El mundo continúa ensimismado.

*Sputnik

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