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Alemania, el declive de la locomotora de Europa

La primera economía de la UE da señales de agotamiento en medio de una guerra comercial y el ascenso de la ultraderecha.

Un tercio de los trabajadores tiene un trabajo precario y la clase media ve con recelo la llegada de inmigrantes.

La inmigración y la economía son los principales temas de interés para el ciudadano alemán en estas elecciones europeas. Y las dos cuestiones trufan el ascenso de la ultraderecha.

Los últimos datos económicos suponen un respiro de alivio tras haber esquivado la recesión por un pelo el año pasado. La economía alemana ha crecido cuatro décimas en el primer trimestre: tiran el consumo, la construcción y la inversión, e incluso las exportaciones crecen casi un 2% en el último dato.

Pero las perspectivas son sombrías porque las amenazas no han desaparecido. Al contrario, se materializan: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acaba de imponer un arancel del 25% a casi la mitad de las importaciones chinas y amenaza con hacer lo propio a los coches europeos.

También está pendiente la espada de Damocles del Brexit: Alemania sería el país más perjudicado después de la propia Gran Bretaña. El resultado es que se acabaron los tiempos de vacas gordas, como reconoce el ministro de Finanzas, Olaf Scholz. Las previsiones de ingresos para los próximos cuatro años se hunden en 124.000 millones de euros.

Signos de agotamiento

No en balde, el modelo económico alemán da señales de agotamiento. El sector del automóvil no levanta cabeza tras el escándalo de las emisiones diesel, un engaño que le ha costado a Volkswagen más de 30.000 millones de euros en multas e indemnizaciones. Y las perspectivas no son mejores: la industria va muy rezagada en la apuesta del futuro, el coche eléctrico.

En el sector financiero, ha fracasado la fusión de los dos principales bancos del país, Deutsche Bank y Commerzbank, lastrados ambos por escándalos y poca rentabilidad.

También el gigante industrial Thyssenkrupp ha tenido que abandonar sus planes de fusión y está endeudado hasta las cejas. El gigante farmacéutico Bayer vale la mitad en bolsa que el año pasado tras una adquisición indigesta de Monsanto. La lista es interminable y sólo Siemens y Bosch están a la altura en otro mercado futuro, el de la robótica.

Incluso los datos del mercado de trabajo tienen algo de espejismo. Es cierto que el paro es residual y ronda apenas el 5%. Pero empiezan a firmarse los primeros recortes de empleo en todos los sectores tocados.

Recelo hacia los inmigrantes

La realidad además es que un tercio de los trabajadores tiene un trabajo precario. Y la clase media ve con recelo la llegada de inmigrantes: Merkel abrió la puerta a más de un millón de refugiados en 2015, una decisión personal, respaldada por buena parte de los alemanes, que le ha costado a los partidos tradicionales millones de votos.

La Gran Coalición que gobierna el país ya ni siquiera tiene la mayoría en los sondeos. Y la ultraderecha de AfD ha entrado en los 16 parlamentos regionales y es el principal partido de oposición en el Bundestag.

Más de la mitad de los alemanes tienen una opinión negativa sobre los refugiados, según la fundación Friedrich Ebert. Y seis de cada diez creen que la inmigración perjudica el Estado de Bienestar, según la encuesta de Yougov.

El 40% es abiertamente xenófobo y más de la mitad de la población se siente extrajera en su propia tierra, según otro estudio de la Universidad de Leipzig.

Desafío de la ultraderecha

Como en Austria, una de las consecuencias es que los conservadores han virado a la derecha en la cuestión migratoria y en Seguridad, subraya Andreu Jerez, coautor y editor de dos libros: Factor AfD y Epidemia Ultra. La sucesora de Merkel al frente del partido, Annegret Kramp-Karrenbauer -AKK para sus seguidores-, ha endurecido su discurso y rechaza como falsa tolerancia que «no se nos permite cantar villancicos con los niños para no herir susceptibilidades culturales o religiosas.

El gobierno acaba de aprobar un proyecto de ley, con el apoyo de los socialdemócratas, para agilizar las deportaciones de las cerca de 200.000 personas a las que ya se les ha rechazado el asilo. Habrá multas, prohibición de trabajar e incluso prisión para aquellas personas cuya deportación ya haya sido ordenada.

Pero el objetivo no declarado es frenar el ascenso de la ultraderecha. Las manifestaciones neonazis desafían ya sin pudor lo que en Alemania es delito: hacer apología del nacionalsocialismo. Se saluda con el brazo en alto, se persigue al extranjero, se atacan los comercios judíos o musulmanes.

La xenofobia es rampante en el este de Alemania, donde precisamente hay menos inmigración. Pesa la herencia autoritaria de la antigua República Democrática y también que la reunificación no ha conseguido igualar las condiciones de vida en las dos Alemanias. Y aunque el flujo de refugiados sea ya inferior a las 200.000 personas, la ultraderecha se aprovecha del miedo de la clase media y de las heridas de la crisis financiera, que siguen abiertas. ​

RTVE

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