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El 18 Brumario de Alberto Fernández

La derecha de este país y del continente  no calumnia al kirchnerismo por sus errores sino por sus aciertos, pero son sus errores del período 2003-2015 los que lo han instalado en la actual coyuntura como un actor político ideológicamente diferente a aquel que, en la alborada del siglo XXI, tuvo ante sí la opción de dar las batallas que la política exigía o devenir banal incidente de la historia. No todo está dicho en este punto pero los interrogantes, acuciosos de impaciencia, reclaman con urgencia aquellos hechos que renueven la esperanza.

Por Juan Chaneton*

Aquel eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires que supo decir lo suyo en la Mar del Plata de 2005  -y que permitía una ilusión de nuevo tipo en la era de la globalización-  empieza a asumir su destino de recuerdo  -de devaluado recuerdo- de  una oportunidad que no alcanzó  y que sólo persiste como inspiración, un tanto evanescente, para las generaciones futuras.

Hoy, ha sido la coyuntura, surcada por los vientos de la aritmética electoral, la que le está posibilitanto a un hombre ideológicamente distinto a Cristina Fernández  de Kirchner jugar el papel, no de héroe, como decía Marx de Luis Bonaparte, sino el de impensado protagonista de una tragedia nacional.

Hay que votar en estas elecciones de octubre que ya despuntan en el calendario político de los argentinos. Siempre hay que votar en las elecciones, aunque más no sea para exhibir una politización que la derecha preferiría que no existiera. Y hay que votar por Alberto Fernández pues su derrota sería más que la frutilla del postre para esa misma derecha que ha sentido  -y ha temido- que el kirchnerismo pavimentaba, con voluntad o sin ella, el camino para la monstruosa epifanía antisistema.

Vote a Alberto Fernández … y siga luchando, sería el mensaje para el obrero, para el pobre, para el sin nada y para la clase media urbana, de la capital, del conurbano y del interior del país. Vote a AF y siga luchando por una opción popular que tenga las cosas claras en materia estratégica y la ideología apta para realizarlas y que ya va a alumbrar, tenga mano tallador, en la Argentina de los trabajadores, paciencia, todo llega, sobre todo en el devenir de la historia.

Si se proponía sorprender, Cristina lo ha logrado con creces. Y también ha tranquilizado a «los mercados». El corrimiento al centro ahora lo liderará Alberto, quien, asimismo y de haberlos, también oblará los costos. Habrá que gobernar. Y gobernar, hoy, no es poblar, como en la época de Alberdi, sino pagar: la insólita inepcia de macristas y radicales al timón de la nave del Estado deja al país con algo menos de dos terceras partes del PBI como deuda. Habían recibido un país desendeudado.

Y con el Fondo Monetario Internacional no se puede negociar. Por lo menos, no puede negociar Cristina, porque el FMI presta y renegocia pero obliga a administrar la economía de tal modo que su acreencia siempre esté garantizada. Un gobierno que no le mienta a su base electoral siempre habrá de pararse,  frente a un acreedor de esta ralea, como lo hizo Néstor Kirchner en un ayer que ya parece tan lejano: negocia y se lo saca de encima para siempre. Es la línea de Cristina, irrealizable hoy, con base social restringida y con la derecha dispuesta a saltarle al cuello incluso avant la lettre. AF, en cambio, es un interlocutor muy válido para un Norte al cual Cristina señaló un día como eventual hontanar de un también eventual «accidente» que a ella pudiera ocurrirle. Son los límites que impone la osadía o los costos de las medias tintas, según cómo se mire.

Y hasta la otra derecha, la «libertaria», abriga la esperanza de que Cristina se derechice y, junto con Alberto, vaya en pos de la «república» y de una «razonable» relación con los acreedores, es decir, que se disponga, en primer lugar, a pagarles el total, sin quitas, dejando para mejor proveer y para más adelante las angustias y necesidades de su base social.  (Infobae ‎19/‎05/‎2019, J.B.Yofre, «Cristina vuelve al peronismo»). Y ni qué decir tiene que esta derecha  -y toda la derecha de la Argentina-  está atenta y en guardia respecto de una eventual reforma constitucional,  pues allí se toca o se roza, siempre, el tema del poder y cómo y quién lo ejerce.

El caso es que ya no hay, para la derecha argentina, candidatos que la asusten. Pueden quedar dos o tres fórmulas competitivas para octubre, pero ni Fernández, ni Macri, ni Massa, ni Lavagna, ni Schiaretti le quitan el sueño  a esa derecha. Tal vez se equivoque con Fernández, la derecha.

Y no se trata sólo de pagarle o no pagarle al Fondo. También otros acreedores aguardan su turno. Trump acaba de «aconsejar» a la Corte estadounidense, por vía de su «general solicitor», que el juicio contra YPF  por la estatización de 2012  tramite en sede estadounidense. El beneficiado directo por un Trump recurrentemente presentado como «amigo» de Macri, es el buitre Burford, al que el futuro gobierno deberá probablemente pagarle u$s 3000 millones, que en esa cifra se consolidará, aproximadamente, el monto del reclamo.

De cara a lo que viene a partir de 2020, la producción y el trabajo, inversiones mediante, nos sacarán del marasmo crónico en que nos debatimos, dice AF, y tiene razón. Pero que la producción y el trabajo se garantizan con «inversiones»  también lo decía Macri. El punto es que ningún estadista o aspirante a serlo parece darse cuenta de algo acerca de lo cual no es necesario ser estadista para advertirlo. Entre 1980 y 1990 se preformó y se consolidó en el mundo un fenómeno llamado globalización. En las dos décadas siguientes el mismo fenómeno vivió fresco y lozano hasta que empezó a aquejarlo su propio «malestar en la cultura» de tal modo que, en el último lustro, la economía mundial es una bomba de tiempo y las relaciones políticas entre Estados han devenido un caos  peligrosamente inmanejable.

En ese marco y habiendo entregado la realidad numerosas muestras de que el problema económico argentino no es de déficit fiscal sino de patrón productivo, la incógnita que hay que despejar deriva de la procedencia de unas inversiones que seguramente no vendrán ni de unos Estados Unidos ahora proteccionistas, ni de una Unión Europea económicamente estancada, políticamente confundida y moralmente cansada.

La opción que queda excede la ideología de los actores ordinarios de la política argentina  y es incompatible con su adn: incorporar nuestra puerta al Pacífico, vía integración con Chile, a la Ruta de la Seda, en tándem con unas fuerzas armadas nacionales dispuestas a la industrialización para la defensa y abastecidas en sus destacamentos de tierra, mar y aire por la mejor tecnología militar de hoy en día que es la que provee la Federación Rusa. Es ese camino o el de las cuatro bases militares disfrazadas de humanitarismo que el macrismo les obsequió a los EE.UU.: Jujuy, cerca del litio; Corrientes, encima del acuífero guaraní; Tierra del Fuego, de cara a la Antártida; y Neuquén, a metros de Vaca Muerta.

Así las cosas, el futuro se asemeja a una proteica madeja de asechanzas, y el contrato social que propuso CFK en la Feria del Libro no lo podía firmar ella sino un dialoguista.  AF conoce bien el «círculo rojo» y es previsible que vuelque allí su vocación negociadora.

Y ello no dejaría de ser una muestra de independencia respecto de Cristina. Pues de todas las opiniones que, a raudales, ha disparado la decisión de CFK, la única que no parece anclada en un acucioso mirar de los hechos y luce sólo inspirada en la búsqueda de la ironía fácil e inconducente, es la que ubica a Alberto Fernández como un polichinela. No lo es ni lo será. Porque el hombre tal vez no sea Disraeli pero se plantó con siete y medio cuando el «sicristinismo» arreciaba, lo cual no deja de ser una virtud, aun cuando habrá que ver todavía si ello es para alegrarse o para llorar, toda vez que las virtudes, sobre todo la inteligencia, pueden ser usadas a favor de los pueblos o de sus enemigos. Y los pueblos, nunca, anhelan sólo las cuatro comidas diarias, como dijo Máximo, sino que siempre, y para mal o para bien, aspiran, aun, a veces, sin darse cuenta, a  hacer mover las ruedas de la historia en pos de «los ideales, las convicciones y las utopías», como dijo CFK en su último video.

El tiempo dirá, pero, hoy por hoy, los hechos históricos son los hechos históricos. Si CFK va por más o por menos es no más que una conjetura. Como es conjetura decir que o se volverán a pelear  o no se pelearán nunca más. Pero, si éste es el caso, habrá sido porque CFK  acordó con AF, o porque AF  acordó con CFK. Vienen de fraguas diferentes. No piensan lo mismo. Y la CGT, los movimientos sociales y partidos de izquierda que  ayer no le dieron tregua a Cristina exigiéndole radicalizaciones fuera de lógica o las revoluciones que ellos  nunca  supieron conseguir, ¿se la harán más fácil a Alberto?; ¿qué será de la unidad del campo popular? Buena parte de las respuestas a estas y otras preguntas  dependerán, claro está, de lo que haga Alberto en caso de que sea ungido «Presidente de la Nación Argentina», que es el título que el artículo 87 de la Constitución asigna al ciudadano elegido por el voto popular para desempeñar el Poder Ejecutivo.

El lapso 2003-2015 fue lo último que nos legó el peronismo.  Lo mejor de sí. Lo que lo habilita (lo habilitó siempre) para desempeñar el rol de componente sustancial e imprescindible de cualquier proyecto emancipador que pueda brotar en la Argentina y de su seno profundo. Ahora entra al escenario un actor nuevo: el poskirchnerismo, que es lo mismo que ayer pero enfrentado a una disyuntiva histórica: representar a los pueblos con su política interior y exterior o diluirse en la prudencia, esa virtud que disimula la falta de imaginación y devenir, si ese fuera el caso, como decimos en el primer párrafo de esta nota, banal incidente de la historia política y social de los argentinos.

Por eso, no conviene aventurar juicios  tajantes sobre un futuro eventual gobierno argentino presidido por AF,  mucho menos basándose en sus dichos de hoy y en los que vendrán, campaña mediante. Nadie le cuenta a su adversario cómo dispone sus fichas, ni con qué cartas lo ha favorecido el azar, ni qué combates se dispone a librar.

Cómo ha sido que una mujer vilipendiada por la prensa y perseguida por los jueces y de la cual se predicaban sólo vicios  y se vaticinaba su  inexorable defunción política ha podido sorprender, una y otra vez, a una nación de cuarenta y dos millones de almas, es el enigma que tendrán que develar historiadores, sociólogos y cientistas políticos de los años por venir.

Es seguro que mejora las chances del peronismo K esta «unidad en la acción» acordada por Cristina con un peronista ajeno a Unidad Ciudadana, como el mismo AF se autodefició hace poco.

Por lo demás, todos los escenarios son posibles, incluso ganar en octubre. Y esa posibilidad evoca un pasado lejano y ajeno : » … si el manto imperial cae sobre  los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se vendrá abajo desde lo alto de la Columna de Vendóme …», pontificó Marx cuando el siglo XIX alcanzaba su mediodía. No se trata, en nuestro caso, de mantos imperiales sino del republicano «sillón de Rivadavia». Si posara sobre él su humanidad AF nada se precipitará a tierra, como metaforizaba el pensador de Tréveris.  Sólo si la desilusión gana la partida nos asaltará la sospecha de que lo que había empezado como esperanza llega a término con el sabor del agua de los fideos. Todo habrá terminado, T. S. Eliot mediante, not with a bang, but a whimper, esto es, no con una explosión, sino con un sollozo.

A Macri y a todo lo que él sintetiza y resume hay que derrotarlo en las urnas a como dé lugar. Los pueblos, en tanto, seguirán, no les queda otra, y se aprestan a nuevas batallas, las que librarán en la época de la globalización y de la inteligencia artificial. En las villas y en las fábricas también hay millennials. Para ellos es tan lejos pedir… tan cerca saber que no hay… Esos sí que «irán por todo». A ellos les tocará derribar de su pedestal no sólo a Napoleón, sino a  la columna Vendóme entera, para erigir en su lugar la de los dioses paganos de su siglo, y la humanidad seguirá, indiferente, su curso civilizatorio hacia una época en la  que ya no necesite más ni de héroes, ni de dioses, ni de jefes, que no por lejana deja esa de ser la utopía que le dio sentido a la política, es decir, a nuestras vidas.

*jchaneton022@gmail.com

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