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¿Quién era Valeri Legásov, el científico soviético que salvó al mundo de Chernóbil?

Uno de los primeros en comprender la magnitud de la catástrofe, Valeri Legásov estuvo presente para mitigar las consecuencias. Sus decisiones ayudaron a salvar millones de vidas, pero pagó el más alto precio.

Un hombre, con un suéter y grandes gafas de montura de cuerno, se sienta en una cocina y escucha su propia voz proveniente de un reproductor de casetes. Después de grabar cinco cintas de audio con información sobre Chernóbil, sale a la calle para ocultarlas de la atenta mirada de los agentes del KGB. Habiendo puesto las cintas en el sistema de ventilación de la casa, regresa a casa, alimenta a su gato, fuma un cigarrillo y se suicida colgándose…

Esta escena inicial de la miniserie Chernóbil de HBO marca la pauta de la horrible historia del desastre nuclear de 1986 y de Valeri Legásov, un importante químico inorgánico soviético, que desempeñó un papel clave en el equipo de respuesta de Chernóbil y en la investigación posterior de sus causas.

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Fue él quien insistió en la evacuación de la vecina ciudad de Prípiat y sus decisiones las que ayudaron a limitar el impacto de la catástrofe que amenazaba a Europa. Legásov fue también la persona que realizó un informe oral de cinco horas sobre las causas del desastre ante el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en Viena, un informe honesto y detallado que calmó a la comunidad internacional pero enfureció a los colegas de su país.

Pero, ¿cómo se encontró un químico inorgánico y experto en radioquímica lidiando nada menos que una catástrofe nuclear? ¿Y qué hizo que decidiese quitarse la vida?

El camino a Chernóbil

Nacido en 1936 en Tula (173 km al sur de Moscú), Valeri eligió su carrera desde muy temprano. Un excelente estudiante y un líder nato, podría haber elegido cualquier universidad gracias a sus altas calificaciones en la escuela, pero se centró en entrar en el Instituto Mendeléiev de Química y Tecnología de Moscú, que preparaba a especialistas para la industria nuclear y el sector de la energía.

Después de su brillante trabajo de tesis, Valeri recibió una oferta para hacer un doctorado en el Instituto de Energía Atómica Kurchátov, pero no aceptó la oferta de inmediato, pues estaba ansioso por ir a la Planta Química Siberiana de Tomsk (también conocida como Séversk) para trabajar en el desarrollo de plutonio para armas nucleares.
Después de dos años en la planta, finalmente se unió al Instituto Kurchátov.

A los 36 años se doctoró en química y a los 45 se convirtió en uno de los miembros más jóvenes de la Academia de Ciencias de Rusia (RAN, por sus siglas en ruso). Allí, Legásov se labró fama como uno de los científicos más destacados en el campo de la química inorgánica, es decir, la química de los gases nobles. Por su trabajo en este campo (especialmente por el efecto Bartlett-Legásov) Valeri recibió numerosos premios estatales.

Al margen de este importante trabajo, la especialidad de Valeri no eran los reactores nucleares. Fue casi por accidente que se encontró incluido en la comisión estatal de respuesta al desastre de Chernóbil el 26 de abril de 1986, recuerda su hija Inga Legásova. “No estaba destinado a estar en Chernóbil. Su especialidad era la ‘química física’, él trabajaba en explosivos”, explica (en ruso).

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“El 26 de aquel mes de abril fue sábado. Y papá asistía a una reunión del Presidium de la RAN con el académico [Anatoli] Alexándrov (presidente de la RAN en aquel momento). Anatoli recibió una llamada a través de la ‘vertushka’ [el apodo de una línea telefónica estatal cerrada]. Se necesitaba a un científico para unirse a una comisión estatal y no se podía contactar con ninguno de los diputados del Instituto Kurchátov. Un avión estatal esperaba. Así que mi padre fue a Vnúkovo [aeropuerto] y se fue a Chernóbil el mismo día”.

Podría haber habido una buena razón para elegir Legásov: antes de que se produjera la catástrofe, había subrayado la importancia de implementar una nueva metodología de seguridad para prevenir grandes catástrofes y, como recuerda su hija, había señalado los problemas de los reactores RBMK-1000 (del modelo que explotó) y los riesgos que conllevaba operar los reactores nucleares, proponiendo el protegerlos con una especie de escudo, una propuesta que fue rechazada por sus colegas.

Como en 1941, pero peor

A su llegada, Valeri se vio inmerso en la tarea de dar respuesta a la emergencia: insistió en la evacuación de la población de Prípiat (que se produjo el 27 de abril) y trabajó para mitigar las consecuencias de la explosión del reactor. Para la mañana del 26 de abril, dia de la llegada de Legásov, el fuego se había extinguido, pero una gran cantidad de elementos radiactivos estaban siendo lanzados a la atmósfera y lo que quedaba del reactor seguía representando una seria amenaza. “Había tanta falta de preparación, tanto desorden, tanto miedo. Era como en 1941, pero aún peor”, recordó Legásov más tarde.

Legásov trabajaba sin descanso, a menudo sin prestar atención al dosímetro, un dispositivo que mide dosis recibida de radiación ionizante externa. ”Era el único científico que trabajaba en el lugar”, recuerda su hija. “Comprendió muy bien a qué se dedicaba y a cuánta radiación se exponía”.

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Sobrevolaba Chernóbil varias veces al día, y bajo su mando se decidió verter carburo de boro en grandes cantidades desde helicópteros para que este actuase como absorbente de neutrones y así evitar una nueva reacción en cadena. Más tarde, se añadió dolomita, dado que este material actúa como disipador del calor y una fuente de dióxido de carbono para sofocar el fuego. Se incluyó plomo como absorbente de la radiación, así como arena y la arcilla, con lo que se esperaba evitar la liberación de partículas. La cantidad total de materiales vertidos al reactor pesaba unas 5.000 toneladas, incluyendo unas 40 toneladas de compuestos de boro, 2.400 toneladas de plomo, 1.800 toneladas de arena y arcilla, así como 600 toneladas de dolomita, fosfato de sodio y polímeros líquidos (Bu93). Más tarde se dieron los pasos para evitar que el material radiactivo derretido llegara al agua del sistema de enfriamiento inferior, por lo que se construyó un túnel para evitar que los materiales radiactivos llegaran a aguas subterráneas.

A pesar de que sólo se le permitía a uno pasar un máximo de dos semanas en el lugar, Legásov se pasó cuatro meses (!) allí, siendo expuesto a 100 REM (Roentgen Equivalent Man): cuatro veces el máximo permitido de 25 REM. El 5 de mayo, ya mostraba signos de enfermedad por radiación (bronceado nuclear y pérdida de cabello) y para el 15 de mayo, comenzaron la tos y el insomnio.

El informe de Viena

En agosto de 1986, fue invitado a hablar ante el OIEA en Viena, presentando un informe a sus colegas extranjeros sobre la catástrofe y sus raíces. Inicialmente, fue el jefe de Estado, Mijaíl Gorbachov, quien debía hacerlo, pero el líder soviético decidió que debía ser Legásov, el científico que había trabajado sobre el terreno.

“Todo un equipo de especialistas trabajó en el informe”, recuerda Inga Legásova. “Mi padre solía traerse los documentos a casa. A veces los científicos y especialistas pasaban unos días en nuestra casa. Papá revisó los números una y otra vez. Quería asegurarse de que toda la información fuera absolutamente cierta”.

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Llegó a la conclusión de que la explosión era el resultado de una serie de factores, entre ellos una serie de defectos en la construcción del reactor y el factor humano: el personal desconocía los problemas integrales y que las pruebas que llevaban a cabo podían provocar una explosión.

El informe de cinco horas en Viena ayudó a calmar a la comunidad internacional y a Legásov a ganarse elogios en el extranjero, pero las autoridades y algunos científicos de su país consideraron que el informe revelaba información clasificada. “Vio que su principal objetivo no era justificar a la Unión Soviética y ocultar cierta información, sino, por el contrario, educar a la comunidad mundial sobre qué hacer en tales situaciones”, contó Inga al diario ruso MK.

“Ellos dieron la información que se les permitió dar y el informe fue honesto… Creo que el problema no estuvo en unos datos secretos. El informe del OIEA tuvo un gran impacto e inmediatamente papá se hizo muy popular. Fue nombrado Persona del Año en Europa y fue incluido en la lista de los 10 mejores científicos del mundo. Esto hizo que algunos de sus colegas se pusieran celosos”, añadió.

Sus últimos días

Los dos años siguientes fueron difíciles para Legásov, tanto mental como físicamente. Sufrió la mala voluntad de sus colegas y se sintió deprimido por la falta de iniciativas para evitar más catástrofes como la de Chernóbil en el futuro. Supuestamente, Mijaíl Gorbachov tachó su nombre de la lista de los galardonados por la respuesta al accidente en Chernóbil, señalando que “otros científicos no lo recomiendan”.

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La tumba de Valeri Legásov (1936-1988) en el cementerio Novodévichi en Moscú, 1989.

“Por alguna razón, muchos creen que mi padre estaba decepcionado por no haber sido recompensado. Pero no lo era, no era un hombre ambicioso”, cree su hija. “Era un patriota y estaba afligido por lo que pasó, por el país, por la gente que sufrió… Su sentimiento de empatía se vio perturbado y, al parecer, esto lo devoró por dentro”.

Además, como ella recuerda, la enfermedad por radiación lo hizo todo peor. “Poco a poco dejó de comer, dejó de dormir… Sabía bien lo que vendría después, lo doloroso que sería. Probablemente, no quería ser una carga para mi madre. La adoraba”.

Sólo ocho años después de su suicidio en 1996, Legásov recibió un título honorífico póstumo, el de Héroe de la Federación Rusa, por el “valor y heroísmo” mostrado en su investigación del desastre, otorgado por el entonces presidente Borís Yeltsin.

RBTH

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