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Pichetto resultó un buen compañero

El recientemente ungido candidato a vicepresidente de la Nación Argentina, senador Miguel Ángel Pichetto, requerido de amores en modo sorpresa por un Maurico Macri al borde de un ataque de nervios, se muestra, a estas horas, pletórico de definiciones, de declaraciones, de dictámenes.

Por Juan Chaneton*

*jchaneton022@gmail.com

Ha dicho, por ejemplo, que el capitalismo ya no se discute «en ninguna parte del mundo», es decir, habrían caducado, a estar a sus dichos, las alternativas al liberalismo económico, político, social y cultural, que es lo mismo que supo dictaminar, en los iniciales ’90, Francis Fukuyama, el célebre catedrático de la Universidad Johns Hopkins, de Baltimore,  en los Estados Unidos.

Lo sepa él o no lo sepa, su aserción implica aceptar el «fin de la historia», que es la profecía fukuyamiana que  -esa sí-   ya nadie acepta «en ninguna parte del mundo», pues sobran las evidencias de que el capitalismo  -en su fase globalizadora-  soporta de muy mal grado un  «malestar en la cultura»  que le impide resolver problemas graves para la convivencia universal. Que Rusia y China sean hoy capitalistas no significa que el «no capitalismo» no esté acechando en algún recodo del futuro. Tal vez esté confundido, Pichetto, y tal vez se halle ahí la raíz de su confusión. La política es siempre algo más que la coyuntura o la etapa: es, también, el curso de la historia humana.

Pero también viene al caso lo que, por estos días, dice Pichetto en lo relativo al «poder». Y viene al caso porque es lo mismo que decían Carlos Vladimiro Corach y Eduardo Menem en el programa La Mirada que el periodista Roberto García conduce todos los lunes por Canal 26 en horas de la noche. Allí, el  3/6/2019,  los ex funcionarios del presidente Carlos Menem abominaron de toda reforma constitucional pues tocar ese texto  -dijeron-  es meterse con el problema del poder y quién lo ejerce. Corach, incluso, descalificó al ex juez de la Corte Suprema, Raúl Zaffaroni (público promotor de una necesaria reforma constitucional en la Argentina), a quien se refirió como a un «marginal» de la política.

Pichetto acaba de abundar en la misma línea referida al problema del poder y de las instituciones en la sociedad. Aportó, incluso, evidencia formal, que lució, así, yuxtapuesta a lo conceptual de fondo. Dijo que «Macri tiene el poder en la Argentina». Formalizó, en una frase, lo sustancial de la política: el poder.

Pichetto ha de conocer muy bien las complejidades de la realidad y su apariencia. En particular, ha de saber que muy rara vez un Presidente «tiene el poder». Si lo predicó así de Macri ha de haber sido porque, en su último viaje a Washington, el senador constató que, en esta etapa, poder formal y poder real coinciden en la Argentina, tal la naturaleza estrictamente subordinada al «estado profundo» que gobierna el mundo que exhibe el transitorio inquilino de la Casa Rosada.

Y tan sugestivo resulta el aserto de Pichetto acerca del poder de que dispone Macri, que no es  descaminado sospechar que el senador candidato a vice tal vez cuente con algún dato adicional obtenido a orillas del Potomac, que el común de los mortales no poseemos y que haya influido no poco en su decisión de aceptar la candidatura a la vicepresidencia.

Ese dato podría estar vinculado al poder y cómo no perderlo, es decir, a las seguridades obtenidas por Pichetto acerca de que los EE.UU., en esta etapa de su enfrentamiento a todo o nada con China, no piensan entregar el Cono Sur a ningún candidato que no sea Macri y mucho menos al populismo redivivo. Esto se logra con el fraude electoral que, a su vez, se concreta con éxito si el conteo de los votos prescinde del telegrama y se realiza por vía digital, apta, como se sabe, para producir resultados a pedido del usuario, hackers mediante. No es pura conspiración. Se trata, más bien, de encontrarle, a esa actitud de Pichetto de abandonar el peronismo, alguna explicación racional. De lo contrario, aparece como un mero salto al vacío.

Porque aun cuando Macri quiera pulverizar la causa «Dolores»  -que bien puede ser la tumba de su gobierno-  y que para tal menester haya contratado los servicios de Pichetto en el Consejo de la Magistratura, queda por saber todavía por qué Pichetto acepta tal cometido. Y es aquí donde se bifurcan los senderos: o la vicepresidencia es la última sortija que le quedaba a su carrera política y aprovechó la volada; o bien volvió de la capital estadounidense sabiendo que el presente es de lucha pero el futuro  -con elecciones limpias o sin ellas- es de Washington.

El primer camino fomenta las conjeturas de tipo subjetivo. Y así, no debería haber sorprendido la elección de Macri para definir su compañero de fórmula. Pichetto ha llevado el pragmatismo hasta el límite en que éste deviene patología del carácter. A veces, parece que tuviera sólo certezas y pocas dudas, como  Aldo Rico.

Terminar una carrera política de 40 años como segundo violín de un gobierno enemigo de  lo que él defendió en el Parlamento durante doce años, estaría expresando, si se quiere ser irónico, cuál es la máxima kantiana que rige la conducta de Pichetto: la única verdad es la oportunidad. En ese orden de ironías, la disyuntiva habría sido ahora o nunca. Pero son embelecos fraguados no en la Boca, como dice Borges, sino en tolderías enemigas de Pichetto.

La otra dirección en que se bifurcan los caminos del senador rionegrino es el norte. O, mejor aún, el Norte. El primer subdirector gerente del FMI  -el segundo de Christine Lagarde- , el señor David Lipton,  siempe fue renuente a apoyar desembolsos del organismo para la Argentina. De entrada y en su lugar lo hizo el propio Donald Trump, que es el jefe de facto del Fondo. Ello no sólo no es común: es absolutamente desusado. Más de cincuenta mil millones de dólares no se le prestan a cualquiera, salvo que el recipiendario del crédito no sea un cualquiera sino el presidente de un país clave en la geopolítica actual de la administración estadounidense. En este sentido, y en línea con lo que decimos más arriba, la orden de prestar dinero y la de elegir determinado candidato a vicepresidente pudo haber salido del mismo lado. El guión de la operación Pichetto vice  -según este modelo-  se habría cumplido tal como se diseñó: fue una «sugerencia» a Macri que provino de aquel Norte revuelto y brutal, como decía Martí. Pichetto llegó de Washington y el presidente argentino lo llamó por teléfono para ofrecerle la candidatura que el senador aceptó de inmediato.

Pero entonces, ¿cuántos candidatos tiene, en la próxima elección de octubre, la Casa Blanca?, sería la lógica pregunta. Mejor no averiguarlo. No ahora, por lo menos.

Pero Pichetto deposita en la coyuntura otra discusión con la cual desvía el eje de lo esencial. Dice que quiere «menos cartoneros», y es el único punto donde hace trastabillar al progresismo que, a estas horas, se halla entretenido en crucificarlo por lo que dijo sobre los cartoneros y no por lo que, en realidad, debería crucificarlo, aun cuando crucificar a Pichetto tampoco debería ser el primer punto en la agenda electoral del progresismo.

Por caso, entender por qué la clase media (la de Capital Federal, por lo menos) vota a Macri, es entender que esa clase media prefiere un discurso que le promete higiene en las veredas a uno que le dice que hay que aguantar la mugre en nombre de la piedad cristiana; prefiere un relato que le cuenta que entre el trabajo de calidad y el cirujeo es mejor lo primero, a uno que se conduele de esos pobres muchachos que no tienen a dónde ir. Y es del caso que a la clase media le importa un bledo dónde duermen los mendigos y hasta celebra a escondidas al gordo «Bubú» que acaba de quemar a uno. Y la clase media (la de Capital, por lo menos), no distingue entre mendigo y cartonero.

De eso se trata. De que a la clase media le cae mejor el discurso que le dice no más cartoneo en la puerta de tu casa, que uno que le recuerda que los cartoneros son tan hijos de Dios como cualquier vecino. Uno que le dice los niños podrán jugar allí sin peligro de enfermarse que otro que le pide resignación en nombre de una tontuela virtud malentendida. No es estar a favor de los cartoneros decir por televisión que los cartoneros sufren. Y mucho menos lo es si tal aserto se profiere como argumento para impugnar a Pichetto.

Lo que tiene que decir el progresismo es que con el progresismo en el poder no va a haber más cartoneros porque todos serán empleos de calidad y en blanco y no dejarle esa consigna a Pichetto y al macrismo.  Pichetto tiene muchos costados débiles como para desenmascararlo ante el pueblo, como para andar diciendo estupideces con tufillo a elogio de la pobreza, que ese elogio es lo que la clase media capitalina no entiende ni comparte y por eso vota a Macri, entre otras razones por la cuales también arrroja su voto en el pozo ciego de Cambiemos.

Cuando Larreta, en la Capital Federal, dispone la tarjeta electromagnética para abrir los contenedores de basura se anota algunas decenas de miles más de votos que los que tenía antes. Y es que Larreta dice lo que la lógica medio pelo indica: entre la mugre y la higiene, yo me quedo con la higiene. El cartoneo no es una «fuente de trabajo». Una fuente de trabajo es una fábrica. Está muy bien organizar el cartoneo. Pero un elemental instinto político debería estar advirtiéndonos que es indipensable que el medio pelo capitalino no nos identifique como cultores y partidarios de una pobreza cronificada más parecida a la caridad que a una política de gobierno seria y que tenga en mira la solución del problema, a futuro, mediante la robótica y la inteligencia artificial. Porque, en ese futuro, no deberá haber más cartoneros. Como no los hay en Finlandia, por caso, que fabrica y vende papel. Y Argentina es un país más rico que Finlandia.

A ver si nos entendemos. Ni Pichetto ni Larreta tienen razón. Tampoco ese  progresismo que tiene una excelente opinión de «los pobres». La razón le asiste al gran bonete, en este punto. Y ello es lamentable. Porque debería asistirle a un político de raza y de fuste que no sólo diga lo que hay que decir para ganar una elección sino que también tenga espaldas políticas e ideológicas (sobre todo ideológicas) para hacer lo que hay que hacer en la Argentina para terminar con la pobreza, que eso es la solución radical para que no haya más argentinos revolviendo la basura como base de su «economía popular».

No está bien defender a los cartoneros de los ataques de Pichetto, de Bullrich o de Fernando Iglesias (la pelambre del gorila no hace ninguna diferencia en este caso) diciendo que los pobres son nuestros «cumpas». Con esos argumentos perdemos la elección a manos de Macri, porque el medio pelo que lo vota percibe (no importa que no sea cierto) que el gobierno (por lo menos el de la Capital Federal) está con la higiene y la seguridad en el espacio público y el «populismo», en cambio, está muy a gusto con la roña y les propone a todos la celebración de la indigencia.

Lo que tiene que proponer el progresismo en este punto, es «una Argentina integrada  al mundo» y no dejarle esta consigna a la derecha; una Argentina que garantizará inversiones no a Exxon Mobil dejando afuera a Rosneft, y no a IPhone y Samsung dejando afuera a Huawei, que es justo lo que quiere Trump. A todos, en todo caso. Porque con las inversiones marchamos al futuro de la robótica y la inteligencia artificial aplicada a la calidad de vida de nuestros niños … y de los hijos de los cartoneros, que también son niños. No los queremos más revolviendo la basura. Los queremos cursando estudios en el Cardenal Newman o en la UBA, y si no somos capaces de delinear un imaginario que haga asequible esta utopía, en ese caso estamos perdiendo densidad política.

Y para que esto alguna vez sea cierto tenemos que tener espaldas para aguantar. Y las espaldas aguantan sobre la base de la ideología y de la inteligencia. La ideología nos dice que la Patria y la soberanía nacional sobre la Patria es lo primero. Y la inteligencia nos dice que nuestras fuerzas armadas nacionales son la prioridad primera para iniciar y sostener un programa de gobierno que implica un proyecto de país: industrialización para la defensa de la soberanía nacional y para el crecimiento de una economía que alguna vez tiene que servir  -si se la gestiona con la brújula apuntando al cuadrante ideológico de la multipolaridad-  para que no haya más pobreza,  ni estructural ni de la otra, pues erradicando la pobreza de ese modo  (que es el único modo posible)  no habrá más seres humanos, mujeres y hombres argentinos, engañando un poco la panza con el mendrugo que posibilita el cirujeo del cartón o de la mierda hecha insumo para vender por monedas al pulpo que, con esa mierda,  fabrica papel o  fertilizantes.

De nada sirve y vale acusar a Pichetto porque en el coloquio de Idea despreció a los pobres. Pero si nos obstinamos en acusarlo, que sea con los buenos argumentos. Pichetto ha hecho cosas peores y de esas cosas peores la progresía no le pide cuentas.

Pichetto es autor de un proyecto de ley que fulmina muy malamente la diferencia conceptual que establece la Constitución entre defensa nacional y seguridad interior y que Néstor Kirchner tuvo que salir de apuro a obliterar (a impedir, quiero decir) mediante la ley 26.268/07.

Pichetto acaba de ser ungido, entre otras cosas, para hacer viable las reformas laboral, previsonal y tributaria. Y ello en dos etapas. Antes de las elecciones, «los mercados» garantizan la paz cambiaria porque Pichetto les arrima «confianza». Y luego, nadie como Pichetto para «construir consensos» en el Senado y exterminar, en breve lapso, a jubilados, trabajadores y pequeñas y medianas empresas.

Y en este punto, deberíamos agregar que podríamos estar tranquilos, pues por muy ducho para la rosca que sea Pichetto, no debería encontrar cómplices, en un futuro Parlamento, para perpetrar su gestión pro mercado. Y da grima comprobar que no podemos estar tranquilos.

Se avecinan escenarios complicados por donde se mire. Cuando se libra la batalla sólo en la superestructura se dilapidan potenciales recursos políticos que permitirían  -aunque en el largo plazo-  prevalecer en esa batalla. Si el kirchnerismo marcha o no a quedar aislado en el seno de la superestructura institucional es algo que sólo el futuro podrá develar.

De todos cuantos sufrimos el espantoso gobierno de Mauricio Macri depende que éste se vaya en diciembre. Y, por ahora, la colina que hay que tomar se llama 27 de octubre. Hay que votar para que sea gobierno el Frente de Todos, es decir, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.  Después, veremos.

Post scriptum. ¿Y Ud. se va a arrepentir? -preguntó el fiscal- ¿Y de qué tengo que arrepentirme?, -contestó Gerardo Ferreyra. De haber trabajado para ese matrimonio de mugrientos, repuso Stornelli.  Y así remató el diálogo el justo: Yo trabajé para un gobierno nacional y popular, y mi empresa existe desde 1970. Si para no ir a la cárcel tengo que acusar a inocentes, prefiero ir a la cárcel. Hoy, Gerardo Ferreyra (nueve años preso en las mazmorras de Videla), un hombre digno que se formó en su juventud militante en los buenos valores, está en su casa con prisión domiciliaria. Es un triunfo inicial en el camino que nos aguarda para reivindicarlo como lo merece. Yo lo visité en la cárcel de Ezeiza. Al cierre, aparece la noticia y yo quiero celebrar  -porque todo tiene que ver con todo-  ese desenlace en esta nota.

Pichetto, en tanto, es una anécdota, aunque de las que pueden resultar dañinas. La suya, en el fondo, es una historia triste. Evoca a aquellos estancieros ingleses, dueños de Santa Cruz, que recibieron al coronel Varela cantándole «Because he is a good fellow». En ese instante, el genocida cayó en la cuenta: lo habían usado. Pero ya era tarde.

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