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Sadomasoquismo

En términos generales y dentro del ámbito de la psicopatología, se entiende por sadomasoquismo el conjunto de prácticas por las que un sujeto infringe dolor a otro, que no sólo lo acepta sino que lo agradece. Todo ello con el propósito de alcanzar un placer sexual.

Por Alfonso Durán Pich*

*Web del autor

Si analizamos la estructura del concepto, tenemos el sadismo por un lado y el masoquismo por el otro. Fue el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing quien en el siglo XIX resucitó una obra del marqués de Sade (“Justine ou les Malheurs de la Vertu”) para calificar de sadismo (en homenaje al marqués) el acto de sentir placer produciendo dolor a un tercero. Las interpretaciones del porqué de esta conducta fueron muy variadas, con la inevitable incursión de Freud en el subconsciente y en la infancia. En cuanto al masoquismo, el término viene asociado a Leopold von Sacher-Masoch (también siglo XIX), un curioso personaje de origen austríaco y de cuna aristocrática, que practicó el periodismo y el análisis histórico, pero que hubiera pasado desapercibido de no haber escrito y publicado la novela “La Venus de las pieles”, una tediosa y mal escrita narración donde todo se centra en el eros. El personaje central se ofrece y se somete a su amada para que ella descargue su pasión humillándole, lacerándole, causándole todo tipo de afrentas.

Sacher-Masoch llevó tan lejos sus teorías que, en su vida personal, firmó unos contratos con sus mujeres amadas (hay constancia de dos) para que cumplieran estos requisitos.

El caso de Sacher-Masoch fue una excepción, porque teniendo en cuenta los valores dominantes en la época, los estudiosos (todos ellos misóginos) asignaron roles: el sadismo era propio de los hombres y el masoquismo de las mujeres.

Si aparcamos por un momento el placer sexual y lo llevamos a un terreno más prosaico, podemos identificar fácilmente en la vida cotidiana a sádicos y masocas.

En nuestro universo particular y en el contexto histórico que estamos viviendo, apreciamos comportamientos sádicos en muchos sujetos del ámbito político, mediático y represivo del Estado español. El sadismo está en las palabras, en los insultos, en las descalificaciones. El sadismo está en la forma en que los llamados “cuerpos de seguridad” (menudo eufemismo) aporrean a unos ciudadanos indefensos, los arrastran por el suelo y los lanzan escaleras abajo. Esto no es nuevo y es bien sabido que la violencia es la expresión genuina del “poder condigno”, el más primitivo, el más elemental, el más alejado de la civilidad.

Los catalanes llevan siglos soportando felonías. El recorrido es largo y está mil veces contado. Primero los timan, les roban la cartera. Luego alardean de ello. Cuando elevan la voz, los machacan sin piedad. Destrozan sus instituciones, tratan de suprimir su lengua, su cultura, sus formas de vida cotidiana. Si no hay suficiente, les imponen fiscalidades abusivas. Cuando los necesitan los adulan, para luego, libres de cargas, pisotearlos. Los juzgan, los sentencian, los encarcelan o a la inversa. Les imponen multas, les piden avales, confiscan sus bienes personales. Los maltratan física y psicológicamente. Practicar el sadismo con los catalanes es un deporte casi nacional.

Pero, ¿qué pasa con la otra cara de la moneda? ¿Cómo reaccionan los catalanes? Algunos con dignidad y a veces les cuesta la vida, la cárcel o el exilio. ¿Y los otros?

¿Cómo es posible que en el contexto histórico en el que vivimos se puedan permitir acuerdos con los partidos políticos que han liderado o se han solidarizado con el sadismo institucional? ¿Cómo no se puede interpretar con desprecio la perversa posición del ínclito jefe de gobierno señor Sánchez, que considera que su colega señor Iglesias no es de fiar porque no aplicaría como él, si así conviniera, el ya famoso 155? ¿O es que alguien con un mínimo sentido de la realidad puede creer que la izquierda oficial española es algo distinto de la derecha? ¿O es que la gestión de un municipio no está impregnada de la corriente dominante de los partidos españolistas, que tienen una concepción de gobierno en las antípodas de la que deberían tener los partidos independentistas? Todos los pactos postelectorales firmados con el frente unionista son basura. Que la señora Colau lo haya hecho no significa nada, pues ni ella ni su corte más próxima son independentistas y su definición del “derecho a decidir” es más propia de un manual de Conducta del Consumidor que de uno de Teoría Política.

Y si hemos llegado hasta aquí es porque los partidos independentistas no han cumplido su contrato social con sus votantes. Declaraciones aparte, Esquerra Republicana de Catalunya no ha querido crear un frente unido independentista para presentarse ante el electorado como un bloque sólido y sin fisuras. Ha puesto por delante sus afanes de ser el primero (si ganas un carrera de ratas, continúas siendo una rata), sin medir la propuesta estratégica de la unidad. No ha hecho caso de las reclamaciones de la sociedad civil. Ha coqueteado con un “frente de izquierdas”, como si En Comú Podem fuera de fiar, para recibir después una sonada bofetada con la ocupación del Ayuntamiento de Barcelona. Ha desaprovechado la oportunidad de acudir al parlamento europeo en un tándem Junqueras-Puigdemont, que en términos políticos habría sido una bomba.

Y sus colegas de JuntsxCat, el PDeCAT, la Crida y otros sucedáneos no han tenido menos méritos. Después de que el espacio de centro-derecha catalán quedara vacío con la desaparición de Convergència & Unió, se urdió de forma precipitada una opción de continuidad, poniendo al frente a militantes más jóvenes, sin experiencia política, que simplemente pasaban por allí. El president Mas, que podría haber dado un sentido al proyecto, se vio obligado a apartarse tras una sentencia infumable (de nuevo el sadismo). La oposición catalana de la izquierda redentorista etiquetó al PDeCAT (el nuevo partido) como los “post-convergentes”, con la voluntad de posicionarlos como los catalanes corruptos. Como la mayoría de la gente tiene una memoria corta, la herencia de Convergència, con sus luces y sus sombras, quedó etiquetada con una descalificación mezquina. Pero el principal problema del PDeCAT es que no se sabe quién manda. Cabe preguntarse quién dio el ok definitivo para que los diputados del partido votaran a favor de Nuria Marín como presidenta de la Diputació de Barcelona. ¿O es que nadie propiamente asumió el riesgo de decidir? ¿O es que no existe una línea jerárquica clara?

Y si vamos a JuntsxCat, una corriente que yo califico de centro-izquierda y que pivota alrededor del president Puigdemont, formada en buena parte por personas independientes e independentistas, ¿dónde hay que situarla? Muchos de sus principales componentes no han militado nunca y se mueven por un proyecto político. Pero como no están constituidos como partido, no están estructurados. Puigdemont ya tiene más que suficiente con el frente exterior y no vive el día a día de la Catalunya interior. El bueno de Quim Torra está haciendo sustituciones y recibiendo palos de tirios y troyanos, que parece no conocen las limitaciones presupuestarias de la Generalitat, los bloqueos y controles del Estado y el coste de prestar atención al aparato represivo del sistema judicial. La impresión que da a un observador ajeno es que JuntsxCat está en standby y en esa posición no se puede permanecer mucho tiempo. Han de crear un partido, votar una estructura, establecer una línea jerárquica y barrar el paso a los autonomistas para que salgan del circuito. Basta ya de componendas. Su papel en los pactos ya citados ha sido más bien triste, como si no fuera con ellos. Y así no se va a ninguna parte.

Volvamos a Masoch. El maridaje de algunos independentistas con el sadismo institucional españolista sólo podría justificarse “si les va la marcha”. Y yo, sinceramente, cuando los escucho, cuando los veo, cuando leo lo que escriben, no los imagino en ese papel. Aunque hay que ir con cuidado, porque dicen los expertos que uno puede acabar acostumbrándose.

Y esto no se estudia en la facultad de Ciencias Políticas, sino en la de Psicología (Clínica) o en la de Medicina (Psiquiatría).

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