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¿Por qué Rusia fue la única en quedarse con armas nucleares tras la caída de la URSS?

La amenaza de un segundo Chernóbil, planes secretos y unos complicados trueques. Te explicamos cómo se resolvió una de las cuestiones más delicadas de la desintegración de la superpotencia socialista.

El colapso de la URSS en 1991 provocó todo tipo de problemas. Fue el comienzo de los “salvajes años 90”, impresos en la memoria popular de los rusos como una época de pobreza, surgimiento de la mafia rusa, los fraudes de las pirámides financieras y una pérdida total de liderazgo. Pero en el contexto global, mientras se veía la desintegración de la superpotencia, el mundo estaba mucho más preocupado por la siguiente pregunta: ¿Quién se haría con las armas nucleares?

De hecho, el arsenal nuclear –de enorme potencia y muchísimo peligro– se encontraba en el territorio de cuatro Estados diferentes: Rusia, Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania.

¿Qué hacer?

En un principio, el recién nombrado presidente ruso, Borís Yeltsin, declaró que Rusia no iba a tener el control de los arsenales nucleares de la URSS en solitario. El 21 de diciembre de 1991, los cuatro países que habían heredado las armas nucleares de la Unión Soviética firmaron un tratado de control conjunto en Almatý, Kazajistán. Nueve días después los representantes de los cuatro Estados se reunieron en Minsk y firmaron otro tratado sobre este tema: la creación de un comando conjunto de “fuerzas estratégicas”.

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El presidente ucraniano, Leonid Kravchuk (el 2º por la izq), el presidente bielorruso (el 3º por la izq), y el presidente ruso, Borís Yeltsin (el 2º por la drcha) durante la firma del Tratado de Belavezha, que acabó con la URSS.

 

Parecía que el problema se había resuelto, pero no fue así. En el periodo de tiempo entre las dos reuniones, concretamente el 25 de diciembre, Mijaíl Gorbachov, que acababa de renunciar a la presidencia de la URSS, entregó el maletín nuclear a Borís Yeltsin. El tratado estipulaba que Rusia debía tomar una decisión sobre el lanzamiento de las armas nucleares tras una coordinación jurídicamente vinculante con los jefes de Ucrania, Kazajistán y Bielorrusia y consultas con los demás Estados miembros de la CEI (Comunidad de Estados Independientes).

Más tarde, Vilén Timoshchuk, coronel de una de las unidades de misiles más poderosas, el 43º Ejército de Misiles estacionado en Ucrania, diría: “Ni el presidente de Ucrania ni nadie en el país podría haber tenido influencia en los lanzamientos de misiles [nucleares] porque los códigos de lanzamiento tendrían que haber salido del Puesto de Mando Central ubicado en Rusia”.

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El presidente de Rusia, Borís Yeltsin (a la drcha), y el secretario de Estado de EE UU, James Baker.

Por su parte, ese acuerdo tampoco le convenía a Occidente y, como se verá más adelante, tampoco a Rusia. “Yeltsin, con una franqueza sin precedentes, me dijo a mí, el secretario de Estado de EE UU, cómo se desarrollaría el programa nuclear y el control de las armas nucleares en el marco de la Comunidad de Estados Independientes. […] Quién tendría el botón y quién no; y lo que los líderes de Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán pensaron al respecto: creían que tendrían armas nucleares cuando en realidad no las tendrían”, dijo James Baker a la revista rusa Forbes en 2012, refiriéndose a sus conversaciones con Yeltsin durante ese período. EE UU fue el principal mediador en la resolución de la “crisis nuclear”. Intentó firmemente imponer un escenario diferente: todo el arsenal nuclear debería permanecer en Rusia.

“De hecho, queríamos tratar con un país, no con cuatro. No queríamos terminar con cuatro países poseedores de armas nucleares en lugar de uno”, admitió Baker en la misma entrevista.

Pero, ¿cómo convencer a los tres países de que renuncien a este poder? “Un segundo Chernóbil” fue la frase que comenzó a escucharse con frecuencia en las conversaciones a puerta cerrada.

Una herencia explosiva

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Tras la última explosión que acabó con el arsenal soviético nuclear en Kazajistán.

 

El problema era que la vida útil de las ojivas nucleares almacenadas en las repúblicas soviéticas expiraría en 1997. Las instalaciones de almacenamiento en ese momento estaban llenas hasta el límite de su capacidad y su mantenimiento y desmantelamiento en condiciones de seguridad requería importantes recursos, tanto financieros como tecnológicos. Y nadie los tenía. En caso de un desastre natural o una emergencia, todas estas reservas podrían haber “estallado”.

Además, según Leonid Kravchuk, el entonces líder ucraniano, Yeltsin le dijo, en forma de ultimátum, que después de 1997 la Federación Rusa no aceptaría ninguna “ojiva explosiva” y que debían ser entregadas ahora. Las dos partes acordaron un “trueque” con relativa facilidad.

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Misil nuclear RSD-10 Pioner, que debía ser eliminado con arreglo al Tratado INF, Bielorrusia.

Kazajistán, donde se encontraba el polígono de ensayos de Semipalátinsk, el segundo mayor del planeta, entregó su arsenal sin complicaciones. “Kazajistán ha demostrado preocupación por la seguridad de toda la humanidad y, al mismo tiempo, ha recibido a cambio equipo militar e inversiones”, dijo el presidente kazajo, Nursultán Nazarbáyev, en una entrevista con los medios de comunicación japoneses. Y para 1992 todo se había resuelto.

Bielorrusia firmó un tratado sobre la retirada de su arsenal en 1994 a cambio de garantías de seguridad. Más tarde, es cierto, se arrepintió, creyendo que había hecho un mal negocio: “No debería haberse hecho, deberíamos haber vendido esta importantísima posesión nuestra, que era una mercancía valiosa, por un dinero decente”, declaró el presidente bielorruso, Alexánder Lukashenko.

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Retirada de armas nucleares de Bielorrusia.

Solo hubo problemas con Ucrania. El país no estaba dispuesto a renunciar a las armas nucleares.

La cuestión ucraniana

Tras el colapso de la URSS, Kiev poseía el tercer arsenal nuclear más poderoso después de Washington y Moscú. En el territorio del país había misiles intercontinentales dirigidos directamente a EE UU y 1.240 ojivas.

“Poseedores de un arsenal nuclear vulnerable a un ataque terrorista o a alguien con un cohete normal, aparentemente estábamos sentados sobre un barril de pólvora, amenazando a todo el mundo: atrévete a tocarnos y todos juntos nos volaremos en pedazos”, dijo Yuri Serguéiev, representante permanente de Ucrania ante las Naciones Unidas, en una entrevista con la Radio de la ONU el 20 de enero de 2014.

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El presidente de Rusia, Borís Yeltsin (a la drcha), y el presidente de Ucrania, Leonid Kravchuk.

La situación molestaba a EE UU, que puso una condición. “Dijeron lo siguiente: a menos que se haga el trabajo de eliminar las ojivas de Ucrania, la consecuencia no será solo la presión, sino el bloqueo de Ucrania. Sanciones y bloqueo, estas fueron las palabras que usaron sin rodeos”, dijo Kravchuk en su propia justificación (incluso 25 años después, los partidarios de Ucrania como potencia nuclear todavía lo culpan por el desarme).

“Si Ucrania no hubiera renunciado a sus armas nucleares, nadie la habría reconocido”, dijo el presidente del parlamento ucraniano, Volodímir Litvín en 2011.

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Retirada de armas nucleares de Ucrania, el 4 de enero de 1992.

Y así sucedió. En 1994 Kiev firmó un memorando a cambio de integridad territorial y asistencia económica. Ucrania recibió 175 millones de dólares de EE UU para la eliminación de las armas nucleares; en 2000 Moscú canceló la deuda de Ucrania por valor de 1.099 millones de dólares. Kiev, sin embargo, no estaba contento. Ucrania ha pedido una compensación de 3.000 millones de dólares. De todos modos, de una forma u otra, a finales de 1996 se había completado la retirada de los arsenales nucleares de las antiguas repúblicas soviéticas, y Rusia y EE UU, según con los acuerdos, iniciaron el largo proceso de reducción de sus arsenales nucleares.

RBTH

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