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Venezuela: el laboratorio de ingeniería social más grande del planeta

Un famoso aforismo, asociado a Abraham Lincoln, dice lo siguiente: «Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». ¿Pero esto es realmente así?

Por José Negrón Valera*

Se han mostrado fotografías del dirigente venezolano de oposición Juan Guaidó con miembros de la macabra banda paramilitar Los Rastrojos. El terrorista Lorent Saleh aparece en un vídeo declarando que está dispuesto a llenar de sangre las calles de Caracas. Se presentan grabaciones telefónicas donde Lorenzo Mendoza, dueño del grupo empresarial más importante de Venezuela, habla abiertamente con Ricardo Hausmann, economista y operador financiero, de su plan para endeudar al país a través de un préstamo de miles de millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional.

Prueba, tras prueba, hechos tras hechos, y los venezolanos y venezolanas que se identifican con el anti chavismo, se mantienen inamovibles en su posición de no abrazar la verdad. ¿Qué mecanismo opera aquí?

Los hechos ya no importan: la teoría de la turbulencia social

Durante veinte años se aplicó una operación de asedio psicológico sobre los venezolanos que tenía como fin construir una nueva arquitectura de razonamiento donde el enemigo estaba representado por Hugo Chávez y su proyecto de socialismo bolivariano.

Apelando siempre al miedo y a la incertidumbre, se logró que la gente creyese que el chavismo había llegado para quitarles sus bienes materiales, sus hijos, a espiarlos a través de bombillos ahorradores, a ejecutar pactos satánicos para perpetuarse en el poder, a traficar uranio dentro de bicicletas, y así un largo etcétera que aún a día de hoy quienes adversan al chavismo siguen considerando como hechos irrefutables.

Noam Chomsky declaraba que el periodo de auge neoliberal que arrancó con Reagan y Tatcher llenó al mundo de una mezcla de «enfado, miedo y escapismo». Una resultante del descrédito institucional llevó a los individuos a razonar que, «si ya no confías en nadie, por qué tienes que confiar en los hechos. Si nadie hace nada por mí, por qué he de creer en nadie», explica el intelectual estadounidense.

En Venezuela este desencanto con las estructuras institucionales como entes que brindaban apoyos a la vida social tuvo su punto de inflexión a partir de la explosión social de 1989, con la revuelta popular conocida como Caracazo.

El deterioro progresivo del Estado venezolano solo pudo ser detenido con la llegada de Chávez al poder. Sin embargo, la nueva perspectiva política impulsada por el entonces presidente venezolano fue rápidamente torpedeada. Los operadores mediáticos desataron una ofensiva en todos los niveles y órdenes. No existía espacio de la vida institucional que no fuese atacado o iniciativa política tergiversada.

Esta táctica, conocida por los expertos en guerra psicológica como turbulencia social, buscaba entorpecer el desenvolvimiento del proyecto político. Pero a su vez, también avanzar en una nueva reingeniería de relacionamiento entre los venezolanos, y entre estos y su Estado nación.

En su estudio sobre el poder de la televisión en la sociedad, Loonie Wolfe declaraba que la técnica de modelado de la mente colectiva se lograba si se construía un entorno adecuado al que se pudiera aplicar «estrés y tensión a fin de destruir el juicio moralmente informado y así lograr que la persona sea más propensa a la sugestión». Pensemos en el público que estuvo preso de los canales informativos que adversaban a Chávez y que ahora se informan a través de las redes sociales, casi omnipresentes.

Otro reconocido psicoanalista, Bruno Bettelheim, en su libro El corazón bien informado explicaba que en una «situación de incertidumbre y terror extremos la persona se retrotrae a un estado cada vez más infantil», es decir, son incapaces de actuar como adultos razonables.

Recuérdese las imágenes de las guarimbas de 2017 donde quemaron a venezolanos en las calles, donde hacían circular mensajes casi a diario con la proximidad de un golpe militar. O más recientemente, la actitud de reacción automática, sin argumentación, sin debate, de quienes tradicionalmente se han opuesto a que se renombren distintos lugares de la capital de Venezuela. Es decir, la visceralidad sustituye la política. ¿Algo más irracional que eso?

La tesis de la turbulencia social fue acuñada por los psicólogos Eric Trist y Frederic Emery. Sus conclusiones fueron popularizadas gracias al libro de Daniel Estulin El instituto Tavistock, y en ellas se explica cómo crear reacciones sociales de disociación en entornos bien organizados (entiéndase grupos poblacionales de cualquier escala) con el fin de «ablandar a una población utilizando fenómenos en masa como cortes en el suministro de energía, hundimientos económicos y financieros y ataques terroristas».

Dicen Trist y Emery que «si las impresiones iban muy seguidas unas de otras y se administraban cada vez más con mayor intensidad, era posible inducir a la sociedad entera a un estado de psicosis colectivo».

Para los investigadores, las personas sometidas a este proceso «terminarían disociándose, pues intentarían huir del terror causado por una realidad apabullante; se encerrarían en un estado de negación y se refugiarían en diversiones y entretenimientos populares, y mostrarían cierta tendencia a sufrir accesos de cólera».

¿Qué pasa con la gente que se ha sumado a las filas de la turbulencia social? ¿Acaso logran detenerse un segundo y decir será que me han mentido todos estos años? ¿Es el chavismo la causa de nuestros males? ¿Cuál es el tamaño de nuestra responsabilidad como grupo político? ¿De mi responsabilidad como ciudadano?

El apocalipsis de la disonancia infinita

Si solo tomáramos lo ocurrido durante este año 2019, entenderemos cuán hondo caló el proyecto de ingeniería social aplicado contra Venezuela.

Juan Guaidó les ha prometido el apocalipsis a sus simpatizantes una y otra vez. Desde hace más de seis años se ha decretado el último día de Nicolás Maduro. «El fin está cerca», proclaman con total desvergüenza hacía su base electoral. ¿Pero quién puede culpar a esos líderes de mentir, si la masa de sus votantes continúa dócil respondiendo al engaño?

Si me preguntase por qué ocurre esto y cómo pueden mentirles casi a diario y que esto no genere ningún tipo de proceso de despertar colectivo —una especie de reflexión racional que les impulse a abandonar a esos liderazgos—, mi respuesta sería: el problema es que la oposición venezolana psicológicamente se comporta como una secta, no como un grupo político. Lo explicaré de inmediato.

El investigador Marteen Van Doom, al narrar los descubrimientos de Leon Festinger (el psicólogo que acuñó la teoría de la disonancia cognitiva) da importantes pistas sobre cómo funciona la instauración de creencias en los grupos radicalizados.

Recuerda Van Doorn que Festinger se infiltró en una secta cuyos miembros creían que los extraterrestres de un planeta llamado Clarion destruirían la Tierra el 21 de diciembre de 1954. Sin embargo, como verdaderos creyentes, los miembros del culto serían salvados y transportados a su nuevo planeta natal en ovnis (se les instruyó a esperar en autos estacionados en un suburbio de Chicago). Por supuesto, cuando llegó el momento no pasó nada. La Tierra siguió existiendo perfectamente y el estacionamiento permaneció sin ser visitado por extraterrestres.

«¿Ahora qué?», se pregunta Van Doorne. Una interrogante natural que calza perfectamente con el engaño continuado del que ha sido víctima la oposición venezolana por parte de sus liderazgos y del propio Gobierno de Estados Unidos: ¿Cómo lidian las personas con una refutación de una creencia en la que han invertido tanto de sus vidas?

¿Cómo lidian con la verdad quienes se despiertan el día después de que Juan Guaidó les ha prometido el fin del chavismo? ¿Cómo lidian consigo mismos quienes parten a otros lugares a buscar la felicidad y tropiezan con la dura realidad que representan los países latinoamericanos que han sido sometidos por el neoliberalismo a procesos de empobrecimiento generalizado? Festinger tiene una respuesta:

En lugar de concluir que la profecía estaba equivocada, el culto dedujo que, dado que la profecía no podía ser falsa, el hecho de que creyeran en ella y actuaran sobre ella salvó la Tierra. «Gracias a ellos, los alienígenas mostraron piedad. Y no se equivocaron. Podrían aferrarse a sus creencias. Según la teoría de la disonancia cognitiva, cuando la realidad falsifica nuestras creencias más profundas, preferimos jugar con la realidad que actualizar nuestra visión del mundo», dice.

¿No les recuerda esto a las justificaciones que intentan exculpar de errores a la oposición con frases como «era necesario hacerlo para volver a Venezuela una amenaza creíble», «ahora el mundo conoce el drama del país», «estamos un paso más cerca de lograrlo»? Y así, en un inacabable sistema de excusas que se protegen así mismas de cualquier evaluación racional.

Festinger explica este mecanismo de negación:

«Dile que no estás de acuerdo y se va. Muéstrele hechos o cifras y él cuestiona sus fuentes. Apela a la lógica y él no entiende lo que quieres decir. Supongamos que se le presentan pruebas, pruebas inequívocas e innegables, de que su creencia es errónea: ¿qué sucederá? El individuo emergerá con frecuencia, no solo inquebrantable, sino aún más convencido de la verdad de sus creencias que nunca. De hecho, incluso puede mostrar un nuevo fervor por convencer y convertir a otras personas a su punto de vista», puntualiza Festinger.

El complejo experimento psicológico aplicado contra Venezuela construyó una cosmovisión muy particular. Una en la que el chavismo sustituía a todo lo que podía estar mal con la vida individual y colectiva de la población.

Además, obtuvo dos trofeos de guerra: convirtió la crisis y la desesperanza en una marca comercial para obtener recursos económicos en el exterior. Y además, transformó al país que tiene la mayor reserva de petróleo y oro del mundo, una amplia biodiversidad, cantidades exorbitantes de minerales de todo tipo y tierras ideales para la agricultura en una nación sin futuro.

Ahora bien, surge una pregunta que intentaremos responder en una próxima entrega: ¿es irreversible esta situación? De ninguna manera.

No obstante, el proceso de sanación social y los mecanismos de protección de la psiquis y de la cultura venezolana implican el concurso de todos los venezolanos, especialmente de aquellos que, identificados con la oposición, han sido inscritos en esa secta sin saberlo ni desearlo.

*Sputnik

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